Entrevista

Amor, ambición de poder y oro: la última novela del escritor William Vega

El director de la Escuela de Estudios Literarios de Univalle, el profesor Darío Henao Restrepo, dialogó con el escritor bonaverense William Vega acerca de su novela Cenizas doradas, recientemente publicada por Ediciones El Silencio, en la que se relatan historias que giran en torno a temas como el amor, la ambición de poder y la bonanza del oro en el contexto de la guerra de Independencia de Barbacoas (Nariño).

Por: Darío Henao Restrepo
Director de la Escuela de Estudios Literarios, Univalle

William Vega, escritor colombiano. Foto: Tomada de lafm.com.co
William Vega, escritor colombiano. Foto: Tomada de lafm.com.co

Darío Henao Restrepo (DHR): Háblanos un poco acerca de tu vida y de cómo nació tu amor por la literatura.

William Vega (WV): Nací y me crié en Buenaventura, donde me formé como bachiller en el Colegio Pascual de Andagoya. Fue en la biblioteca del colegio donde me empecé a nutrir de las obras literarias. Teníamos una de las mejores bibliotecas del Valle del Cauca, y en las horas de recreo o en las horas libres tenía dos opciones: jugar fútbol o leer en la biblioteca. Repartía mi tiempo entre esas dos actividades, pues el fútbol era mi otra pasión. Entonces, desde ahí empezó, digamos, esta inclinación por la lectura, cuya iniciación se dio, lo debo reconocer, en casa con la abuela Ismaelina, quien nos leía El Antiguo Testamento. Ella nos aproximó a esas historias fantásticas a través de un libro que se llama Cien lecciones de historia sagrada. Desde ahí empezó esta inclinación, esta vocación, y por eso siempre recuerdo y honro a la abuela Ismaelina. Básicamente, esa fue mi iniciación en Buenaventura.

DHR: Quisiera que habláramos sobre tu novela Cenizas doradas, cuyo escenario principal es Barbacoas (Nariño), y que nos cuentes un poco por qué eliges este universo para contar la historia de una de las ciudades más importantes en la época de la Colonia y comienzos del siglo XIX por ser una de las grandes productoras de oro del país.

WV: Me interesó muchísimo la riqueza cultural que tenemos en el Pacífico colombiano, y desde esa riqueza cultural busqué un sitio que hubiera sido históricamente rico, poderosamente rico en lo económico, lo político y lo cultural, y Barbacoas es la joya del Pacífico que tenemos para mostrar. Fue uno de los más viejos municipios de este litoral que, en su momento dorado, fundamentó su riqueza en el oro y desarrolló un tejido social poderosísimo en lo religioso, en lo intelectual y en lo político, con familias tan poderosas que pusieron presidentes de la República en esa época.

Entonces, me dije que tenía que contar desde Barbacoas, pues en el Pacífico también ha habido situaciones que nos permiten mirarnos al espejo, ya no desde la marginalidad, sino desde la riqueza. Esa fue la motivación para escribir esta novela desde Barbacoas y no desde Buenaventura, que es mi sitio natural donde, se pensaría, naturalmente, que yo debía escribir. Buenaventura ha sido un municipio muy importante debido a  su capacidad de generar riqueza como puerto mercantil, y también tiene una historia cultural muy interesante, pero la joya de la corona, por decirlo así, ha sido Barbacoas. Por eso la novela fue escrita desde ese escenario.

La novela relata la historia de las dos familias mineras más poderosas de la época en Barbacoas, los Quiñones Casanova y los Díaz del Castillo, y su estrecha relación con lo que es hoy Ecuador, especialmente con Quito. En la época, los hijos de los barbacoanos tenían básicamente dos rutas para salir a educarse: una era Quito y la otra era París (Francia). Luego vino Estados Unidos. No se pensaba en otras posibilidades, porque realmente no existían. Entonces, se fue formando toda una generación de barbacoanos educados en los mejores colegios de Quito y Europa. Así de poderosa era la capacidad económica de Barbacoas.

Uno de esos mineros radicados en Quito tiene un hijo que se llama Medardo, un contestatario que se une a las filas de los patriotas que, en ese momento, luchan contra los españoles por la Independencia. Era, pues, un hijo de rico metido en los ejércitos patriotas, como realmente está plagada toda la historia libertaria de nuestra América Latina, la cual fue iniciada por los los criollos más poderosos, no desde, digamos, el pueblo. Las revoluciones nacieron desde ahí. Medardo es uno de ellos, y hay un tejido de amor entre Barbacoas y Quito a través de esas dos familias. Entonces, la novela transcurre entre esas historias de amor, de odio, de disputa por el poder, y claro, hay una trazabilidad histórica porque se desarrolla en la última década del siglo XVIII y las dos primeras del siglo XIX.

Foto: Ediciones El Silencio.
Foto: Ediciones El Silencio.

Ese es, básicamente, el contenido de la novela. Pretende profundizar en el alma humana, en las pasiones que mueven a los seres humanos: la ambición, el amor, los celos, el egoísmo, el odio, la ternura, la generosidad. Los personajes de la novela van trazando cada una de estas situaciones. Cuando Medardo, al final, fallece en la batalla de Barbacoas, mandan a llamar al sacerdote para que vaya a la casa al velorio. El sacerdote, en esos momentos, estaba en la orilla del río Telenví, mientras que Medardo vivía en la loma, que era donde vivían las familias notables del pueblo. Entonces había que subir, y el sacerdote llega tarde, a lo que la mamá de Medardo le recrimina diciéndole que cómo es posible que atienda primero a esos negros de las orillas y no a una de las familias más importantes de Babacoas para darle su bendición al difunto Medardo y brindarle los sagrados oficios religiosos. Entonces, el sacerdote llama aparte a la señora y le dice: “¿Por qué usted, señora, me habla de negros si usted, su marido, y su hijo también lo son? Y la respuesta de ella es: “¡Éramos negros! Ya tenemos mucho oro y somos poderosos”.

Es interesantísimo, porque siempre se dice que el oro puede con todo, incluso hasta blanquear lo que sea. Eso sucede con personas que han sido marginadas históricamente cuando tienen la oportunidad y la capacidad de llegar más allá. No hay raíces que los aten, sino que, inmediatamente, asumen su nueva condición de estatus que alcanzan a través de la riqueza.

Si tengo que sintetizarla en dos palabras, diría que la novela, básicamente, trata de amor y poder. Es una novela de amores incestuosos, de amores prohibidos. Los personajes desconocen sus orígenes, sus raíces, porque necesitan asimilarse a una condición social y económica que han logrado a través del poder económico. Y si eso les exige desconocer de dónde vienen, pues lo hacen. Por eso la mamá de Medardo le responde al sacerdote que eran negros, pero que ya no lo son porque ya son ricos y poderosos.

Si tengo que sintetizarla en dos palabras, diría que la novela, básicamente, trata de amor y poder. Es una novela de amores incestuosos, de amores prohibidos. Los personajes desconocen sus orígenes, sus raíces, porque necesitan asimilarse a una condición social y económica que han logrado a través del poder económico. Y si eso les exige desconocer de dónde vienen, pues lo hacen.

Por otra parte, la novela se llama Cenizas doradas porque es la evolución de unas familias poderosas y de un pueblo poderoso que empieza su periodo de decadencia que, al final, lo destruye. Y no solamente lo destruyen física y materialmente, sino que destruyen su estado de ánimo, destruyen su capacidad de resiliencia (término muy socorrido hoy en día). Es un pueblo que queda destruido, que queda mirando hacia atrás lo grande que fue. Al final de la novela incineran a los muertos, y al incinerarlos, cubren sus cuerpos con polvo de oro, y el resultado final son unas cenizas doradas. Y ese es el nombre de la novela. El trasfondo de esas cenizas doradas es la gran pregunta que tenemos que hacernos todos los seres humanos en los días bravos. ¿Será que soy capaz de rehacerme desde las cenizas? Por eso la novela, en el título mismo, implica una condición que a todos nos sucede. Estamos arriba, estamos abajo, como en un columpio, y cuando estamos abajo, rodeados de cenizas, rodeados de pesimismo, tenemos que tener la capacidad de rehacernos como el fénix, ¿no? Creo que es, quizá, lo más universal que tiene la novela.

DHR: Háblanos un poco acerca de los conflictos que revelan la trama de la novela.

WV: Hay dos situaciones que, a mi parecer, simbolizan muy bien el poder, que es unos de los temas principales de la novela. Las familias más poderosas de la época en Barbacoa comían polvo de oro espolvoreado en el queso que le ponían al plátano maduro. Ellos decían que era para la buena digestión. Quizá hay algo de cierto en eso, pero era, más que nada, un gesto de poderío y prepotencia. La contrapartida de eso es que cuando entraban a las letrinas a hacer sus deposiciones, estas salían con polvo de oro. Abajo de las letrinas, los negros se tenían que poner en los pies hojas de mazorca de maíz, se las amarraban y chambeaban. Recogían las heces en baldes y con agua los iban limpiando hasta obtener las pintas de oro que les permitía sobrevivir. Fíjate cómo se hila el poder allí.

De hecho, hay un personaje que se llama Narciso de Olano, que era un chambeador. Les llamaban catadores de mierda, y era la más baja condición social y económica que existía en Barbacoa. Narciso de Olano es quien hace ese trámite, un hombre muy vivo, un muchacho muy joven. Empeñado en salir de su condición de catador, construye un capital y se convierte en uno de los hombres más ricos y poderosos de Barbacoas. Entonces fíjate que esta situación, a mi parecer, simboliza uno de los aspectos de la condición humana.

Darío Henao Restrepo (centro) y William Vega (derecha) en Barbacoas (Nariño). Foto: Tomada de Facebook.
Darío Henao Restrepo (centro) y William Vega (derecha) en Barbacoas (Nariño). Foto: Tomada de Facebook.

DHR: Como bien lo señalas, esta novela gira en torno a la ambición y a la búsqueda de poder. En medio del oro está el amor y todas las tragedias que se viven alrededor de una sociedad esclavista que entra en proceso independentista, y una lucha en donde el oro está en el centro de las aspiraciones, tanto de quienes están a favor de la Corona española, como de quienes están con Bolívar y los independentistas. Hay una escena, por ejemplo, en la que Medardo, que es uno de los personajes centrales, evidencia claramente esta simbología del poder. Hablemos un poco de esto.

WV: Esa es una de las claves de la novela que ha gustado mucho entre los lectores, y es el hecho de que, a pesar  de que es una historia de hace más de dos siglos, la situación no ha cambiado mucho. La estructura social sigue vigente. Especialmente, en nuestro Pacífico siguen habiendo esas grandísimas diferencias y, sobre todo, sigue habiendo mucha marginalidad.

Sostengo que debemos cambiar la mirada. No podemos seguirnos mirando de una manera lastimera, quejumbrosa. Tenemos que ser artífices de lo que sigue, y no siempre con el espejo puesto hacia atrás; si lo vamos a poner hacia atrás, entonces pongámoslo en la grandeza que hemos tenido para mirarnos al espejo de esa grandeza. Creo que ese es el resultado que al final logra la novela: que la gente se está mirando al espejo de la grandeza que alguna vez tuvimos y que la inmensa mayoría de los habitantes del Pacífico no conoce. Yo pienso que ese el el mensaje que deja la novela: aquí hay una derrota, hay un incendio terrible que nos ha destruido, pero hay que hacer algo con estas cenizas doradas, con la discriminación, con la marginalidad, pero también ha habido mucha riqueza, y no hablo solo de la riqueza material. El Pacífico entero es un paraíso. Hay narradores orales muy potentes en el Pacífico colombiano que deben seguir contando con orgullo la historia de esas realidades, por más duras que sean.

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