Literatura y guerra. Entrevista a Marina Colasanti
Desde la Feria internacional del libro de Bogotá, Marina Colasanti habló sobre la literatura, la infancia, la guerra y el alma humana.
Por: Nathalia Muñoz Arias
Estudiante de Lic. en Literatura

Cuando Homero nos enseñó que las batallas dejan marcas eternas para las generaciones futuras, comprendimos que la guerra y la literatura se tomarían de las manos para seguir andando en el camino de la historia porque después de la sangre derramada queda mucho por contar. Entre el desgarro y la belleza, hombres y mujeres han leído y han escrito para elevarse en medio de la miseria, y otros han debido esperar a que el tiempo se escurra para entender cómo la guerra y los libros los transformaron.
Este es el caso de Marina Colasanti, la escritora de las ideas azules. Nació el 26 de septiembre de 1937 en Asmara, Etiopía, y junto a su familia italiana se desplazó constantemente por la ocupación de su padre y por la Segunda Guerra Mundial. Alguna vez, entre tantos viajes, llegaron a vivir junto a un lago; pero los lagos en otoño son tristes, ella y su hermano estaban en un nuevo sitio, sin amigos, por lo que sus padres compensaron aquella soledad infantil con una colección de libros: La escalera de oro, que sirvió para que inventara historias, descubriera mundos y subiera a la vida.
Cuando tenía diez años la familia llegó a Brasil, solo con sus ropas, porque no se suelen llevar muchas cosas cuando se va de un continente a otro, y con un anillo de su madre que podrían vender si ocurría alguna emergencia. Ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes y trabajó para el Jornal do Brasil, el periódico más importante de la época impreso en Río de Janeiro; y en 1968 su primer libro Eu sozinha (Yo solita) fue publicado.
Desde la Feria Internacional del Libro de Bogotá, Marina Colasanti concedió a La Palabra una entrevista. Habló sobre literatura, guerra y el alma humana, de la misma manera en la que salva a los personajes de sus textos, con sensibilidad, porque suelen ser niños, mujeres y hombres que merecen ser tan libres como pudo ser ella cuando la guerra llegó a su vida y el silencio de sus viajes fue compensado con la literatura.
LP: —Cuando escribe para niños, ¿cómo trata los temas si hoy se exponen a situaciones más complejas?
MC: —No es ahora, los niños siempre han estado involucrados en la guerra, la violencia, la pedofilia. No es que ahora tengan miedo de los adultos, siempre lo tuvieron; mira los cuentos de los Grimm, están llenos de ogros y ¿quiénes son los ogros? Son los adultos. Inventamos no hablar de la muerte, pero este miedo empieza con el nacimiento, no se sale por otra puerta, no hay otro punto de llegada en la vida. No tengo ningún problema de temas y no hago libros para editoriales porque quiero hacer literatura, no libros. Los libros son un producto editorial que tiene su función social, pero quiero hacer literatura y para hacerla no puedo estar al servicio del mercado.

LP: —¿Qué puede decirnos sobre la guerra?
MC: —Para los humanos la guerra es una constante, en la historia tenemos más guerra que paz. El Homo sapiens fue una tragedia: la paz que anhelamos es utópica. Tenemos paz durante unos años, pero la guerra sigue. Cuando terminó la segunda gran guerra vivimos la de Corea y la de Vietnam; por todas partes hay guerra, todo el tiempo, y ahora tenemos el terrorismo, otra forma de guerra. En Europa hay un problema grandísimo de terrorismo. En Brasil hay paz oficialmente, pero leemos en el periódico sobre niños que mueren por balas perdidas; no son perdidas, alguien las disparó. Son niños que viven en medio de una guerra que no está declarada pero que existe. Ojalá logremos periodos de paz, aunque la amenaza de la guerra esté siempre.
LP: —¿La literatura es una cura para la guerra?
MC: —No, si lo fuera no tendríamos guerra. ¿Qué es la Ilíada? Es la descripción de la guerra entre aqueos y troyanos. ¿Qué es la Odisea? Es el regreso de Ulises, ¿y es tranquilo ese regreso? No, son batallas, muertes. Leímos a Homero y aprendimos que eso está mal. La literatura es una búsqueda de entendimiento de esas fuerzas que nos dominan, los sentimientos humanos. Ayuda a los lectores a conocer mejor la vida, a dialogar con su yo y a acercarse de una manera más rica a los demás, pero no es una cura para la guerra.
LP: —¿Cómo llevar la literatura a una población devastada por la guerra?
MC: —Con un esfuerzo gubernamental. También creo en lo que uno transmite al otro. Si dices a un niño que no tiene la costumbre de leer que la lectura es importante, no sirve para nada. No le estás regalando nada. Cuéntale historias, el origen de su pueblo, las leyendas indígenas; regálale literatura. La literatura funciona como análisis freudiano, terapéutico. ¿Qué pasa en Anna Karénina cuando el autor cuenta los sentimientos de sus personajes y cómo reaccionan por las acciones de otros? Él es como el terapeuta, lo sabe todo y cuenta lo que está oculto en los personajes. Ofrece una pintura social del entorno; hay un momento de cambio social importante, Tolstói lo describe y sin darte cuenta aprendes cómo se comportan los humanos y cómo reaccionan a situaciones individuales y colectivas. Hoy día la sociedad está interesada en divertirnos, pero la diversión impide que reflexionemos. Para reflexionar es útil el diálogo, mirar a los ojos, al rostro. El internet tiene esa ausencia, no ofrece rostros, ofrece falsos rostros, no dialogan, mientras los niños que te miran están estudiándote, quieren saber qué vas a hacer. En internet eso ya no está, y es tan importante para movilizarse en la vida.



