Semana del Patrimonio: el barrio Obrero, un ecosistema cultural
La cosa, la bobada, el festejo, el baile, la sabrosura empezó por el barrio: puestos en la calle, gente caminando de acera a acera y la música trepando por las paredes. El sol a juego con las casas culturales que deslizaban su color por doquier. Unas misteriosas figuras con un velo que todos querían levantar. El andar de la multitud, el bullicio popular, los olores que se confudían al avanzar, y el paladar a punto de acechar. En palabras que no alcanzan, un ecosistema cultural hecho de ritmo, cocina y territorio.
Por: Daniel Steven Alvarado
Estudiante de Lic. en Literatura, Univalle

El pasado 24 de octubre, el barrio Obrero dio apertura a la Semana del Patrimonio. La programación reunió manifestaciones culturales del Pacífico, la región andina y, cómo no, de la música salsa. Además, el territorio fue escenario de muestras empresariales y artísticas: cocina tradicional del Pacífico, bisutería andina, historias ilustradas, exposición de archivo audiovisual, feria de calzado, cosmética, teatro, talleres y mucho más. Bajo el concepto de Cali, territorio de patrimonios, esta edición dejó algo claro: la cultura sigue latiendo en la identidad caleña.
La tarde empezó con salsa. La escuela Impacto Latino, de la comuna 16, abrió la jornada con sus coreografías. Algunas de las canciones fueron: «Soy el Rey», de Pete Rodriguez, y «Salsa caliente», del grupo Percusión. Luego, siguieron Los Melomanitos, un grupo de niños de entre cinco y siete años que aprenden, desde edades iniciales, la historia de la salsa y sus ritmos. Algunos de sus acudientes mencionaron que los infantes ya eran más salseros que ellos. Una apuesta para preservar la música desde la pedagogía. Después, siguieron la orquesta Boom Latino, la Escuela del Sabor y la agrupación Macugüa.
El patrimonio cultural se sostiene en la comunidad. La solemnidad debe ceder su lugar al coro improvisado, la comida típica compartida en el andén y el territorio ilustrado en la memoria. Cincuenta y uno murales y ochenta fachadas lo muestran, pero es la gente quien mantiene vivo ese legado.
Entre los puestos se encontraba Vagabundo, ilustrador del Pacífico, con su stand de narrativas, memoria y oralidad. Lleva cincuenta y cinco años mostrando la riqueza natural de la región. Viene de las playas y la brisa del mar de Tumaco, donde tomó como inspiración el paisaje, la tradición y el color del Pacífico para sus ilustraciones. En su mesa había stickers, imanes, libretas, camisetas, bolsas ecológicas, afiches y calcomanías que reflejaban toda la cosmovisión del territorio. En sus propias palabras: «Aprendí a caminar y a ilustrar en las playas de Tumaco, capturando el bullicio, la magia y el color de nuestra vida cotidiana».

Más allá, olía a dulce. Marleni Riascos, oriunda de Guapi (Cauca), presidenta de Funda Candies del Pacífico, un puesto de dulces típicos con más de dieciocho años de trayectoria. Algunos de sus dulces son la chancaca, conocida también como cocada, hecha de coco, panela y canela, cocinado lentamente en fogón de leña y envuelto en hoja de plátano. «Venimos de Guapi a Cali para visibilizar y proteger la identidad gastronómica del Pacífico», afirma Marleni.
Las personas no se aguantaban las ganas y levantaban, por las orillas, aquellas figuras con velo que habían llegado al barrio. Sin embargo, la revelación no llegaría hasta el día siguiente, con los maestros Nino Caicedo (compositor) y Alexis Lozano (director, arreglista, productor), fundador de la orquesta Guayacán. Al canto de su mítico verso «si va al barrio obrero se vuelve rumbero», le quitaron el velo a sus esculturas. Otros de los artistas que inmortalizaron fueron Celia Cruz, Joe Arroyo, Jairo Varela, Roberto Roena, Wilson Manyoma, Umberto Valverde, Bobby Cruz, Willy García, Willie Rosario, Daniel Santos y Tito Cortés.

El patrimonio cultural se sostiene en la comunidad. La solemnidad debe ceder su lugar al coro improvisado, la comida típica compartida en el andén y el territorio ilustrado en la memoria. Cincuenta y uno murales y ochenta fachadas lo muestran, pero es la gente quien mantiene vivo ese legado. Los Melomanitos, las escuelas, las orquestas, el señor que conversa en la calle y la señora de la fritanga son las pinceladas invisibles que le dan forma al cuadro. En últimas, la infraestructura y el color son solo la escenografía de un ritual colectivo que se niega a la nostalgia porque habita con alegría su territorio.




