El sonido de las olas
Margarita García Robayo es una de las escritoras colombianas más destacadas de la última década. Su producción literaria incluye títulos como Hasta que pase un huracán, Lo que no aprendí, Tiempo muerto y Educación sexual. También es de su autoría el libro de cuentos Cosas peores, con el cual obtuvo el premio Casa de las Américas en 2014. La autora ha colaborado con importantes revistas nacionales e internacionales como Arcadia, Dossier, Anfibia y The Massachussets Review.
Por: Alejandro Alzate

Uno de los aciertos de esta novela es la fuerza narrativa con que inicia. Pareciera que la autora, consciente de no dejar escapar al lector, le propone un abrebocas en el que la narradora y Gustavo van desvelando no solo una rara amistad, sino las opciones de vida que cada uno adopta en el confuso transcurrir de la vida. En medio de todo esto, y de las ansiedades, expectativas y rechazos que se evidencian en la trama, se destaca un hecho que se reiterará a lo largo de toda la estructura de lo que se cuenta: el abuso.
Esta categoría, que al principio de la lectura puede parecer un cabo suelto, en realidad no lo es. Margarita García Robayo (ella más que la narradora) entiende el abuso (sobre todo el sexual) como algo no solo despreciable, sino como algo que ocurre mediado por la complicidad y la indiferencia de cuidadores ciegos frente a los peligros del mundo. Este primer campanazo advierte, llama la atención y hace pensar al lector en sus propias circunstancias vitales.
En complemento directo, la narradora se va posicionando como una joven que no logra ubicar con claridad su lugar en el mundo. Ella estudia derecho sin convicción, se hace novia de Antonio sin mayor vocación y reflexiona sobre la riqueza y la pobreza con la ferocidad de quienes saben que todo puede hundirse en la espesura; con la certidumbre, equivocada tal vez, de que solo siendo rico es posible ser feliz. A renglón seguido, el lector percibe otra categoría que se reitera a lo largo del texto: la fascinación por el exilio, la necesidad de irse a otras geografías más amables con el alma. Con el alma más que con el bolsillo.
…esta novela es, en efecto, como las olas: va y viene en la construcción de situaciones a veces previsibles y manidas y a veces extraordinariamente sorprendentes y creativas. Las olas que estructuran esta novela quizás no se salen del mar, pero, indudablemente, sí tienen el poder de sacudirlo, y a nosotros con él.
Hasta aquí hay una novela que se presenta potente, sólida y fresca. El exilio referido se trata con desenfado, no con solemnidad, y la administración del deseo se valida no como medio sino como fin: ¿por qué no usar a mi favor los atributos con los que me ha dotado la Gracia? Lo que sigue después (todo el resto de la novela, o de las novelas, más bien) es más lento y convencional en su forma y fondo. Se siente el cambio de perspectiva en la narración. Lo que sigue después es semejante a bajarse de un veloz avión privado para seguir el viaje en una chalupa que atraviesa el Pacífico a punta de remo.
Esto no es necesariamente malo, desde luego que no. Y no lo es porque la novela sigue siendo firme en el desarrollo de los personajes y de las circunstancias que los engrandecen o conducen a la minusvalía. Se destacan siempre la narradora y su padre. La madre y las demás hermanas constituyen un reparto apenas justo y convencional. Quizás, el cambio de marcha narrativa se siente porque se abandona la aventura en sí y se lleva al lector a la tierra firme, si es que esto puede decirse, de la familia tradicional colombiana, tan particular como problemática al mismo tiempo. Bien sorteadas son las alusiones a la cultura popular nacional e internacional. Los Victorinos, Romeo y Buseta, Dinastía y La batalla final, entre otros, humanizan estratégicamente la narración para que también tenga que “ver con usted”. La narración “gancho” es tremendamente efectiva, pero también afectiva.

Margarita García Robayo es hábil para mostrar que la familia consume no solo enlatados gringos sino, también, dramas protagonizados por imberbes rufianes locales. Ahora, lo importante no es el consumo per se, lo importante es lo que este permite establecer en términos del acceso o no a ciertos contenidos. Mientras Los Victorinos se veían en la clandestinidad, en lo oculto, los abusos que sistemáticamente evidencia la trama se practican en público, a la luz del día. Esta capacidad de establecer contrapuntos al interior del tejido textual es otro de los grandes méritos de esta novela-mosaico.
Luego viene el asunto de los poderes mágicos del padre de familia, luego entran en escena Álvaro Gómez y la Asamblea Nacional Constituyente y el gringo y el nefasto y neoliberal César Gaviria. La novela, entonces, se ramifica hasta el infinito y pierde fuerza a pesar de que los cabos que unen la trama están unidos con tornillos de acero. Pablo Escobar reaparece una vez más en nuestras letras y el lector, sin poder escapar, siente que asiste a la exhibición de una película que ya conoce, que ya ha visto hasta el hastío. Hacia el final, emergen con más fuerza los dramas entre amigas y la exploración de una sexualidad que a lo largo de toda la novela se asoma y se esconde, se evita, pero inevitablemente se desea como forma de reafirmación pero también de destrucción a cuotas.
A modo de coda, solo queda por decir que esta novela es, en efecto, como las olas: va y viene en la construcción de situaciones a veces previsibles y manidas y a veces extraordinariamente sorprendentes y creativas. Las olas que estructuran esta novela quizás no se salen del mar, pero, indudablemente, sí tienen el poder de sacudirlo, y a nosotros con él.



