Crítica

Franz: un genio a través de la ventana

En la primera biopic propiamente dicha del famoso escritor Franz Kafka, la veterana  Agnieszka Holland propone un acercamiento que privilegia la discusión acerca de la identidad del autor por encima de la recopilación de datos meramente históricos. La apuesta, quizá temeraria, pone al espectador frente a una estructura formal novedosa e intrincada. A continuación, una reseña.

Por: William Rosero
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Foto: imdb.com
Foto: imdb.com

Agnieszka Holland (1948) es una directora y guionista polaca de amplio recorrido. Pese al escaso reconocimiento que ha recibido por parte de las instituciones o de los festivales, ha sabido ganarse un nombre entre las directoras más influyentes de las últimas décadas. Se la recuerda especialmente por trabajos como Europa Europa (1990), con el que ganó el globo de oro a mejor película extranjera; In the Darkness (2011), nominada al Óscar a mejor película de habla no inglesa, y por Green Border (2023), galardonada con el Premio Especial del Jurado en el Festival de Venecia y tal vez su obra de mayor compromiso político.

Su fascinación por la vida de autores ilustres tuvo una primera manifestación en la discreta Total Eclipse (1995), en la que un joven DiCaprio hace las veces de Rimbaud y un esforzado David Thewlis emula el efectismo simbolista de su mentor, Verlaine. El cuestionamiento que moviliza este acercamiento temprano, el origen del condimento divinizante que aromatiza los grandes nombres, se repite también en esta entrega, y quizá esto explique la obviedad de ambas respuestas. Franz (2025) no es la primera película sobre la vida de Kafka, en realidad es la tercera —la preceden Kafka, la verdad oculta (1991)y Die Herrlichkeit des Lebens (2024)—, pero sí es la primera que asume el reto de “contar” la vida de un autor tan enigmático de principio a fin, o por lo menos desde varios principios y varios fines.

Franz no es tan grandilocuente como cabría esperar ni lo suficientemente informal como sugiere su nombre. Por momentos es difícil de ver, lo cual es equivalente a decir que no se trata de una película precisamente agradable. La estructura barroca en la que se apoya Holland, por mucho que se esfuerce en matizarla con instantes de lirismo visual, no deja de ser caprichosa y repele más de lo que atrae.

Como en toda biografía clásica, esta también abre con una rememoración de la infancia, solo que a esta se sobrepone una visión rápida y brutal de la adultez. La dinámica de hilvanar diferentes líneas temporales, a modo de tejido delirante o laberinto —un guiño directo a la estética kafkiana—, permanece a lo largo de toda la película, de manera que el espectador pueda abordar la identidad del autor desde diferentes puntos de vista. Holland no renuncia a la idea de que la vida que ya ha sido completada por la muerte está sujeta a los vaivenes del tiempo y a los valores de cada generación. La responsabilidad de relatar la vida de Franz fue cuidadosamente delegada por ella en las personas que lo conocieron, quizá los únicos que pueden añadir algo de valor a la narración, y a las personas que hoy por hoy se encargan de velar por la preservación de su memoria, a saber, sus lectores y los curadores de su patrimonio, esto con una clara intención paródica.

Agnieszka Holland, directora y guionista polaca. Foto: Martin Kraft. Tomada de Wikipedia.
Agnieszka Holland, directora y guionista polaca. Foto: Martin Kraft. Tomada de Wikipedia.

El enrevesado sistema de postales biográficas, apiladas una sobre otra —con mayor o menor suavidad—, encuentra en las convenciones del videoarte el modo más apropiado de no resultar antojadizo o injustificado. Holland progresa de a saltos, retrotrayendo la historia cuando algún elemento anterior puede iluminar un significado apenas intuido. La transición es suavizada a través de delirios visuales que bien podrían ser interpretados como el centro de operaciones de la cabeza de Kafka y que toman los motivos de su obra como punto de partida. La intención es clara: no dar nada por sentado y dejar que los elementos de la obra se combinen según sea preciso, pero la voluntad de la directora, materializada en la objetividad de la película, basta para poner en duda la “espontaneidad” de estos vínculos.

Los personajes son plenamente conscientes de su condición. Hablan directamente a la cámara, que no se sustrae al universo narrado sino que más bien reconoce su función de catalizador. El propio Kafka hace otro tanto cuando la situación lo amerita. Es como una mascarada en la que los participantes entran con el antifaz bajo el brazo y solo se lo encajan después de medianoche. La representación de la figura de Kafka bajo la óptica mercantil del presente está fundamentada en este cinismo. Holland nos devuelve una imagen del autor que no pretende ser totalizadora ni genuina. Ella, al igual que nosotros, también está fascinada por el halo de superioridad que lo distingue del resto de los mortales, de allí que sus respuestas sean deliberadamente obvias, y estas emergen a la superficie en forma de diálogos maniqueos y de dilemas esquemáticos. No podía ser de otra manera. La película es un acto de contrición que reconoce la imposibilidad de agotar la vida de un hombre. Este modelo recuerda a la apuesta teórica de Barthes, los biografemas, con los que intentaba superar la completitud a la que aspira toda rememoración.

Foto: praguereporter.com
Foto: praguereporter.com

Franz no es tan grandilocuente como cabría esperar ni lo suficientemente informal como sugiere su nombre. Por momentos es difícil de ver, lo cual es equivalente a decir que no se trata de una película precisamente agradable. La estructura barroca en la que se apoya Holland, por mucho que se esfuerce en matizarla con instantes de lirismo visual, no deja de ser caprichosa y repele más de lo que atrae. El equilibrio entre experimentación y complacencia es irremediablemente quebrantado casi desde el principio y al espectador, si es paciente, no le queda de otra más que sorprenderse por lo que ya sabe o decepcionarse por lo que no recibe.

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