Borges, Galeano y el fútbol
La literatura y el fútbol vivieron un desencuentro injustificado. Quienes escribian miraban con desdén este deporte y lo que construía a su alrededor, como las manifestaciones populares de júbilo o tristeza, que redujeron a una expresión más de la estupidez. Una irritante tendencia que se mantiene vigente en algunos círculos de –qué espanto– “intelectuales”. Para fortuna de todos se trata de una actitud en retirada, aunque no podríamos darla por descartada.
Por: Rodrigo Coronel
Tomado de: La Jornada Semanal, No. 1631

¿Qué hay detrás de esa censura? Los motivos, que sólo puedo conjeturar, son varios y no excluyentes. Acaso alguna dosis de clasismo y otro tanto de soberbia, además de una absurda creencia en ponderar mejor las actividades del intelecto que las del esfuerzo físico. Un prejuicio que se extiende a todos los deportes. Quien ha practicado alguna disciplina física sabrá valorar el protagonismo absoluto del pensamiento, de una estrategia establecida con anticipación a la justa y cómo ésta debe acompañarse de un desenvolvimiento físico óptimo; de lo contrario, el fracaso resulta inevitable.
Un argentino ejemplar, Jorge Luis Borges, encabezó el asedio latinoamericano al deporte de las patadas. El porteño dejó la impronta de su fastidio en diferentes entrevistas. “El fútbol es popular porque la estupidez es popular –afirmó en alguna ocasión–. Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos.” En otro momento, con la flema que le era característica, asestó la siguiente sentencia a sus creadores: “Qué raro que nunca se les haya echado en cara a los ingleses, injustamente odiados, haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el fútbol, que es uno de sus mayores crímenes.”
Galeano, por cierto, a diferencia de Borges, abordó con amplitud el asunto y no sólo en un puñado de intervenciones públicas –o un cuento. En El futbol…, además de su personalísimo resumen de los momentos más importantes de cada Mundial, dejó algunas monografías imperdibles.
En el cuento “Esse est percipi”, escrito al alimón por Borges y Bioy Casares –sólo a esa dupla se le habría ocurrido un latinajo como título a un cuento dedicado al futbol–, el legendario Bustos Domecq se presenta ante el alto ejecutivo de un equipo de fútbol. Quiso la casualidad que la visita de un comentarista deportivo le revelará una verdad atroz: los juegos de fútbol, y en realidad cualquier espectáculo televisivo, son una pantomima dispuesta para el apaciguamiento social.

Detrás de las pullas de Borges hay una reivindicación ideológica. El escritor defenestraba el fútbol por los efectos que ejercía entre el público; es decir, esa exacerbación de nacionalismo ramplón y eventualmente peligroso que encuentra su expresión en algunos episodios de violencia tras un resultado adverso. La historia del fútbol argentino –y en realidad la de cualquier país con enconos deportivos entre su afición– tiene en su haber algunas manchas.
Sin embargo, lejos de la suspicacia del argentino, otros tantos “intelectuales” han hecho del fútbol diana para sus prejuicios, aunque con menor gracia y originalidad. Para ellos, hacer del fútbol objeto de su escarnio, mirarlo desde arriba con una sonrisa desdeñosa, es todo un timbre de orgullo, la mejor señal de su pretendida supremacía.
Un argentino ejemplar, Jorge Luis Borges, encabezó el asedio latinoamericano al deporte de las patadas. El porteño dejó la impronta de su fastidio en diferentes entrevistas. “El fútbol es popular porque la estupidez es popular. Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos.”
En las antípodas de Borges y su desdén se encuentra otro latinoamericano: Eduardo Galeano. El escritor uruguayo fue un entusiasta confeso del fútbol. Juan Villoro, en un célebre perfil, recordó la fiebre que aquejaba a Galeano cada cuatro años: “futbolitis aguda” es el diagnóstico, condición que lo llevaba a ausentarse del mundo y todo aquello que no estuviera directamente relacionado con los Mundiales de Fútbol, a los que dedicó sendos ensayos en su libro El fútbol a sol y sombra.
Galeano, por cierto, a diferencia de Borges, abordó con amplitud el asunto y no sólo en un puñado de intervenciones públicas –o un cuento. En “El fútbol…”, además de su personalísimo resumen de los momentos más importantes de cada Mundial, dejó algunas monografías imperdibles sobre los protagonistas del drama futbolístico. Célebres por concisas, se encuentran “El arquero”, “El ídolo” y “El hincha”.

La relación entre el fútbol y Galeano tiene como marco su concepción de la labor “intelectual”, condición que le era incómoda y de la que no perdía oportunidad para desmarcarse. “Yo no quiero ser una cabeza que rueda por los caminos. Yo soy una persona, soy una cabeza, un cuerpo, un sexo, una barriga… pero no un intelectual”, se le escuchó decir.
Este abierto cuestionamiento al gremio era compartido con Borges, quien se distanció de esa clasificación. Este escritor veía en el término otra expresión de la soberbia, una cierta tendencia, muy humana por lo demás, por problematizarlo todo. Además, antes que “intelectual” Borges se afirmaba lector, y aunque tras la declaración se presiente el inconfundible destello de la falsa modestia, en esta ocasión lo dejaremos pasar. Quizá sus recelos tuvieran orígenes distintos, pero al final confluyeron en el mismo reparo. El fútbol tenía una dimensión distinta para ambos. Para Galeano un escenario más para la gesta; para Borges, una expresión de lo ordinario. Dos puntas que no se tocan.



