Catalina Castro Blanchet: “Escribir para mi padre no era un acto de vanidad ni de reconocimiento, era una necesidad profunda”
Catalina Castro Blanchet, hija del reconocido cronista, ha publicado el libro Mi padre, Germán Castro Caycedo con la editorial Planeta. La Palabra ha dialogado con ella para conocer el texto y las motivaciones que la llevaron a realizarlo. Quedan en estas páginas los testimonios de una época, de una forma de entender el periodismo, de un padre consagrado y amoroso, y de una hija que le rinde un sentido y muy justo tributo. También, cómo no, queda una radiografía de país y una reflexión en torno al para qué de la escritura.
Por: Alejandro Alzate

Foto: Catalina Castro Blanchet. Tomada de eltiempo.com.
Alejandro Alzate (AA): Germán Castro Caycedo fue un defensor de la independencia que debe tener el periodista frente al poder, cualquiera que sea su forma o procedencia. En ese sentido, ¿cómo asumió él, y ustedes, su familia, esa convicción por la que tantos periodistas han perdido la vida en Colombia?
Catalina Castro Blanchet (CCB): Esta convicción estaba realmente arraigada en su manera de ejercer el oficio, pero no como una postura, sino de la misma manera en que condujo su vida en todos los círculos: los profesionales, los emocionales, los familiares, las amistades. A Germán nunca lo obnubiló el poder, y contra viento y marea defendió sus ideales y su forma de ejercer el periodismo, así como la libertad de expresión y el pensamiento crítico. Es por esto que he decidido que parte de las regalías de este libro serán donadas a la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP).
Siempre dijo que su mejor chaleco antibalas era abordar los temas desde todas las aristas, dándole la palabra a todos los actores de un mismo hecho. Mi padre nunca debió rectificar absolutamente nada, ni en sus crónicas ni en sus programas de televisión y de radio ni en sus libros. Todos los datos eran comprobados y, repito, desde todos los ángulos. Por ello pienso que todos los bandos lo respetaron. Eso nos tranquilizaba a nosotras también como familia, pues fue siempre enfático en que era la mejor defensa en un país en guerra.
AA: Mi padre, Germán Castro Caycedo permite conocer la historia de un hombre sensible y comprometido con lo que hacía; con la palabra. En su sentido más profundo, ¿qué significaba escribir para él?
CCB: Para German Castro Caycedo, como lo parafraseo en el libro, “el mayor sentimiento de libertad no es poder recorrer parte del mundo ni intentar vivirlo intensamente cada vez que me asomo a culturas diferentes a la mía, sino tener la oportunidad de describirlo”. Escribir para mi padre no era un acto de vanidad ni de reconocimiento, era una necesidad profunda, un deber de informar y de sacar a la luz la Colombia oculta, pero también poner el dedo en cosas que no funcionaban. Para él, si el pueblo colombiano se informaba, podía hacerse un criterio propio de los problemas del país, más allá de unas ideas fijas que mueven a las masas, más allá de las tendencias, de los credos preconcebidos. Solo se puede criticar, o incluso opinar, con conocimiento de los hechos. Informar, sin dar sus puntos de vista, pero exponiendo los problemas, como lo dije anteriormente, desde todas sus caras, era una actitud lógica. Creía fervientemente que la objetividad no existe mientras haya seres humanos de por medio; por eso la precisión y el equilibrio fueron sus grandes banderas. En informar y conocer, decía, estaban las soluciones a gran parte de los problemas del país.
A Germán nunca lo obnubiló el poder, y contra viento y marea defendió sus ideales y su forma de ejercer el periodismo, así como la libertad de expresión y el pensamiento crítico.
AA: En el texto se alude el carácter autodidacta de su padre. ¿Cómo fue ese proceso de autoformación? ¿De qué autores o escuelas se alimentó?
CCB: Mi padre encontró muy joven su vocación, a los 16 años. No pisó una facultad de periodismo. Forjó su formación leyendo a los grandes cronistas en El Tiempo y El Espectador. Sus maestros fueron German Pinzón, Marco Tulio Rodríguez y los hermanos De Castro. Lo marcó, igualmente, una crónica de 1910 que se llama “10 de febrero”, que se presume fue escrita por el presidente Rafael Reyes cuando huyó de Colombia tras un atentado contra él y su hija. Pero además entendió, ya en el campo, que debía pensar antropológicamente nuestro país, compuesto, decía, por nuevas naciones culturales diferentes. Esto lo creyó después de haber cometido un error garrafal en una crónica sobre el trabajo de Llano que narro en el libro. Entonces cursó dos semestres de antropología en la Universidad Nacional, y se acercó y se apoyó muchísimo a lo largo de su ejercicio del periodismo en antropólogos como Jaime Arocha, Nina Friedemann, Martín Von Hildebrand y Ernesto Guhl… No siguió lo académico, pues necesitaba “contarle al común de la gente de manera sencilla todo lo que este país ofrece, lo bueno y lo malo”.
Luego leyó muchísimo a los cronistas de Indias, y también leía con pasión a Oscar Lewis, Darcy Ribeiro, Claude Lévi-Strauss, Charles Darwin y Carlos Castañeda, pero fue en el terreno, durante casi seis décadas, que perfeccionó su propia metodología.
AA: El libro consta de 52 capítulos, todos hilados por la reminiscencia familiar y el quehacer del periodista. ¿Quedó algo por fuera, algo pendiente por decirse?
CCB: Creo que el libro quedó muy completo, es un viaje por su vida, por su trabajo, por su método, por sus principios arraigados, también por la relación de un padre y una hija, una relación sui generis, basada en muchas maneras diferentes de comunicación. Es un viaje por el duelo de esa hija. Para no sacrificar mucho de su trabajo, insertamos los QR que hoy configuran un archivo importante de su obra y de su manera de pensar y de ejercer. No creo que haya quedado nada por fuera. Claro, muchos artículos no están, y se podría profundizar mucho en el método, pero la esencia quedó plasmada en su totalidad.
AA: Uno de los grandes temas que aborda el texto es el de la violencia. Llama la atención la forma tan humana en que la entendió y, a su manera, la combatió. ¿Tuvo Germán Castro Caycedo alguna idea, formula o metodología posible para alcanzar la paz en Colombia?
CCB: Esa parte del libro fue muy difícil para mí. Por un lado, me acercaba a narrar sus últimos respiros, y por otro, me faltaba demasiado contexto. Para entender el trabajo de mi padre, en lo atinente al conflicto armado, fue necesario, primero, entender dicho conflicto de la mano de actores y analistas como Darío Villamizar, Camilo González y Otty Patino. Debí leer mucho, entre otros documentos, el Informe de la Comisión de la Verdad y los del Centro de Memoria Histórica. Explicar el trabajo de mi padre me obligó a revisar los momentos claves de nuestra historia reciente. Mi papá, estoy convencida, fue un actor de paz en medio del conflicto, desde lo suyo, claro. Buscó la manera de acercarse a la paz por medio de entrevistas, de explicar todas las aristas, desde todos los actores. Su profundo amor por este país, que le corría por las venas, lo llevó a ponerse en riesgo. En 2016, incluso, repartió volantes en la calle para convencer a este pueblo nuestro de votar por el sí en el Plebiscito. La paz fue uno de sus sueños, uno de tantos que no vio. En el libro narro, por ejemplo, cómo se entrevistó con el M-19 durante el secuestro de Álvaro Gómez Hurtado para buscar no solo su liberación, sino un camino hacia los diálogos de paz. Otty Patiño afirma que, gracias a la manera como mi papá condujo y publicó esa entrevista, el M-19 pudo presentarse bajo un mensaje de diálogo y no de amenaza. Él creyó fervientemente en que la vía hacia la paz la constituían el diálogo y la tolerancia. Esta última, pensaba, evitaba caer en pasiones.
Mi papá, estoy convencida, fue un actor de paz en medio del conflicto, desde lo suyo, claro. Buscó la manera de acercarse a la paz por medio de entrevistas, de explicar todas las aristas, desde todos los actores.
AA: El libro da cuenta de la complejidad política nacional. Narcotraficantes, insurgencia, autodefensas y ejército se mezclan en un escenario repleto de tensión e intereses oscuros. ¿Cómo veía, qué pensaba su padre del ejercicio político en Colombia, qué pensaba del Estado colombiano?
CCB: No me quiero meter en camisa de once varas, pero lo entristecía profundamente que fuéramos un pueblo doblegado, que no creyéramos en nosotros mismos, que encontráramos las soluciones o por vía de las balas de un fusil, o afuera sin mirarnos el ombligo. Creo que una frase que revela muy bien esta posición es esta que le dio a su amigo Darío Villamizar en el marco de una entrevista para su libro Jaime Bateman, biografía de un revolucionario:
“…Cómo los colombianos podíamos, en lo nuestro, ser nosotros mismos, que era una crítica fija mía cuando veía que nuestra historia la contaban los extranjeros. No, a mí me importa es lo que digan aquí́ adentro, no qué dicen los vecinos; el problema de mi casa es que esté barrida, no que barramos la acera para los vecinos, a mí me importa que mi casa esté limpia, que yo sea quien determine cuándo se limpia y que yo sea quien la limpie”.
AA: Sé que no es este el texto del que debemos hablar, pero Colombia amarga fue, en cierta medida, un libro premonitorio, dueño de tremendos vaticinios. ¿Era optimista su padre en relación con el futuro y progreso de Colombia?
CCB: Como usted, pensé siempre que Colombia amarga fue, no solo premonitorio, sino el reflejo de un país sin memoria, en el cual, como en un círculo, caemos constantemente en los mismos errores. Sin embrago, escribiendo el libro, me di cuenta de que cada uno, y digo bien y con firmeza, cada uno de los temas que abordó en 56 años de ejercicio periodístico, fue revelador de realidades que hoy no han cambiado. Se fue con el sueño de ver otra Colombia, una que anheló y por la cual se desvivió y mostró disfuncionalidades; siempre pensando en aportar al cambio. Cuando mi madre le preguntó por el estado del país, contestó simplemente: “Si volviera a escribir Colombia amarga hoy, lo titularía Colombia más amarga”.

AA: A usted, como realizadora, ¿qué satisfacción le ha dejado escribir y publicar este texto?
CCB: Me deja la satisfacción de una promesa cumplida, una que le hice a mi padre en su lecho de muerte. La satisfacción de recorrer su vida, su forma casi heroica de ejercer, pero también de afirmar la gran fortuna de haber tenido un padre excepcional, en lo profesional, pero sobre todo, uno con quien tuve una relación profunda, y que, junto con mi madre, construyeron la esencia de quien soy hoy. El periodismo lo ejercieron también en mi educación desde niña, inculcándome el pensamiento crítico y regalándome el mayor tesoro: el libre albedrio. Hoy me queda la satisfacción de haber sorteado muchas contiendas hasta llegar a la publicación. Lo veo por un huequito allá arriba, con lágrimas en los ojos, aplaudiendo como lo hizo siempre con mis pequeños logros, el mérito de una tarea cumplida.
AA: Por último, y en su opinión, ¿qué deben atesorar del legado de su padre los periodistas de hoy?
CCB: Muchas cosas: su método, su independencia, su conocimiento del país gracias a ir siempre al lugar donde sucedían los hechos, su equilibrio, la precisión, el mostrar siempre las dos caras de una moneda, el darle la palabra no solo a personajes importantes, de todos los espectros y esferas, sino también a esa Colombia profunda que amó y reveló. La vocación por informar, contra viento y marea. El legado de mi padre, lo cual es un sueño para mí, sería poder contribuir a la formación de las nuevas generaciones de periodistas con su método de trabajo.



