Margarita García Robayo: entre la observación aguda y la picardía literaria
La carrera de esta autora, nacida en Cartagena, en 1980, ha alcanzado notables reconocimientos. Dentro de estos se destacan el Premio Literario Casa de las Américas (por el libro de cuentos Cosas peores, Alfaguara 2016) y la inclusión de tres de sus obras en el prestigioso Book of the Year, del Reino Unido. La Palabra ha conversado con ella para conocer detalles narrativos de una de sus novelas más emblemáticas: El sonido de las olas.
Por: Alejandro Alzate

Alejandro Alzate (AA): En la novela, específicamente en Lo que no aprendí, los recuerdos de infancia con el padre aparecen como un tejido íntimo y persistente. ¿Cómo trabajaste la tensión entre la nostalgia y la crudeza de esos recuerdos para que no se convirtieran en un simple ejercicio de evocación sentimental?
Margarita García Robayo (MGR): Creo que la figura del padre en Lo que no aprendí no podría generar una evocación estrictamente sentimental porque está cargada de misterio. El sentimentalismo es más bien una expresión obvia, sin niebla. La protagonista de esta novela es una niña que no entiende lo que hace su papá, y está fascinada con la perspectiva de averiguarlo. En ese espacio de incertidumbre, el que se genera entre la cara que los padres muestran y la cara que ocultan, hay un mundo de posibilidades para la imaginación infantil (desde la idealización hasta el resentimiento). Mi idea no era romantizar la relación entre un padre y una hija, sino hablar de todo lo que cabe en ese no terminar de descifrar quién es el otro, en esa ausencia tan propia de los padres de mi generación (aunque nunca salieran de la casa) que nos hacían venerarlos cuando aparecían e interpretar cada cosa que hacían como milagros.
AA: En Hasta que pase un huracán el exilio se presenta como una fascinación frente a la inmovilidad del medio local. ¿Qué te interesaba explorar en esa paradoja entre la promesa de movimiento y la sensación de estancamiento que atraviesa la narradora?
MGR: No lo sé con seguridad, pero sospecho que quería hablar de la imposibilidad de irse. No la imposibilidad material, sino simbólica. La narradora es azafata porque ese oficio representa un buen ejemplo del “loop” que significa el exilio en cualquiera de sus formas. Uno se muda, pero nunca se va. La cabeza vuelve al lugar de origen repetidamente a pesar de uno mismo.
AA: El sexo aparece constantemente como un espacio de tabú y transgresión. ¿Cómo lograste que esa insistencia no se volviera un recurso provocador superficial, sino un modo de interrogar las estructuras sociales y familiares?
MGR: Es que el sexo es parte de la vida de los personajes, como lo es cualquier función vital imaginable. Tratarlo como si fuera una cosa extraordinaria, creo yo, solo haría que la escritura se volviera artificial. Lograr naturalidad en lo que hace y dice un personaje es muy difícil tanto si lo pones a tener sexo como si lo pones a cocinar o a nadar o a tener un diálogo con un taxista. Me parece dificilísimo “representar” la naturalidad de los comportamientos, las gesticulaciones, los modos de hablar de los personajes en un texto. Me parece raro que el sexo sea leído como un recurso transgresor, es como si en la literatura se pusieran en relieve cosas que en el mundo real no molestan o no incomodan, o simplemente se las evade.
AA: El abuso sexual está presente, pero parece invisibilizado, tratado como “poca cosa”. ¿Qué buscabas al darle esa forma narrativa, y cómo dialoga esa elección con la manera en que la sociedad suele minimizar o silenciar estas experiencias?
MGR: Creo que buscaba varias cosas, pero no sé si las tuve tan claras de entrada. A muchos escritores les debe pasar que entienden su búsqueda después de haber escrito el o los libros en los que esa búsqueda ocurre. A mí seguro me pasó y me pasa. Aunque cada vez intento que me pase menos, trato de controlar más aquello que quiero decir antes de tirarme al agua. No es que escriba a ciegas, claro que no, pero voy ajustando las sospechas de mi búsqueda en la medida que avanzo en la escritura. De todas formas, privilegio el proceso en el que eso que se busca está claro de entrada, porque el proceso de ajuste, de afinar el punto, es menos largo y más fructífero. En fin, me fui por las ramas.
Con respecto a la pregunta, nunca me interesó denunciar explícitamente situaciones de abuso, sino mostrar una conducta que reconozco muy bien en el Caribe colombiano (y en muchos lugares más, por supuesto, pero esa es la geografía en la que se asientan mis historias) y es la naturalización de lo trágico o lo grotesco con una facilidad increíble. Pero no solo por parte del entorno sino de la supuesta víctima. Y digo supuesta porque no creo que toda experiencia trágica se traduzca en trauma. Creo que hay experiencias horrorosas en la vida de cualquiera que son atravesadas y superadas y se las puede llevar en el cuerpo como una cicatriz que no duele.
AA: La amistad aparece como necesaria, pero también como un vínculo que hastía y se desgasta. ¿Qué te interesaba mostrar sobre la fragilidad y la ambivalencia de la amistad en contraste con otros lazos como la familiaridad o el deseo?
MGR: Educación sexual debe ser uno de los textos que escribí más cercanos a mi experiencia, porque se trataba de una especie de folletín por encargos para una revista brasilera en la que trabajaba (la revista Piaui). Narra la experiencia (ficcionada pero real) de mi paso por un colegio del Opus Dei en el que tomamos un curso de castidad como parte del currículo. Las compañeras con quienes compartí ese ecosistema pueden verse reconocidas (o no) en algunas de las cosas que cuento, pero el objetivo era poner en escena cómo un grupo de adolescentes es sometido a un experimento a gran escala que, visto hoy, tenía todas las fichas para el fracaso. El encargo fue algo así como una novelita adolescente y yo recurrí a mi propia adolescencia porque al recordar aquello me pareció que tenía todos los aditamentos de un culebrón bizarro que, si estuviera en unas manos más habilidosas, habría escalado a Televisa.
AA: El título de la novela, El sonido de las olas, sugiere una atmósfera envolvente. ¿Cómo pensaste la relación entre ese paisaje sonoro y los temas más ásperos de la novela —el exilio, el abuso, la transgresión— para que convivieran en un mismo registro narrativo?
MGR: Es que para mí el mar como escenario dista de ser un lugar apacible o envolvente (si es que esto es una virtud). Creo que en casi todos mis libros la geografía que aparece (el trópico, el Caribe, el mar, por supuesto) representa lo incontrolable, lo amenazante y lo perverso que es un horizonte abierto. Nada en ese horizonte me parece una postal, o en todo caso sería el reverso de una postal del Caribe. En las orillas de esa geografía hay mucho más que turistas al sol. Hay para quien el sonido de las olas es un arrullo, pero para otros es un rugido. Lo que me interesa de ese territorio es justamente lo ambivalente de su naturaleza.



