Crítica Literaria

Malabarista nervioso, el nuevo libro de Luis Miguel Rivas

Editorial: Seix Barral
Páginas: 175

Por: Alejandro Alzate

Luis Miguel Rivas (1969), escritor, libretista y realizador audiovisual colombiano.
Foto: otraparte.org

La voz de Luis Miguel Rivas (Cartago, 1969) puede considerarse joven dentro de la narrativa colombiana actual. Es por eso que emergen como icebergs dos recientes verdades.
La primera es que este escritor debutó con el libro de relatos Los amigos míos se viven muriendo, (2007). La segunda es que con su primera novela, Era más grande el muerto, (2017), empezó en firme la consolidación de un estilo al cual es transversal el humor.
Justamente por eso puede señalarse, como virtud principal de esa ópera prima, el regreso ágil al manido tema del narcotráfico en Colombia. El fin no era otro que reescribirlo desde el desparpajo que causa risa. Y ojo, no es que el argumento sea chistoso, no; sino que refresca con mucha sensibilidad y tino la historiografía de un flagelo nefasto para la historia nacional.

Si se tiene en cuenta que en la literatura no importa el qué, sino el cómo, ha de referirse que Rivas, nacido en el Valle pero criado en Envigado, aborda el narcotráfico desde una perspectiva que nadie había explorado y explotado antes, es decir, la de la sensibilidad del traqueto que quiere culturizarse, estudiar, para alcanzar el amor de una chica. Es esa vuelta de tuerca la que le confiere a su novela un lugar único dentro del vasto conjunto de obras de ese tenor en nuestro país. Solo por citar algunas, nombraremos dos muy reconocidas: Quítate de la vía perico, de Umberto Valverde, y El cielo a tiros, de Jorge Franco. De la primera diremos que testimonia, stricto sensu, la narco dinámica social, cultural y musical de la década de 1990 en Cali. De la segunda, y sin menospreciar la capacidad que como escritor —especialmente como cuentista— tiene el autor de Rosario tijeras, hemos de decir que es pobre y llena de lugares comunes: sin ritmo, ni giros ni sorpresa alguna, un texto para el olvido…

Volviendo a Luis Miguel Rivas, es importante señalar que su novela conmueve al tiempo que entretiene. Conforme se va develando la degradación moral colombiana, se recurre al humor para que el tema no termine prisionero de las formas del documento técnico o sociológico. Lo mismo, para entrar en materia, sucede con Malabarista nervioso, su más reciente título, editado y  publicado en 2022. Mediante este, Rivas retoma aspectos propios de la despersonalización de las relaciones humanas a raíz de sucesos como la pandemia del Covid-19, por ejemplo. A lo largo de la variopinta miscelánea de relatos, el valluno-antioqueño apela al humor para reiterar su sello autoral sin que ello signifique la negación u ocultamiento de comportamientos mezquinos. En ese sentido, el humor matiza, pero no niega; la risa, tan solo, nos hace sentir menos infelices frente a las realidades que nos rebasan.

Es por eso que don Efrem, el protagonista de Era más grande el muerto, regresa para dar vida a “San Cristóbal”, el tercer cuento del volumen. Sus extravagancias ya no aterran, sino que producen esa cosa tan caricaturesca y propia de lo que se sabe irremediable. La sonrisa se esboza como un paliativo contra lo que ha sido grabado a fuego en la cultura nacional. Pareciera, entonces, que en la mente de Rivas el mundo traqueteril colombiano tiene una fuerte impronta, lo cual no lo obnubila ni encasilla, afortunadamente, como un narco escritor. De eso, de volverse monotemáticos con los temas, se ocupan con franco deleite y lucrativo denuedo, mega plataformas del infotainment como Netflix; misma que recicla, ad nauseam, las trapacerías de Pablo Escobar y sus adláteres. En Rivas, y esto no se debe negar, sí resulta notoria la intención de volver sobre el malevaje criollo, dado que el narcotráfico sigue siendo uno de los principales problemas que afrontan Colombia y el mundo. Desde ese presupuesto, el carácter pedagógico, y tal vez apólogo, surge para llamar la atención,  oficia para que las gentes de aquí y de allá no se olviden de la vigencia problemática del flagelo. Ahora bien, para mencionar el humor que aflora natural y tranquilo, contundente y sin payaserías, es procedente aludir a un cuento como “La gran carrera de Jaime Luis Correa”.

A lo largo de la variopinta miscelánea de relatos, el valluno-antioqueño apela al humor para reiterar su sello autoral sin que ello signifique la negación u ocultamiento de comportamientos mezquinos. En ese sentido, el humor matiza, pero no niega; la risa, tan solo, nos hace sentir menos infelices frente a las realidades que nos rebasan.

En esta narración, que se configura estructuralmente con base en las emotivas narraciones ciclísticas colombianas, se pone de manifiesto la angustiosa carrera por la supervivencia.
Jaime Luis Correa y Emilio Castro, los personaje principales, suben y bajan, a diario y a toda velocidad, gradas desde sus minúsculos despachos hasta la imponente oficina del jefe; un hombre cortante que suele mantener “ocupadito”, según repite una y mil veces la secretaria. Interesante resulta la metáfora entre la carrera por la vida y la carrera ciclística; esto en la medida en que tanto el atleta como el oficinista están en la lucha por la supervivencia. Descubrir ese cuento al final del libro es refrescante. Hallarlo reivindica el placer de la lectura. Es por eso que me atrevo a conjeturar que haberlo dejado de último pudo deberse a que el escritor sabía que ahí estaba, más que en ningún otro relato, el humor del que he intentado hablar en estas páginas. Ahora, en caso de que alguien no vea la gracia que tan evidentemente existe, sí recordará la cultura popular colombiana en las más delirantes voces de narradores que le dijeron al mundo que aquí había ciclistas capaces de dar batalla a los mejores de Europa. El mérito de Rivas es que sabe correr, o mejor dicho, sabe jugar cuando escribe.

Su prosa entiende el poder evocativo que atrae aparejado aquello que ha sido amado por un pueblo. Mientras el lector asiste a las penurias que padecen Jaime Luis y Emilio Castro, está pensando en Lucho Herrera y Fabio Parra. Mientras sube apurado las gradas de la Continental Insurance Company, vuelve a ver la cara ensangrentada, como de Cristo a contraluz, del Jardinerito de Fusagasugá. Cuando el texto por su extensión cansa, vuelve el golpe emotivo con la publicidad que vociferan los comentaristas. Así sucede con las menciones comerciales de relojes Seiko y aceites Rimula. Este relato tiene la particularidad de evocar lo que fue y sigue siendo importante y querido en el inconsciente colectivo. Al final, y cual vencedor de una gran vuelta ciclística, Juan Luis obtiene el ascenso a jefe del departamento de contabilidad. Con esto se termina la carrera y se cierra la ficción.

El desparpajo, las penurias y el folclorismo criollo configuran el escenario narrativo de este relato que, todo hay que decirlo, dialoga intertextualmente con dos narraciones también excelentes: Un día muy duro, del escritor e investigador Fabio Martínez; y La carrera, de Andrés Elías Flórez Brum. Malabarista nervioso aguarda en la línea de meta al lector que quiera adentrarse en su mundo para jugar un rato. Ahora, jugar no es obligatorio, claro está. No obstante, aquél que no juega no sabe de lo que se pierde…

Foto: planetadelibrosco2.cdnstatics.com

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