Obsession: la paradoja del consentimiento
Curry Barker renueva los preceptos del terror sobrenatural con un drama contemporáneo sin fantasmas ni fórmulas clásicas. A través de la soberbia actuación de Inde Navarrette y de un presupuesto ajustado, por no decir modesto, el género reconquista un terreno que había perdido con el paso de los años: el de la emoción. A continuación, una reseña.
Por: William Rosero
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Curry Baker (1999) es un joven director estadounidense que realizó sus primeros trabajos audiovisuales para Youtube. Antes de ser conocido por ser la mente detrás de la película de terror más novedosa y aclamada de los últimos años, pertenecía a un dúo cómico junto a Cooper Tomlinson llamado “That’s a bad idea”. Su interés por el terror empezó bien pronto, a los once años, luego de ver The Texas Chainsaw Massacre (2003), lo que lo impulsó a buscar activamente la conmoción propia del género. Desde el 2019 ha participado en múltiples cortometrajes, casi uno por año, de los que ha sido director, guionista, productor y editor, lo que prueba su compromiso con el cine y la fidelidad de su perspectiva en cada obra. Esta tendencia se mantuvo cuando dio el salto a las películas de gran envergadura. Su primer largometraje, Milk & Serial (2024), pasó más bien desapercibido, pero ya desde entonces podían intuirse algunos de los rasgos que vendrían a formar parte del universo de Obsession.
La premisa coquetea con la vieja tradición de la pata de mono, a saber, la del deseo torcido que se vuelve contra su usuario, pero Baker opone esta circunstancia a una sociedad que ha evolucionado lo suficiente como para contemplar la voluntad del otro en la ecuación. Bear (Michael Johnston), el protagonista, trabaja en una tienda de música junto a Nikki (Inde Navarrette), de quien está profundamente enamorado. Un día, luego de fracasar en el intento por declararle su amor, rompe una vara de sauce que compró en una tienda esotérica y que, de acuerdo con el envoltorio, puede cumplir cualquier deseo. Bear pide que Nikki se enamore de él y que lo amé por sobre todas las cosas. La conversión repentina que padece la mujer, quien hasta entonces no parecía realmente interesada en él, pone en marcha un mecanismo que llevará el argumento hasta sus últimas consecuencias. Quizá en esto reside uno de los mayores aciertos de Baker: no renunciar a las potencialidad de su propia idea.
Obsession es una prueba indiscutible de que el terror no debe limitar sus aspiraciones para dar cuenta de su principio más elemental: asustar; ni alejarse demasiado de este para contar una historia sólida, abierta a la contradicción y a la búsqueda de respuestas. Baker ha ensanchado una veta que permanece en constante tensión y que se alinea con las inquietudes de toda una generación.
Como suele ocurrir en las historias que castigan la ambición de quien pide el deseo, la realización de este no supera el plano de lo literal. El cuerpo de Nikki, donde se supone que el amor se manifiesta, reacciona en favor de las pretensiones de Bear, pero su alma, lo que está fuera de la jurisdicción del sauce, permanece inalterable. El monstruo en el que se convierte, la típica figura del verdugo, está viciada gracias a esta doble identidad. El cuerpo de Nikki se transforma en un receptáculo del amor de Bear, en su marioneta, a cambio de que su espíritu se vea reducido a la condición de testigo, tanto de una pasión que no le corresponde como de un salvajismo lógico que lo impulsa a las mayores atrocidades.
El terror se construye en un sentido inverso, de adentro hacia afuera si se quiere. El espectador acompaña a Bear durante el proceso de aceptación que lo lleva a reconocer que ha cometido un grave error. El monstruo no es aborrecible en una primera instancia, ni supone una amenaza real para el protagonista, con quien se identifica el espectador. El miedo es resultado de una prolongación exagerada de la inquietud. No hace falta que Nikki salte a la cámara pegando un grito para que su mera aparición cause sobrecogimiento. Hay algo abominable en la sumisión absoluta de Nikki que repugna, aunque no esté cubierta de sangre. La supresión de la voluntad deja de ser una curiosidad mágica para convertirse en la encarnación del miedo moderno. Baker elabora una crítica a las pretensiones patriarcales de dominación sin apelar a un discurso moralizante. El aprovechamiento de la premisa recibe con esto una segunda potenciación. No hay una moraleja propiamente dicha, solo un cuestionamiento: el acceso al cuerpo no garantiza la compatibilidad de las almas. La estrechez física no es sinónimo de amor. Incluso si excluimos la variable del sauce, el resultado es el mismo. El sexo, la abolición de toda frontera, puede ejecutarse sin vencer la distancia de las emociones.

Baker forma parte de un movimiento bautizado por la crítica como “Creggerification”, por el director de Weapons (2025) Zach Cregger. Esta suerte de tendencia se caracteriza por la fusión de terror y comedia negra, la repentina superación de las expectativas implantadas en el espectador y la mezcla extrema de tonos. El amplio registro de Inde Navarrette llevó esto último a nivel superior. Su capacidad para saltar de una emoción a otra sin solución de continuidad es el fundamento de la película. Su participación es un constituyente del efecto global, y este no tendría sentido sin ella.
Obsession es una prueba indiscutible de que el terror no debe limitar sus aspiraciones para dar cuenta de su principio más elemental: asustar; ni alejarse demasiado de este para contar una historia sólida, abierta a la contradicción y a la búsqueda de respuestas. Baker ha ensanchado una veta que permanece en constante tensión y que se alinea con las inquietudes de toda una generación. Su trabajo, sumado al del propio Cregger o al de Robert Eggers, rejuvenece un género que parecía condenado a las fórmulas y a la pasividad de un público que ya no esperaba nada nuevo.




