Entrevista

La palabra en expansión: literatura, territorio y nuevas formas de sentido

Valeria Flórez Restrepo se suma al conjunto de las nuevas voces críticas de la literatura del suroccidente colombiano. En su calidad de literata de la Universidad del Valle, poeta y gestora cultural, esta joven alterna la sensibilidad creativa con el filo hermenéutico. La Palabra ha dialogado con ella sobre autores, interpretación y contemporaneidad en el hecho literario actual.

Por: Alejandro Alzate

Valeria Florez Restrepo, licenciada en Literatura de la Universidad del Valle y gestora cultural. Foto: Tomada de Instagram.
Valeria Florez Restrepo, licenciada en Literatura de la Universidad del Valle y gestora cultural.
Foto: Tomada de Instagram.

Alejandro Alzate (AA): A partir del título de tu ponencia podría inferirse que la palabra literaria ha viajado, se ha deslocalizado o mutado hacia nuevas formas de registro o interpretación. En ese sentido, ¿qué entiendes por palabra en expansión y cuáles son los límites que la literatura está desbordando hoy?

Valeria Flórez Restrepo (VFR): Pienso que la literatura nunca ha tenido límites definitivos. A lo largo de la historia ha encontrado múltiples formas de manifestarse, adaptarse y sobrevivir a los cambios culturales, tecnológicos y políticos. Lo vemos en la experiencia de Federico García Lorca, quien encontró en la poesía y el teatro una forma de dialogar con su tiempo; en Virginia Woolf, que cuestionó las estructuras que limitaban la participación de las mujeres en la vida intelectual; o en Rosario Castellanos, que utilizó la escritura para interpelar las relaciones entre género, identidad y poder.

Por ello, más que hablar de una literatura deslocalizada, prefiero pensar en una literatura que constantemente encuentra nuevos lugares para habitar. Como plantea Gaston Bachelard en La poética del espacio, los lugares no son únicamente coordenadas geográficas; son también espacios simbólicos, afectivos e imaginarios. La literatura pertenece a un lugar y, al mismo tiempo, lo trasciende.

Cuando hablo de una palabra en expansión me refiero a una palabra que desborda el libro sin abandonarlo. Una palabra que dialoga con el performance, la oralidad, la imagen, el cuerpo, las plataformas digitales, los espacios comunitarios y los territorios. Es una palabra que circula, atraviesa, transforma y se transforma.

También me interesa recordar que antes de ser escrita, la literatura era oral. Durante siglos las historias fueron cantadas, contadas alrededor del fuego, transmitidas por la memoria colectiva y sostenidas por la voz. En ese sentido, muchas de las prácticas contemporáneas que hoy parecen innovadoras como los jams poéticos, el spoken word o las experiencias performáticas no son una ruptura con la tradición literaria, sino también un regreso a uno de sus orígenes más antiguos: el encuentro humano alrededor de la palabra.

La expansión ocurre cuando la experiencia íntima encuentra una posibilidad de encuentro con otros. Cuando alguien escribe en soledad y posteriormente comparte ese texto en voz alta frente a una comunidad, cuando una lectura se convierte en conversación, cuando un poema se transforma en acción colectiva o en memoria compartida. La literatura continúa siendo palabra, pero también experiencia, presencia y acontecimiento.

Cuando hablo de una palabra en expansión me refiero a una palabra que desborda el libro sin abandonarlo. Una palabra que dialoga con el performance, la oralidad, la imagen, el cuerpo, las plataformas digitales, los espacios comunitarios y los territorios. Es una palabra que circula, atraviesa, transforma y se transforma.

Quizá el único límite de la literatura aparece cuando deja de ser habitada. Mientras existan seres humanos preguntándose por el mundo, narrándolo, poetizándolo y compartiéndolo, la palabra seguirá expandiéndose.

AA: De tu propuesta surge un vínculo interesante entre literatura y territorio. ¿De qué manera los espacios que habitamos —físicos, culturales o simbólicos— transforman, impactan o determinan las formas de escribir, leer y producir sentido hoy en día?

VFR: El territorio no es únicamente el espacio físico que ocupamos. También es memoria, lenguaje, historia, afectos, conflictos y formas de relacionarnos con el mundo. Por ello, cuando hablamos de literatura y territorio no nos referimos solamente al lugar geográfico desde donde se escribe, sino al conjunto de experiencias que atraviesan a quienes habitan ese lugar.

No es lo mismo escribir en medio de una guerra, como ocurrió con Federico García Lorca, que hacerlo en el contexto de las transformaciones sociales que acompañaron los primeros movimientos feministas que influyeron en Virginia Woolf. Tampoco es igual hablar de la muerte desde la experiencia de una persona que ha vivido toda su vida en el sur de Cali que desde alguien que llegó recientemente desde Piendamó, Cauca, o desde cualquier otro territorio. El tema puede ser el mismo, pero las experiencias que le dan sentido son profundamente distintas.

Más que un escenario donde ocurre la literatura, el territorio puede entenderse como un organismo vivo que dialoga permanentemente con quienes lo habitan. Los territorios producen lenguajes, imaginarios, silencios, heridas y memorias. Un río no significa lo mismo para quien lo contempla que para quien depende de él para sobrevivir; una plaza no significa lo mismo para quien la atraviesa que para quien ha construido allí parte de su historia.

Pienso que el territorio es una especie de texto vivo que constantemente estamos leyendo y escribiendo. Aunque intentemos alejarnos de él, seguimos habitándolo y siendo habitados por él. El territorio nos atraviesa de manera permanente y, en consecuencia, atraviesa también las formas en que producimos sentido.

Reconocer esta relación implica ampliar nuestra mirada sobre la literatura y comprender que toda creación surge de un diálogo continuo entre la experiencia individual y los contextos colectivos que la sostienen. Escribir también es una forma de escuchar el territorio.

AA: Dentro de las ‘nuevas formas de sentido’ a las que aludes, ¿qué pesa más: las transformaciones en las formas de interpretar la literatura o la aparición de nuevas prácticas culturales que ponen en tensión lo que entendemos por experiencia literaria?

VFR: Considero que ambas dimensiones son inseparables. Las nuevas prácticas culturales generan nuevas formas de interpretación, y las nuevas formas de interpretación permiten imaginar nuevas prácticas culturales.

Espacios como los jams poéticos, el spoken word, los clubes de lectura, las experiencias performáticas o las plataformas digitales han ampliado las maneras de acercarnos a la literatura. Sin embargo, estos cambios no solo modifican los espacios donde ocurre la experiencia literaria; también transforman nuestras formas de comprenderla.

Quizá una de las tensiones más interesantes de nuestro tiempo es que convivimos simultáneamente con una sobreabundancia de información y una creciente necesidad de significado. Las nuevas prácticas culturales no solo responden a la búsqueda de formatos distintos para compartir la palabra, sino también a una necesidad profunda de encuentro, escucha y construcción de sentido en sociedades cada vez más aceleradas e hiperconectadas.

La literatura deja de percibirse exclusivamente como un objeto de estudio o contemplación para convertirse también en una experiencia compartida, participativa y relacional. En ese sentido, no creo que exista una jerarquía entre interpretación y práctica. Ambas se alimentan mutuamente y forman parte de un mismo proceso de expansión cultural.

AA: En tu opinión, ¿la literatura contemporánea está dejando de ser una práctica individual para convertirse en una experiencia colectiva, vinculada a comunidades, territorios y procesos sociales de reivindicación?

VFR: No considero que la literatura esté dejando de ser una práctica individual. Por el contrario, pienso que su dimensión íntima sigue siendo fundamental. Antes de convertirse en palabra compartida, la literatura suele surgir de un proceso de observación, contemplación, cuestionamiento e interpretación que ocurre en la experiencia singular de cada persona.

En conclusión, la palabra en expansión no es la literatura abandonando el libro; es la literatura reencontrándose con su naturaleza más antigua: ser un puente entre la experiencia íntima, la memoria colectiva y el territorio que habitamos.

Es el individuo quien observa el mundo, quien se conmueve, quien se pregunta y quien encuentra una necesidad de expresión. Sin embargo, esa experiencia individual rara vez permanece aislada. La literatura encuentra su potencia cuando entra en diálogo con otros, cuando circula, cuando es leída, escuchada, discutida o reinterpretada por una comunidad.

Por ello, más que un tránsito de lo individual hacia lo colectivo, percibo una relación de reciprocidad constante entre ambas dimensiones. Lo íntimo alimenta lo comunitario y lo comunitario transforma lo íntimo. Es un círculo dentro de otro círculo, una dinámica continua de intercambio de sentidos.

En los últimos años he observado cómo muchas personas llegan a los espacios literarios no únicamente para compartir textos, sino también para encontrar escucha, acompañamiento y comunidad. Sin reemplazar otros procesos profesionales o terapéuticos, la literatura continúa ofreciendo algo profundamente humano: la posibilidad de nombrar aquello que sentimos y descubrir que no estamos solos en esa experiencia.

La literatura acompaña procesos de memoria, resistencia, cuidado colectivo, construcción de identidad y reivindicación social. Sin embargo, estos procesos no eliminan la experiencia individual; la amplifican. La literatura sigue siendo una conversación profunda con uno mismo, que eventualmente encuentra eco en otros cuerpos, otras voces y otros territorios.

Quizá una de las mayores enseñanzas de la literatura contemporánea sea recordarnos que la experiencia humana nunca es completamente individual ni completamente colectiva. Habitamos permanentemente ambos espacios y la palabra funciona como un puente entre ellos.

AA: ¿Qué obras, autores o experiencias concretas han inspirado tu reflexión sobre la palabra, el territorio y la expansión de los sentidos? ¿Cuáles serían y por qué?

VFR: Esta reflexión surge tanto de la lectura como de la experiencia vivida. Entre las autoras y autores que han acompañado este proceso se encuentran Federico García Lorca, Virginia Woolf, Rosario Castellanos, Alejandra Pizarnik, Julio Cortázar y Gaston Bachelard, quienes desde distintos lugares me han permitido comprender la literatura como una forma de habitar el mundo y de ampliar nuestra percepción sobre la realidad.

Asimismo, han sido importantes las reflexiones de Walter Ong sobre la oralidad y la escritura, así como los estudios sobre el signo, el símbolo y los procesos de interpretación literaria. Estas perspectivas permiten comprender que la palabra no es únicamente un vehículo de comunicación, sino también una forma de construcción de sentido, memoria y relación con el entorno.

Sin embargo, gran parte de esta búsqueda también ha sido inspirada por las experiencias territoriales y comunitarias que he tenido la oportunidad de acompañar. Los espacios de lectura, los talleres de creación, los encuentros culturales, los jams poéticos, los círculos de palabra, las bibliotecas, los procesos de formación artística y las conversaciones cotidianas me han enseñado que la literatura continúa viva más allá de los libros.

En el contexto colombiano, han sido especialmente significativas las obras y trayectorias de autoras y autores como Mary Grueso Romero, Fabio Gómez Cardona, Yirama Castaño, Alejandra Lerma, Adriana Carrillo y Omar Ortiz, entre muchos otros. Sus escrituras evidencian cómo el territorio, la memoria, la identidad y las experiencias colectivas continúan renovando nuestras formas de nombrar el mundo.

Además de las autoras y autores que me han acompañado, reconozco como maestras a las personas que he encontrado en los territorios. He aprendido tanto de una poeta publicada como de una mujer que comparte por primera vez un texto en un micrófono abierto. Los encuentros culturales me han enseñado que el conocimiento no circula únicamente desde la academia hacia las comunidades, sino también en sentido contrario. Muchas de las preguntas que hoy sostengo sobre la palabra, el territorio y los sentidos nacen precisamente de escuchar esas voces diversas.

Tal vez por eso sigo creyendo que la literatura es una de las formas más profundas de atención. Una manera de contemplar el mundo, interpretarlo y devolverlo transformado a través de la palabra. Allí, en ese gesto aparentemente sencillo de escuchar y nombrar, continúa expandiéndose la literatura.

En conclusión, la palabra en expansión no es la literatura abandonando el libro; es la literatura reencontrándose con su naturaleza más antigua: ser un puente entre la experiencia íntima, la memoria colectiva y el territorio que habitamos.

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