Leer es resistir, el nuevo libro de Mario Mendoza
En este, su más reciente texto, el escritor bogotano comparte su mirada personal sobre una miscelánea de temas. Es así como se encuentran reflexiones sobre la ficción, la escritura, la condición humana, el cine, la academia, la vida, los sueños, el empeño y los viajes. También, dicho sea de paso, el libro es una excusa para pensarnos como sujetos libres; como seres con posibilidad de decidir qué seguir y qué no dentro del continuo bombardeo mediático y cultural.
Por: Alejandro Alzate

Foto: Camila Reina. Tomada de: semana.com
Mario Mendoza es una de las más prolíficas voces de la literatura colombiana post García Márquez. Él, junto con otros compañeros de oficio como Santiago Gamboa, Jorge Franco o Juan Gabriel Vásquez, viene construyendo con paciencia de ajedrecista una obra que suma ya más de quince títulos publicados. A lo largo de los años, Mendoza ha ido edificando una voz y una manera muy propia de mirar el mundo y sus fenómenos.
Es por ello que en Leer es resistir asistimos a una interpretación particular de hechos que van desde la masacre de Pozzetto hasta la Guerra de Vietnam. En el libro, escrito con una prosa sencilla pero eficaz, se mira todo con los ojos del escritor que es muchos escritores en uno. Primero, en la época de aprendiz, la contemplación de las cosas supone la angustia juvenil por poderlas contar como lo hicieron, en su momento, los grandes de la literatura universal. Cuando el autor se presenta más estructurado, la mirada que percibe el lector es otra; es la de quien ha adquirido destrezas y método para trabajar. Finalmente, cuando Mario Mendoza es Mario Mendoza, el escribidor hecho y derecho, el lector ve al hombre que habla del oficio con pasión pero con calma; con un disfrute que va más allá de las limitaciones que siempre se tienen. Cuando Mario Mendoza se presenta como Mario Mendoza, comparte sin reparos sus miradas íntimas sobre la cultura, la escritura y la vida. Es en este momento cuando un lector atento capta cómo el libro constituye en sí un reservorio de referencias literarias y cinematográficas inagotables.
El libro da muestra de ello al tiempo que explica cómo él, Mendoza, se hizo escritor. Para el bogotano, este nuevo documento no constituye un texto del tipo Cartas a un joven novelista o afines. Por el contrario, y evitando caer en las manidas formas del decálogo, el compartir experiencial no dice qué hay que hacer para devenir mágicamente en escritor.
La madurez le llega al autor de Satanás, o al menos eso deja entrever la obra, sin afanes eruditos y sin la vana gloria de posar como el que “todo lo ha leído “; lo cual, a todas luces, sería una vanidad pueril y vulgar, pues ya Borges se ocupó de leerlo “todo” hace más de cincuenta años. Ahora bien, y esto hay que tenerlo claro, la modestia es quizás una de las formas más grotescas de la soberbia y la pedantería. Solo al mencionado Borges le quedaba bien, le lucía, aquella desfachatez de decir en entrevistas aquí y allá que las gentes no debían perder su tiempo leyéndolo a él cuando estaban en el panorama Kipling, Spencer o los clásicos griegos. En Borges, cuyas muchas entrevistas hoy recuperadas permiten ver un hombre viejo, sabio y políglota, la vanidad alcanza el estatuto de pequeña picardía que se puede permitir solo aquel que se sabe autoridad indiscutible.
Volviendo a Mendoza, diremos que su compartir con el lector se percibe franco. No se advierte un lucimiento insensato. El libro, compuesto por tres grandes capítulos y un epílogo, da muestra de ello al tiempo que explica cómo él, Mendoza, se hizo escritor. Para el bogotano, este nuevo documento no constituye un texto del tipo Cartas a un joven novelista o afines. Por el contrario, y evitando caer en las manidas formas del decálogo, el compartir experiencial no dice qué hay que hacer para devenir mágicamente en escritor. El libro no le da consejos directos a nadie, pero invita a todos los interesados a observar posibles rutas que satisfagan la fantasía que para muchos supone ser escritor. Leer es resistir exhorta, pero no revela; contagia, pero no pontifica. En eso se advierte un mérito. Cada quien, según su interés, tomará lo que considere válido y dejará pasar lo que no lo sea según su juicio.

Para mencionar aquello que en el libro constituye un mérito, es preciso referirse, justamente, a su capacidad para sugerir, para presentar un camino, el del escritor, que no las ha tenido fáciles dentro del duro mundo de la creación literaria. En este libro, Mendoza no juega a la auto ayuda creativa. No crea fórmulas mágicas ni vende humo. Por el contrario, muestra durante trescientas largas páginas que la inclinación por la literatura es un tiro al aire. Puede que dé en el blanco, pero puede que no. Puede llegar la más rutilante fama o el más estridente fracaso. Cada quien habrá de hacer sus cálculos y lanzarse a la arena.
Otro de los aciertos que reivindico en este libro es la pasión que se transmite por el arte en general. Por el cine y la literatura misma. Los referentes que se mencionan a lo largo de los capítulos despiertan la curiosidad y azuzan las angustias de quienes siempre quieren saber más. Desde esta última perspectiva, el libro es en sí una caja china que encierra muchas cajas con información relevante. Por eso, este es una creación viva. Un artefacto que está aquí para llevarnos allá donde nuestros conocimientos no llegan, donde nuestras curiosidades no se han asomado.
Si de flaquezas hablamos, es indudable que hay ciertos pasajes en los cuales el autor se ubica demasiado en el centro de la acción narrativa; razón por la cual la escritura adquiere las formas de un malo y trillado libreto de película gringa. A veces se impostan en demasía los diálogos y se sobre explica la recreación de momentos y anécdotas que se vuelven sosas. A veces, el lugar común del escritor que transitó por los bares y calles sin un peso en el bolsillo, se hace francamente insoportable. A veces…
Queda abierta, pues, la discusión en torno a este nuevo libro, en torno a lo que su contenido propone. Cada quien, que lo lea y complete los puntos suspensivos que adrede he dejado. En cualquier caso, y así alguien lo encuentre deleznable, habrá ganado. Habrá ganado horas de vuelo para pilotar mejor el avión magnífico que suponen los libros.



