Perfil

Juan Gustavo Cobo Borda y la dulzura inenarrable de escribir

Este septiembre será recordado como un mes aciago para la literatura: ha fallecido, el pasado lunes, el poeta, ensayista, gestor cultural, diplomático y editor bogotano Juan Gustavo Cobo Borda. En vida, el hombre, tan alto como las palmeras que surcan el cielo, amó como todos, y estudió como pocos, la obra poética de Jorge Luis Borges y Octavio Paz. También fue admirador del irreverente humorista norteamericano Groucho Marx y mantuvo una cordialidad proverbial para con sus amigos y allegados.

Por: Alejandro Alzate

¿fuimos otro distinto de quien sólo existe?
«De viva voz»,  fragmento.

Juan Gustavo Cobo Borda (1948 – 2022), poeta, periodista y diplomático colombiano.
Foto: Andrés Torres, Colprensa. Tomada de: caracol.com.co

El nombre de Juan Gustavo Cobo Borda (1948-2022) es sinónimo de integración cultural en Colombia y la región. Basta mencionar, para dar cuenta de ello, Antología de la poesía hispanoamericana, libro que le publicó, en 1985, el Fondo de Cultura Económica. Asimismo, el activismo cultural del poeta quedó manifiesto con su adscripción al denominado grupo de La generación sin nombre; al cual pertenecieron, entre otros, escritores de la talla de Darío Jaramillo Agudelo, Giovanni Quessep, Juan Manuel Roca y William Ospina.

En lo atinente a su producción escrita, hay que decir que fue tan grande como él alto. Algunos de sus títulos más laureados, como justicieramente lo rememoró El Tiempo, son: La alegría de leer (1976), Salón de té (1979), La tradición de la pobreza (1980), Casa de citas (1981), Ofrenda en el altar del bolero (1981), Roncando al sol como una foca en las Galápagos (1982), La otra literatura latinoamericana (1982), Letras de esta América (1986), Álvaro Mutis (1989), Dibujos hechos al azar de lugares que cruzaron mis ojos (1991), Germán Arciniegas (1992). El coloquio americano (1994), Para llegar a García Márquez (1997) y Borges enamorado (1999).

Como bien puede colegirse, la lista es no solo extensa sino disímil. Va del ensayo a la poesía; géneros cuyos registros escriturales le significaron al escritor, además de fascinación, sus más grandes esfuerzos intelectuales a la hora de escribir su obra. El ensayo y la poesía constituyeron pasiones a las cuales se consagró con verdadero ahínco. Con juicio y rigor marcial. Sea esta la oportunidad para revisitar una de sus obras fundamentales, Historia de la poesía colombiana -siglo XX-, y conocerlo a través de ella.

Visto en perspectiva, este texto anuncia una visión personal -portátil como él la denominó- de la poesía nacional. Hay en él una selección que permite entrever no solo los gustos del ensayista, sino un juicioso y meticuloso estudio de épocas y tendencias estilísticas.

“Aquí están”, dice el bogotano, “los poetas que algo me revelaron en el momento de leerlos. Los que me abrieron los ojos en el asombro de versos que quedaban resonando”. Este texto resulta clave si lo que se pretende es conocer a Cobo Borda; pero no conocerlo como creador, como fabulador, sino como un intelectual regido por un pensamiento crítico complejo, mordaz, alejado de los facilismos y las connivencias simplonas del amiguismo.

En relación con lo anterior, el libro señala: “Ningún país ha producido, no en ciento treinta años sino en toda su historia, cien poetas de primer orden. Esta carencia de criterio es la que prevalece en nuestras antologías. Allí no se encuentran los mejores poemas; están, en cambio, todos los que en un momento dado escribieron poesía. Los buenos poemas se pierden, sofocados entre la maleza. Y como son ellos la piedra de toque para discernir la calidad de los menores y la insignificancia del resto, el criterio empieza a ser decididamente oratorio o  vagamente sociológico, un buen poema es aquel que se recita con frecuencia. También asoman por allí los fervorosos nacionalistas; ignorantes, obvio, de lo que el crítico mexicano Jorge Cuesta dijo en 1932: «El nacionalismo equivale a la actitud de quien no se interesa sino con lo que tiene que ver inmediatamente con su persona; es el colmo de la fatuidad”.

Heredero de la tradición intelectual de Borges, Cobo Borda descreyó también de los poetas inclinados o ceñidos al nacionalismo; descreyó de aquellos que agotaron la poesía al asumirla como el último y más forzado recurso para convalidar una filiación político-territorial. Para él, la poesía fue una expresión de lo sublime que, sin prescindir de lo complejo, no debía expresar, por baladíes, los intereses particulares. En la medida en que la versificación sirviera como denominador común de algo más grande que la dimensión del yo, cualquiera que fuese el matiz, el verdadero espíritu poético afloraría en lo más auténtico de su dimensión expresiva y trascendental. Reivindicativa si se quiere.

Cabe precisar, no obstante, que el afilado juicio crítico de Cobo Borda no riñó nunca con su interés por ser un infatigable promotor de antologías y colecciones. La literatura para él fue plural. Masiva. Un derecho de los pueblos. Así lo ratifica por estos días infaustos uno de sus grandes amigos: el también poeta Federico Díaz Granados. De acuerdo con él: “Donde [Gustavo] llegaba, al cargo que llegara, se inventaba alguna colección literaria que permitiera apostar por jóvenes autores. En el caso de la Colección de Autores Nacionales, de Colcultura, hizo dos tomos en los que publicó a muchísimos escritores que estaban muy jóvenes a finales de los sesenta o comienzos de los setenta, y que vinieron a trazar ese canon nacional ya después de los años ochenta y noventa, como fue el caso de Darío Ruiz, Óscar Collazos y María Mercedes Carranza, entre otros”.

Para él, la poesía fue una expresión de lo sublime que, sin prescindir de lo complejo, no debía expresar, por baladíes, los intereses particulares. En la medida en que la versificación sirviera como denominador común de algo más grande que la dimensión del yo, cualquiera que fuese el matiz, el verdadero espíritu poético afloraría en lo más auténtico de su dimensión expresiva y trascendental. Reivindicativa si se quiere.

Interesante y aleccionador, cómo no, resulta el hecho de que la estimulación cultural no haga guiño fácil, no acolite a todo aquel que se pretenda escritor, es decir -y esto hay que entenderlo sin apasionamientos-, la calidad de lo que se aspira a publicar no debe estar sometida a los azares de lo extra literario. Al espaldarazo fácil. Al menos así lo entendió nuestro autor, quien, dicho sea de paso, amenizó las tardes de su juventud con los libros de Juan Gelman, Ledo Ivo, Homero Aridjis, Marco Antonio Montes de Oca y Rosario Castellanos.

Será, tal vez, por reflexiones como esta, que Cobo Borda sentenció, en su ensayo Tradición de la pobreza, aquellas palabras duras pero certeras como hachazos: “La lectura de la poesía colombiana, aunque solo sea la de un siglo, resulta incómoda. Es una poesía poco importante. No es que no haya algunos buenos poetas y, lo que es quizás más importante, algunos buenos poemas.  Es que la sensación general es de profunda e inalterable intrascendencia. Como el país, también la poesía colombiana resulta pobre. Pobre en recursos. Pobre en imaginación”.

Las palabras proferidas pueden causar escozor, quizás, porque desmontan, entre otras cosas, la noción de que Colombia es – y ha sido- un país de poetas insignes, diestros y sublimes; favorecidos con la bendición tropical de las musas que generaron, porque sí, una tradición sólida y carente de fracturas históricas y estéticas. En torno a este tema, sobre el que lúcidamente reflexionó antaño Rafael Gutiérrez Girardot, parece existir un consenso cada vez más creciente y riguroso. Es a raíz de él, tal vez, que Juan Gustavo Cobo Borda plantea lo siguiente: “Valencia, Gómez, Restrepo, Víctor M. Londoño, Luis María Mora y Pacho Valencia ambicionaban ser paganos. La ambición, por supuesto, era lícita; el resultado final, espurio. Con excepciones como el soneto de José Eusebio Caro, «Héctor», la faz de polvo llena, / en brazos de la muerte adormecido/ yace olvidado en la sangrienta arena», el resto resulta papier maché y no asoman, por ningún lado, los frisos seculares. Mora dirá: «Como el romano adusto/ Herede yo también salero augusto» («terra mater») con lo cual seguramente pretendía fusionar el Lacio y Andalucía, y Gómez Restrepo, «Leyendo a Homero», interrumpirá el paso veloz del «grave carro del invicto Aquiles» con este final, ciertamente conmovedor en el ámbito hogareño, pero del todo disonante dentro del clima que evoca el poema: «Ven asomar mis fascinados ojos, / llena de amor, tu cabecita rubia». Ni siquiera León de Greiff escapa al contagio y pide a Palas Atenea que se le muestre desnuda y «preste euritmia a mi rapsodia ruda». Se argüirá que Colombia forma parte de la tradición occidental y que Grecia y Roma siguen siendo motivos válidos. Pero no es esta, precisamente, la forma de invocar a las musas. Quizás el único que parece recobrar algo de ese mundo sea Maya. Hay en él un uso convincente de dichas imágenes; y una dicción donde la melodía reniega del cascabeleo y purifica toda esa parafernalia con un tono a la vez grave e indiferente. A él no le interesa llorarlas o apostrofarlas. Sabe que están aquí y con eso le basta”.

Esa es la magia de los buenos autores, de los buenos gestores de la cultura. La tarea que les ha asignado el destino no es otra que la de suscitar el debate, la de remover los cimientos de las tradiciones anquilosadas.

Confieso que leo y releo esta cita y, lejos de encontrar la soberbia fantoche de un diletante, hallo el criterio severo, pero documentado y contundente, de alguien que consagró su vida al estudio de la literatura. Al entendimiento de la vida a través de los libros. Quisiera que en la página siguiente cesaran los latigazos, pero no. Esto no sucede. Lejos de ello, Juan Gustavo Cobo Borda, tan alto como Cortázar, recarga su fusil y dispara nuevamente. En esta parrafada señala que “un siglo es poco, y las visitas de la musa, fugaces, pero quizás resulta posible descubrir en los textos, no en las anécdotas, las pocas ocasiones en que dentro de la poesía colombiana se oye esa voz inconfundible: la de la auténtica poesía. Revelemos de antemano el secreto: son muy pocas”.

Menudo lío se plantea a partir del contenido de este ensayo. Sin duda, una tremenda sacudida remueve los cimientos de nuestra historia poética. No advierto en las muchas páginas que dan cuerpo al texto más que la opinión erudita de quien escribe; lo cual, desde luego, admite todos los debates y réplicas posibles. Eso es, quizás, lo más interesante de lo que se plantea: poder contra argumentar si Guillermo Valencia, José Asunción Silva, José Eusebio Caro o José Hilario López, entre muchos otros, tienen bien merecidos todos los méritos y quilates que los instalan en lo más alto de nuestra historiografía poética. En lo más encumbrado de nuestra lírica. Queda, pues, servida la mesa para que propios y extraños, intelectuales, escritores consagrados y aficionados a la escritura, como yo, opinen, hablen, acepten o imprequen. Esa es la magia de los buenos autores, de los buenos gestores de la cultura. La tarea que les ha asignado el destino no es otra que la de suscitar el debate, la de remover los cimientos de las tradiciones anquilosadas. Nuestra tarea, en estas líneas, es mostrar otro ángulo: uno que proponga una mirada no frívola de alguien que, como Cobo Borda, nunca lo fue. Leerlo, darse la oportunidad de conocer su pensamiento a través de lo mucho que dejó escrito, es el mejor tributo que se le puede rendir ahora y siempre. ¡Buen viaje, maestro!

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