Reseña de Paula de Eguiluz, la curandera de Cartagena de Indias, de Fabio Martínez
Juan Carlos Rojas Fernández

Paula de Eguiluz fue condenada a la hoguera por el Santo Oficio de la Inquisición en el siglo XVII bajo el cargo de brujería. No es difícil imaginar —y menos en este país— que, de haber nacido en el siglo XXI, su destino habría sido otro tipo de hoguera: la del silenciamiento violento, la del asesinato selectivo. Cambian los verdugos, no la lógica. Ayer inquisidores; hoy estructuras criminales con sotana ideológica.
La Paula de Fabio Martínez no es solo un personaje de época: es una figura intempestiva. En ella se encarna una mujer que asume su deseo sin pedir permiso, que rehúsa ser objeto pasivo y se afirma como sujeto pleno de su cuerpo, su sexualidad, su erotismo y su maternidad, sin abdicar de su autonomía. Una mujer que no se somete. Y precisamente por eso, una mujer que produce —ayer y hoy— un miedo antiguo: el miedo a una libertad, que cuestiona— sin proponérselo— la masculinidad y produce angustia de castración.

De ahí su destino: bruja. Es decir, cifra. Antes en los archivos de la Inquisición; hoy en las estadísticas del feminicidio.
Curandera de pobres y de ricos, consejera de todos, Paula recoge del bosque plantas que devienen medicina al calor de rezos susurrados. Sus pócimas no solo curan: también desatan, separan, revelan. Une a quienes dudan y separa a quienes duermen en la fe ciega de un documento sellado por la ley.
Bruja porque sabe, porque intuye, porque predice; porque su conocimiento no pasa por la aduana de lo hegemónico. Bruja, entonces, en el sentido más peligroso: autónoma.
La Paula de Fabio Martínez no es solo un personaje de época: es una figura intempestiva. En ella se encarna una mujer que asume su deseo sin pedir permiso, que rehúsa ser objeto pasivo y se afirma como sujeto pleno de su cuerpo, su sexualidad, su erotismo y su maternidad, sin abdicar de su autonomía. Una mujer que no se somete.
La novela de Fabio Martínez es, en ese sentido, una apología de la mujer en toda su dimensión. Pero también es otra cosa: un ejercicio de hechicería literaria. Como todo buen escritor, Martínez bebe su propia pócima de caimito para hacernos ver lo que no es y, de paso, obligarnos a dejar de ver lo que creíamos evidente. Hay en su escritura un arte de la distorsión que no engaña: revela.
Leer esta novela pide un ritmo y un ritual: un tabaco encendido —mejor si es cubano—, el humo dibujando figuras en el aire mientras la historia avanza como una invocación. Se lee para soñar, sí, pero también para recordar. Porque aquí la muerte no es ruptura sino tránsito; el mal no es una fuerza exterior sino una fisura íntima; y la religión, cuando se institucionaliza, deja de ser puente para convertirse en dispositivo de control moral y político.

La novela insinúa —sin didactismos— que la lucha política sin memoria espiritual es apenas ruido. Que la historia de América no se entiende sin figuras como Benkos Biohó, ni sin esa tensión entre cuerpo y ley donde el deseo reprimido muta en violencia judicial y sexual.
Leer a Martínez es, en última instancia, un acto de deszombificación: salir de la bodega oscura del bajel, romper la cadena invisible que nos condena a una vida sin destino. Dejar de navegar como muertos en vida bajo el timón de Ikú, el Oricha de ultratumba.
Como todo escritor verdaderamente libre, Martínez parece rendirle culto a la gran maga Lilith, esa bruja que desordena la moral, incentiva la lujuria y tuerce destinos con una sonrisa apenas insinuada. Quizá por eso su literatura incomoda. Quizá por eso seré siempre su ávido lector.



