Crítica Literaria

El arte de curar en Cartagena de Indias siglo XVII, nuevo libro de María Cristina Navarrete

Por: Alejandro Alzate

Programa editorial Universidad del Valle, 2021
Páginas: 131

Diego López y Paula Eguiluz, polémicos curanderos del siglo XVII cartagenero, son los sujetos históricos que conducen y estructuran esta investigación de la profesora María Cristina Navarrete. A lo largo del texto, y gracias a la heterogeneidad temática que abarca, quedan en evidencia los complejos procesos civiles, morales, económicos y sociales del mencionado siglo; periodo marcado, entre otros sucesos, por la intolerancia religiosa -en Europa católicos y protestantes se trenzaban en luchas fratricidas-, el declive de la dominación colonial española y portuguesa -dado el ascenso de nuevas potencias como Francia e Inglaterra- y la imposición del absolutismo como forma de gobierno.

Foto: mercadolibre.com.co

En torno a este último aspecto es substancial reflexionar pues subyace, a claras cuentas, un hecho que explica la persecución que padecieron, en el Nuevo Reino de Granada, tanto Diego López como Paula Eguiluz; sobre todo ésta. Se trata de la teoría del derecho divino que daba sustento teórico e ideológico al absolutismo. El hecho de que la autoridad del rey tuviera un origen divino, y que en razón de ello éste no tuviera que rendir cuenta alguna de sus actos a cuerpos colegiados o estamentos de veeduría, hacía del catolicismo un instrumento de poder sin igual, incuestionable, cerrado y, por defecto, expandible a las colonias de ultramar.

“La obra de la profesora Navarrete explica con solidez la animadversión de las autoridades coloniales españolas por las prácticas mágicas, míticas, rituales y paganas de personas subalternas como los mencionados López y Eguiluz”

En ese sentido, sujetos subalternos, mulatos -como es el caso de Diego López- y de ancestro africano- como es el de Paula Eguiluz- quedaban coaccionados frente a las imposiciones de un dogma que imponía dos notorias arbitrariedades; a saber: el impedimento para profesar libremente una opción de fe, y el continuo control de cuerpos por sospecha de incurrir en actos de herejía, brujería, herbolaria, hechicería o difamación del orden católico imperante. El poder divino del rey implicaba una irrestricta homogeneización de la vida espiritual y la fe. Desde esta perspectiva, entidades como la Inquisición y el Santo Oficio eran, principalmente, extensiones de ese poder soberano que no podía flaquear ante el paganismo y la superchería de los pueblos que iban siendo conquistados.

La obra de la profesora Navarrete explica con solidez la animadversión de las autoridades coloniales españolas por las prácticas mágicas, míticas, rituales y paganas de personas subalternas como los mencionados López y Eguiluz. Desde esa perspectiva, se observan las posturas de las élites económicas y religiosas en relación con la validación o no de los saberes según fueran ortodoxos o heterodoxos, la feminidad asumida como algo demoníaco y carnal según el legado de los siglos XVI y XVII, los afanes de consolidación económica de quienes detentaban el poder, la exclusión social de los sectores subordinados y la problemática conformación triétnica del Nuevo Reino de Granada. De acuerdo con lo planteado por la autora, la sociedad cartagenera del siglo XVII constituía un caldo de cultivo en el cual la diversidad y la diferencia se asumían a las formas de lo indeseable y lo pecaminoso. Finalmente, cabe resaltar cómo este libro sienta las bases para entender muchos de los rezagos de premodernidad que hoy se viven, paradójicamente, en la hiper tecnologizada sociedad del siglo XXI. En ésta, al igual que en la Cartagena del XVII, también se asumen como peligrosas las alteridades y se miran con desdén los oficios manuales.

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