En retrospectiva Carlos José Mayolo
En el actual boom de producción de películas con sello colombiano y su eminente distribución en festivales internacionales de cine, resulta sustancial para el espectador dar una vuelta por la obra audiovisual que el cineasta caleño concedió al público colombiano hasta el año 2007. Hoy que no está con nosotros, lo recordamos en el mes de su cumpleaños regresando a aquellos 38 años de vida entregados al cine.
Por: Ana L. Tulcán
Estudiante de Trabajo Social

«Era un juego peligroso escribir la historia de mis películas. Yo nací donde empieza la cola del cometa del siglo XX, en el año de la bomba atómica (…)».
La vida de mi cine y mi televisión – Carlos Mayolo.
Si usted ha escuchado a Carlos o ha visto largometrajes como Carne de tu carne (1983), La Mansión de Araucaima (1986) y documentales realizados con Luis Ospina como Agarrando pueblo (1977) y ¡Oiga, Vea! (1971), estará en disposición de evocar recuerdos de la Historia de Cali en los años setenta, cuando Mayolo daba inicio a su carrera cinematográfica como actor, director y guionista en dichas producciones.
De él encontramos dos libros autobiográficos: el primero, ¿Mamá qué hago? (2002), y el segundo, La vida de mi cine y mi televisión (2008), los cuales cuentan a través de capítulos cortos y fotografías quién fue este personaje, qué hizo, cómo disfrutó su vida con su familia y amigos a través del lente. A los 23 años, se entregó al cine como una forma de expresar su amor por Cali, ciudad donde tuvo sus primeras experiencias vitales como director y documentalista, formando parte de clubes de cine como Caliwood, a la revista Ojo al cine y al colectivo Ciudad Solar.
Ya en los años setenta, Cali se consideraba un semillero de actores, directores y productores de cine en todo el país. ¿Y por qué resaltamos el trabajo cinematográfico de este cineasta? Seguramente porque fue uno de los primeros en consolidar el género documental mediante la producción de películas creadas como fuente de reflexión política, social y cultural que reflejaban en gran parte las problemáticas sociales de dicha época. Sin puntos ni comas, produjo un efecto resonante en los espectadores con las ideas que recreaba en el movimiento de su cámara y en los planos escogidos para grabar ciertas escenas. Aunque en este tiempo se hacía cine con lo elemental en cuanto al sonido e iluminación, Mayolo fue capaz de convertir una narrativa convencional en una narrativa original interesándose en los acontecimientos de la ciudad y haciendo uso de recursos metafóricos para contar historias reales.
Así fue cuando reveló en su documental ¡Oiga, Vea! (1971) la diferencia de clases sociales en el público que asistía a los Juegos Panamericanos en 1971, y en Agarrando pueblo (1977) la comercialización de imágenes de pobreza y hambre en Latinoamérica hacia otros países. De esta manera, el domador de películas dio paso a un cine inconformista e irreverente; comprobó que hacer cine pensado en la sociedad es la ventana para mostrar la realidad tal y como es. Pese a que los recursos fueran insuficientes, el equipo de producción reducido y el público inestable, este cineasta llevó su trabajo a festivales de cine en Europa y demostró que es posible hacer cosas distintas y dar opiniones más precisas sobre una situación, y que entre más contradictorias sean con la realidad y más traten de decir cosas inusuales, las películas más conservarán vida.
El domador de películas dio paso a un cine inconformista e irreverente, comprobó que hacer cine pensado en la sociedad es la ventana para mostrar la realidad tal y como es
Las últimas películas caleñas reconocidas internacionalmente reflejan problemáticas emergentes de múltiples contextos, como lo expresa César Acevedo, director de La tierra y la sombra: son producciones que hablan de nuestra identidad, de lo que somos y de dónde venimos. Esto nos introduce en la tarea de examinar el cine hecho en esta ciudad, cuna de directores que deciden narrar problemáticas contemporáneas para que concibamos una nueva mirada hacia realidades como el desarraigo y el desplazamiento en el contexto urbano, como ocurre en la película Siembra, estrenada este año, la cual refleja los rastros de un pasado entre padre e hijo marcados por la guerra.
Por todo lo dicho, valoramos el trabajo cinematográfico realizado hasta hoy y, como decía Mayolo, se trata de una profesión difícil donde todo acto ha de ser una respuesta a lo que hay más allá de la verdad, pues para él ser director implicaba una búsqueda incesante de posibilidades expresivas para narrar el tiempo, proyectar la realidad y plasmarla en película, olfateando, oyendo y viendo; los unos, los otros, los sociólogos, los antropólogos y hasta los periodistas quienes prevalecen en la verdad, así, también los cineastas tienen la posibilidad de convertir la realidad en verdad, y Mayolo no fue la excepción.
El amante y documentalista de la vida nos invita a dar un paseo por un capítulo de la Historia de Cali expresado en su propia vida y obra, donde siempre trató de descubrirse a sí mismo y dejarlo plasmado en el papel: «Mi cine fue como lo pude hacer. Primero, olfateaba con la cámara los objetos o las cosas que creía tenían representación o brillo visual. Nunca empecé por querer contar algo. Sabía que lo que uno puede hacer es cometer errores, como cuando se monta a caballo: hay que irlo entendiendo poco a poco. Es una especie de lenguaje entre la realidad y la habilidad, hasta que hace que uno vaya perdiendo el miedo y se lance».



