Entrevista

Coloquio Viernes de Letras: rastros y rostros de la nueva crítica literaria colombiana

En el marco del Coloquio Viernes de Letras: las regiones y sus voces, actividad académica llevada a cabo por la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle, La Palabra ha dialogado con algunas de las nuevas voces críticas de nuestra ciudad y región. En ese orden de ideas, este tercer acercamiento, con Óscar Javier Santacruz Pérez, pone en evidencia no solo el relevo generacional, sino las relecturas de la obra del poeta bogotano José Asunción Silva.

Por: Alejandro Alzate

Óscar Javier Santacruz Pérez (derecha) en el Coloquio Viernes de Letras, Univalle. Foto: Centro Virtual Isaacs.
Óscar Javier Santacruz Pérez (derecha) en el Coloquio Viernes de Letras, Univalle. Foto: Centro Virtual Isaacs.

Alejandro Alzate (AA): En tu ponencia planteabas que De sobremesa es una novela de “doble escondite”. ¿Podrías desarrollar más esta idea en torno a las superposiciones? ¿Qué reflexiones te han permitido llegar a esta conceptualización?

Óscar Javier Santacruz Pérez (OJSP): Bien, el “doble escondite”, que propone originalmente Gabriel García Márquez, es una arquitectura defensiva. Se podría decir que la novela opera como una muñeca rusa, un blindaje compuesto por capas. En la capa más interna está escondido el José Asunción Silva de carne y hueso, un hombre asfixiado por las deudas y una Bogotá que está terminando un siglo. No es que se oculte muy bien. Crea el primer filtro, el narrador (que hereda su propio nombre: José); pero el segundo y gran repliegue ocurre cuando el narrador empieza a leer su diario y le da voz al otro José, el más afrancesado y lujoso.

Está “superposición” permite que la voz más escondida del autor hable con total libertad estética de un París terriblemente idealizado, mientras, de manera irónica, el Silva con deudas atiende un almacén en una ciudad “criolla”. Fue curioso, al autor lo conocí antes de la novela, la gente me lo contaba como un dandi pretencioso, vestido elegante y repleto de lujos; leyendo la novela es imposible no encontrar similitudes entre el autor y el protagonista, pero es importante no solo quedarse allí, en lo semejante.

Silva, de algún modo u otro,  rompe el molde del intelectual típico del siglo XIX, ya que no usaba el canon europeo o el intelectualismo para gobernar o ganar estatus político en las élites criollas (aunque quizás sí quisiera hacerlo, si tomamos un momento de la novela donde el protagonista revela querer gobernar en su patria).

AA: Dadas las tribulaciones que enmarcaron la vida de José Asunción Silva, ¿su muerte puede leerse como una liberación, o como un paso más en la cadena de tragedias que signaron su vida?

OJSP: Es tentador ver el disparo del 24 de mayo como el último acto de la cadena de tragedias que fue su vida. Pero lo veo, quizás, con algo de ironía. Ese disparo con el revólver fue, trágicamente, su única victoria. Pienso que la respuesta concreta depende desde el Silva en que lo miremos.

Desde el José Asunción Silva humano, de carne y hueso, el hombre asfixiado por las deudas de la fábrica de baldosas y el luto de su hermana, el disparo es, sin duda alguna, la última de sus tragedias. Pero, si lo miramos desde el José Asunción Silva autor, su muerte bien podría surgir como acto de liberación. Silva no solo acabó con su insolvencia monetaria; también obligó a que la posteridad lo dejara de ver como el deudor y casto dueño del almacén, para empezar a verlo, por fin, como el artista que quería ser. El disparo fue la última evidencia de un poeta que pretendía no estar maldito.

AA: En efecto, el siglo XIX puede definirse como un periodo en el que se lograron las independencias nacionales en América Latina. No obstante, quedó un evidente desarraigo político y cultural. Desde esa perspectiva, ¿fue Silva un intelectual típico del siglo XIX que se intentó legitimar a través del relacionamiento íntimo con epicentros de la cultura internacional como París? ¿Fue Silva un colombiano en París o un parisino en Colombia?

OJSP: Silva, de algún modo u otro,  rompe el molde del intelectual típico del siglo XIX, ya que no usaba el canon europeo o el intelectualismo para gobernar o ganar estatus político en las élites criollas (aunque quizás sí quisiera hacerlo, si tomamos un momento de la novela donde el protagonista revela querer gobernar en su patria). Para responder a si fue un colombiano en París o un parisino en Colombia, yo diría que fue obligado a ser un colombiano, atrapado por la fuerza geográfica, Silva usó la literatura y los artículos lujosos para inventarse el París donde no podía vivir.

El poeta tenía a París absolutamente idealizado; para él (y para muchos), Europa era el centro del orden estético. El problema es que esa fantasía chocaba de frente con sus deudas, su almacén y la realidad de su ciudad. Por eso Fernández, el protagonista de la novela, viaja a Europa con el dinero que Silva termina por no tener.

AA: Al final de tu intervención señalaste algo muy interesante: “Demos a las novelas [a la literatura] nuevas interpretaciones críticas que vayan más allá de lo dicho”. En ese sentido, ¿cuál sería hoy una lectura disruptiva de De sobremesa?

OJSP: Para ser honesto, no creo que exista una lectura que sea plenamente disruptiva o que surja de la nada absoluta; de hecho, mi propuesta se apoya en hombros vistos como gigantes, en lo que la crítica y autores como García Márquez ya han planteado. Creo que el verdadero ejercicio disruptivo hoy no es solo inventarse una teoría nueva y extravagante, sino también apropiarse de lo que ya se ha dicho para cuestionarlo, reordenarlo y decirlo de manera distinta. Es dejar de tomar la crítica oficial como una verdad absoluta y repensar lo ya dicho.

AA: Finalmente, ¿qué utilidad le encuentras a espacios académicos como el Coloquio Viernes de Letras: las regiones y sus voces?

OJSP: En lo personal, agradezco mucho los espacios como este, es un paso muy grande para la Facultad. La riqueza del Coloquio radica en que funciona como un ecosistema de pensamiento, donde no hay una sola línea que dicte cómo debería ser el mundo (y la literatura).

Lo verdaderamente valioso es, precisamente, ese cruce de varios caminos. En cuanto a mi experiencia, el coloquio permite que el estudiante deje de ser un receptor pasivo de información para que se convierta también en ponente y dador de información. Nos invita, además, a escuchar qué está investigando el compañero de al lado, qué tensiones encuentran los demás en otros géneros o diversas épocas, y cómo todo eso dialoga con el hoy.

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