Perfil

In memorian: Pedro Claver Téllez. Perfil de un cronista por antonomasia

Jaime Galarza Sanclemente, exrector de la Universidad del Valle y amigo cercano del fallecido escritor, lo rememora como un periodista dueño de una prosa puntual y sin adornos. De acuerdo con el exdirectivo y académico, la vida del comunicador estuvo marcada por la precariedad económica y la búsqueda de un editor que publicara sus novelas. Mención aparte merece el carácter demócrata, liberal y progresista del nacido en Jesús María (Santander), quien, en 1987, escribiera Crónicas de la vida bandolera, uno de los títulos más insignes dentro de la bibliografía de la Violencia en Colombia.

Por: Alejandro Alzate

Pedro Claver Téllez (1941 – 2022), cronista colombiano.
Foto: Tomada de lasdosorillas.com

I. Pedro Claver: cronista entre cronistas

En nuestro país, la crónica periodística ha dado buenos frutos. Son prueba de ello los trabajos de Alberto Salcedo Ramos, Germán Castro Caycedo, José Joaquín Jiménez, Felipe González Toledo, Orlando Villanueva e Ismael Enrique Arenas, entre otros. De acuerdo con Juliana Saldaña Díaz, la crónica “es un discurso que se encargó de amplificar las voces de aquellos que no figuraban en las páginas centrales de los diarios, dejando lo individual para convertirse en memoria colectiva”.

Entender esto último resulta fundamental si se pretende hablar de alguien como Pedro Claver Téllez; esto en la medida en que para él la reconstrucción de los hechos más importantes de la Violencia partidista constituyó un deber; un deber periodístico mediante el cual procuró hacer justicia con personajes que, en muchos casos, fueron mancillados y clasificados por la historia oficial como bandidos crueles y sin ideales políticos definidos y justicieros.

Para el comunicador, nacido en 1941,  en pleno estallido de la Segunda Guerra Mundial, nuestro conflicto interno, nuestro bandolerismo y  nuestra capacidad para emitir juicios ligeros y fáciles, significó la posibilidad de ir a lo colectivo para establecer, sin tendenciosos acercamientos al poder, las causas más importantes de nuestra tragedia política nacional. Pedro Claver, quien fuera liberal y lopista, para más señas, fue un abanderado de las investigaciones en profundidad, de las visitas a los juzgados y la reportería infatigable. Papeles, folios, apuntes aquí y allá, tinterillos y tintos hicieron parte de su cotidianidad durante más de cuatro décadas.

Cuenta Jaime Galarza, a la sazón abogado, escritor, docente e investigador, que el autor de La guerra verde: treinta años de conflicto entre los esmeralderos, “era un investigador nato, alguien que a punta de rastrear periódicos y expedientes judiciales se documentaba sobre la vida de los personajes que quería dar a conocer”. En esto coinciden quienes por una u otra razón se toparon con él en algún cafetín o en los cubículos para investigadores que habilitaban la Biblioteca Nacional o la Luis Ángel Arango. Quienes lo conocieron describen su excelente olfato periodístico y su capacidad para extraer los hechos más relevantes de un caso, suceso o personaje. Quienes no lo conocimos, pero tuvimos la suerte de leerlo, destacamos la prosa ágil, escueta pero efectiva, de quien no pretendía construir rudimentos técnicos para la posteridad, sino develar el alma misma de los conflictos y problemas en torno a la Violencia; problemática que sigue siendo, como lo reseñó hace poco el antioqueño Gilmer Mesa, “el flagelo nuestro de cada día”.

Foto: dossierdehistoria.wordpress.com

II. Pedro Claver: un violentólogo profesional

Desde niño, este singular cronista tuvo predilección por la literatura. Fue su padre, un campesino liberal, quien le inculcó el hábito de la lectura. Cuentan que en casa de los Claver Téllez era común ver libros de Hemingway y Mark Twain; también textos como
El Quijote y la Biblia. Al tiempo que atendía los menesteres del campo, el progenitor del entonces niño leía con verdadera pasión. Esta influencia, contaría el cronista en sus años mozos, fue fundamental para que se consolidara su afición por la palabra, por las historias, por la Historia y la investigación.

Cabe destacar que su predilección  por la crónica de la Violencia no se derivó ni de una rareza editorial ni de un capricho del destino. Claver Téllez vivió en carne propia el rigor de la violencia política en Colombia; situación que lo convirtió, junto con su familia, en un desplazado que tuvo que dejar su tierra natal para trasladarse a Bogotá. Una vez  instalado en la capital, el joven inició un largo peregrinar que lo puso en relación con importantes figuras del periodismo y la literatura nacional. El poeta León de Greiff, bien sabido es, fue uno de sus primeros mentores y modelos a seguir. Fueron muchas las ocasiones en que el cronista rememoró con verdadera fruición el impacto que tuvo en él conocer la biblioteca del por entonces afamado bardo. Este hecho fue trascendental porque lo puso de frente a un mundo cultural desconocido, diverso en autores y rico en tradiciones; no sólo escriturales sino artísticas, conceptuales y teóricas.

Pedro Claver, quien fuera liberal y lopista, para más señas, fue un abanderado de las investigaciones en profundidad, de las visitas a los juzgados y la reportería infatigable. Papeles, folios, apuntes aquí y allá, tinterillos y tintos hicieron parte de su cotidianidad durante más de cuatro décadas.

Un punto de inflexión ocurrió para él cuando, tras ganar un concurso de crónica en la ciudad de Cali, se marchó a México. En el país azteca se acercó la literatura italiana que iba y venía sobre el tema de la violencia; allá conoció las historias de la mafia y pensó, entonces, que eran apenas circunstanciales las diferencias entre los gánsteres romanos y nuestros bandidos criollos. Dinero, poder, esmeraldas, armas y ambiciones sin límite fueron sustantivos que se grabaron a fuego en su mente.

Sería El mito de siete colores: seis relatos en torno al bandolero Efraín González, uno de los títulos que mejor diera cuenta de la habilidad de Pedro Claver para reconstruir historias. En este texto, cuya escritura tiene las licencias propias de la ficción, se cuenta la vida y “obra” de quien fuera uno de los más temibles asesinos al servicio de diferentes facciones políticas como el laureanismo o el ospinismo. Resulta interesante el hecho de presentar al personaje como parte de una violencia que, tras su degradación, se desligó de jerarquías, líderes y caudillos para ejercerse a nombre propio. 

Foto: profitecnicas.com

En claro queda cómo la violencia por la violencia se constituyó en un rito, en una manera de obtener lucro y ascender en la pirámide de poder de una política corrompida. A lo largo de las páginas del libro se percibe el confuso rumbo de un país como Colombia, que se debatía entre la indiferencia y la mezquindad de una dirigencia errática. El odio a los conservadores y todo lo relacionado con ellos permite adentrarse en el devenir de una patria para la cual reconocer y aceptar la diferencia fue prácticamente un imposible.

 La prosa de Claver Téllez, más allá de volver a la vida al ya mítico bandolero, hace una radiografía de país en la cual las imágenes que se captan son lúgubres y sórdidas al tiempo que certeras. Para el oriundo de Jesús María, llamado despectivamente por un sector de la intelectualidad capitalina como el cronista de los bajos fondos, la Violencia fue una parte de nuestra historia que merece ser revisitada para cimentar, desde el drama que implicó, nuestros pasos tranquilos hacia el futuro, hacia la paz total…

Queda, para comprender el pensamiento y la labor de este singular cronista, una extensa bibliografía en la que se destacan obras como Crónicas de la vida bandolera, La guerra verde: treinta años de conflicto entre los esmeralderos, Biografía del disparate, Punto de quiebre: el asesinato que marcó el comienzo de las FARC, Efraín González: la dramática vida de un asesino asesinado, La hora de los traidores, el Bandido jubilado; la Pola, espía patriota y Rebelde hasta morir: vida, pasiones y fugas del teniente Alberto Cendales Campuzano.

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