Entrevista

Coloquio Viernes de Letras: rastros y rostros de la nueva crítica literaria colombiana

En el marco del Coloquio Viernes de Letras: las regiones y sus voces, actividad académica llevada a cabo por la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle, La Palabra ha dialogado con algunas de las nuevas voces críticas de nuestra ciudad y región. En ese orden de ideas, este segundo acercamiento, con el profesor Alexander Amézquita Pizo, pone en evidencia no solo el relevo generacional, sino las lecturas que en torno a la crónica latinoamericana existen hoy a raíz de sus posibilidades informativas y artísticas.

Por: Alejandro Alzate

Alexander Amézquita Pizo en el Coloquio Viernes de Letras, Univalle. Foto: Centro Virtual Isaacs.
Alexander Amézquita Pizo en el Coloquio Viernes de Letras, Univalle. Foto: Centro Virtual Isaacs.

Alejandro Alzate (AA): Una de las frases que más llama la atención en tu intervención es que “la crónica debe ser mejor que la realidad”. ¿Podrías explicar ese concepto?

Alexander Amézquita Pizo (AAP): Esta es una idea que surge de Jorge Carrión. Y significa que la crónica debe darle orden, sentido y tranquilidad a una realidad que es caótica. Cuando se dice que debe “ser mejor”, se refiere a que debe producir comprensión, hacer que el lector pueda sentir o vivir una experiencia sin haber estado allí. De esta manera, el lector puede tener una comprensión clara de ese caos. Es el cronista quien actúa como observador e intérprete de la realidad. Utiliza sus habilidades para construir una estructura narrativa. Esta estructura se basa en detalles, datos e interpretaciones. También incluye decisiones estéticas y éticas. De esta manera, organiza este caos. Un ejemplo para comprender esta idea está en el inicio de la crónica de “Hanner la Gata”, donde el cronista organiza la realidad con la escena inicial en la que Hanner termina su concierto en Univalle; después, a través de recursos narrativos como el detalle corporal, la voz directa del personaje y el uso del espacio urbano como práctica, hace legible una vida que transcurre en una zona invisible para la ciudad. Ahora bien, esto no quiere decir que como cronistas debamos mentir o embellecer una realidad, la idea es que sepamos seleccionar, ordenar, identificar detalles que connoten, que den algo más de lo que nuestros sentidos logran captar.

AA: En las crónicas que abordaste para tu participación en el Coloquio subyace una dimensión muy ligada a lo espectacular-cinematográfico. Apariencia, acción y discurso se mezclan sin conflicto teórico. Desde esta perspectiva, ¿cómo puede definirse la crónica en tanto género noticioso, pero también literario?

AAP: Comienzo afirmando que la crónica es ante todo periodismo. Y lo es porque parte de hechos, cuerpos, voces, espacios y experiencias que son innegablemente verificables. Aquello que no existió o que no se confirme que haya acontecido, es ficción. Sin embargo, la crónica cuenta con un aspecto claramente literario, ya que organiza la información, los datos, los números, las fechas y todo lo que haya encontrado y observado, mediante procedimientos narrativos como la escena, el personaje construido desde la apariencia y el gesto, el diálogo que revela carácter o el montaje temporal. La crónica ha vivido en este límite incómodo, y creo que esa incomodidad es su mejor virtud.

La crónica también se construye con procedimientos cinematográficos. Esto es posible porque la crónica se piensa desde lo visual. Es así como en “Loka Flores” lo cinematográfico está presente como un principio de construcción narrativa visible en tres niveles: el montaje, el encuadre y la puesta en escena. Por ejemplo, el encuadre y la puesta en escena están dados por la manera como elcronista describe planos como si manejara una cámara: “Arriba, en el camión, en el centro de un montón de carne apretujada, todo era una masa de gente, gente deforme de tanto apretón, arrejuntados, arrinconados. Una vez en la Estación 100 de policía, en plena Avenida Caracas con calle Sexta, fueron bañados con violentos chorros de agua”. Aquí, la crónica alterna primeros planos con planos generales. Incluso hay un momento en que el cronista se vuelve explícitamente esa cámara que encuadra, se acerca y registra el detalle: “Loka. Me mira. Se acerca a la cámara y le escupe una bocanada de humo que se pierde en el escenario”. Esa cámara es el cronista y, a la vez, es el lector, quienes juntos confirman que lo que se está construyendo no es solo texto, sino imagen en movimiento.

Es así como podría afirmar que la crónica es periodismo verificado que está contado con procedimientos provenientes de la literatura y el cine, produciendo un efecto sensorial que pone al lector como testigo de hechos ya ocurridos.

Espacios como el Coloquio Viernes de Letras son importantes porque crean las condiciones para que surja la conversación, el encuentro. La crítica literaria no sucede solo en los libros o revistas especializadas, existe en los intercambios, en las inquietudes que genera, en las conexiones entre personas que comparten intereses, cuando descubrimos que han abordado un texto que conocemos de otra manera. El Coloquio genera esa  red, ese tejido de saberes e intereses.

AA: Parte de las posibilidades expresivas de la crónica pasan por explicar los territorios y sus dinámicas. ¿Cómo se cuenta Cali a partir de lo que plantean los textos que observaste? ¿Se reivindica el relato hegemónico o, por el contrario, se busca consolidar una mirada disidente?

AAP: Para comenzar, la Cali que se narra en estas dos crónicas: “Hanner la Gata: canción callejera y canalla”, que retrata a una rapera trans del Distrito de Aguablanca, y “Loka, para qué flores si eres un jardín”, que cuenta la historia de vida de un transformista que realiza su show en una discoteca del barrio San Nicolás; es una Cali periférica, lejana del centro hegemónico del discurso. En ella vemos una ciudad desde sus fronteras sociales, barriales y de movilidad, que ayudan a darle visibilidad a sus personajes. Podría afirmar que, en estas crónicas, la ciudad se vive como una experiencia disidente, porque cambia el lugar desde donde se mira. Es decir, el mapa se transforma en recorrido, deseo, violencia, reconocimiento o discriminación. Es así como muestran que estos lugares y personas también hacen parte de lo que es Cali, que esos cuerpos y sus voces también producen ciudad. Y lo que representan se suma a la imagen oficial que ya tenemos de nuestra ciudad: salsa, sabor y amabilidad. En otras palabras, proponen que Cali sea dos ciudades al mismo tiempo: la postal y el territorio donde esa postal no llega.

AA: La cultura popular es muy poderosa en América Latina. Los ídolos del cine y la canción siempre han fungido como guías comunitarios. ¿Cómo se relaciona la crónica con lo popular, qué elementos toma de ahí y por qué?

AAP: Lo primero que pienso cuando pienso en “lo popular” o “la cultura popular” es en aquello que nos ayuda a construir identidad en nuestra cotidianidad. Para mí, en esa cultura popular conviven consumos provenientes de la música, el cine, la televisión, la radio, el grafiti, en fin. Por eso, Almodóvar, “El Paseo” y Cantinflas son cultura popular. De la misma manera que lo son Gabriel García Márquez, el tango, la telenovela y Roberto Arlt. Y el cronista lo sabe. Sabe que la cultura popular es un archivo emocional. Por ello, cuando Loka Flores canta “Se dice de mí”, de Tita Merello, usa esa canción que fue escrita para hablar de la burla sobre el cuerpo femenino y la convierte en un dispositivo narrativo que comparte con su público. Esto también sucede cuando interpreta a Rocío Dúrcal o Isabel Pantoja, usa una memoria colectiva para producir el personaje. Es así como el cronista obtiene de la cultura popular sus gestos, frases, tonos, poses y emociones que luego transforma en material narrativo. Es decir, en este caso, la crónica toma de la canción popular su habilidad de ser concreta, rítmica y reconocible; para conquistar al oyente. La crónica toma esto para escribir sus historias, trabajando con lo concreto, ya que muestra solo lo que es útil; con el ritmo en la prosa, buscando cadencia en sus palabras; y con lo reconocible para generar conexión, reconocimiento. Finalmente, la cultura popular latinoamericana está cargada de cuerpo, territorio, pérdidas, lágrimas, risas, deseos, sueños que la literatura oficial algunas veces evita o desconoce. Y la crónica urbana se alimenta de lo que se vive en los márgenes, en los límites y periferias, allí está el archivo sentimental de nuestra América Latina.

AA: Finalmente, y en términos de la renovación de la crítica literaria colombiana, ¿por qué son importantes espacios académicos como el Coloquio Viernes de Letras?

AAP: Espacios como el Coloquio Viernes de Letras son importantes porque crean las condiciones para que surja la conversación, el encuentro. La crítica literaria no sucede solo en los libros o revistas especializadas, existe en los intercambios, en las inquietudes que genera, en las conexiones entre personas que comparten intereses, cuando descubrimos que han abordado un texto que conocemos de otra manera. El Coloquio genera esa  red, ese tejido de saberes e intereses.

Además, este Coloquio en particular, Viernes de Letras, hace énfasis en las regiones y sus voces, descentraliza la mirada de los centros tradicionales de producción crítica, como Bogotá, Buenos Aires, Ciudad de México o Madrid. De esta manera, instala en Cali una voz, la de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle, que muestra que hay formas de leer que son propias de este territorio. Eso importa porque permite a la crítica literaria colombiana abordar otros temas, como la crónica. Para que eso sea legible como objeto de estudio literario serio, se necesitan espacios que lo legitimen. Y este Coloquio es uno de esos espacios.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba