Ha muerto Cormac McCarthy, un clásico de la literatura estadounidense contemporánea
La literatura norteamericana se ha nutrido con la prosa de algunos de los más importantes escritores del mundo. Faulkner, Hemingway, Dos Passos y Steinbeck son prueba de esa pléyade de plumas memorables. No lejos de lo hecho por estos autores de culto, se destaca la obra de McCarthy, quien fuera una suerte de enfant terrible de la novelística y la dramaturgia del país del norte.
Por: Alejandro Alzate

Foto: nytimes.com
El pasado 13 de junio, a los 89 años, partió Cormac McCarthy a su cita con la eternidad. Los diarios que registraron su deceso señalaron que el oriundo de Rhode Island fue heredero de la tradición escritural de Faulkner. Asimismo, resaltaron su condición de introvertido feroz y de celoso in extremis con su vida privada. También lo tildaron de genio. Unos y otros afirmaron, con más entusiasmo que rigor, que lo suyo fue escribir valiéndose de una dura pero hermosa sordidez. Unos y otros ponderaron que la suya fue una escritura lacónica, pero altamente emotiva y efectiva.
Movido, pues, por tantos y tan variados encomios, e igualmente aguzado por un presentimiento certero, fui a mi biblioteca y encontré La Carretera. Ahí estaba aquel texto, publicado en 2006, llamándome por segunda vez. De este se ha dicho, con toda justicia, que es una de las mejores novelas del polémico McCarthy. Como era de esperarse, tras tantos años de reposo silencioso en el anaquel, la hallé empolvada y contigua a la mejor obra del también fallecido norteamericano Kurt Vonnegut: Matadero cinco o la cruzada de los niños. De esta diré, brevemente, que es una historia que me generó tanto disfrute como inquietud cuando la leí. Recuerdo, mientras escribo estas líneas, al soldado Billy Pilgrim con sus dolorosas traducciones (es decir, interpretaciones según el pensamiento sinonímico de Juan Gabriel Vásquez en su nuevo libro) de la Segunda Guerra Mundial. La visión caótica de lo que pasó mezcla historia, ciencia ficción y vivencias personales; esto último porque Vonnegut, como es bien sabido, quedó atrapado por aquella década de 1940 en el bombardeo que sobre Dresde realizó la aviación norteamericana para precipitar el fin de la guerra. Entre memoria y fantasía se construye un mundo absolutamente delirante pero necesario para pensar, para hacerse preguntas sobre los horrores que suponen las luchas fratricidas entre los pueblos.
Los diarios que registraron su deceso señalaron que el oriundo de Rhode Island fue heredero de la tradición escritural de Faulkner. Asimismo, resaltaron su condición de introvertido feroz y de celoso in extremis con su vida privada. También lo tildaron de genio. Unos y otros afirmaron, con más entusiasmo que rigor, que lo suyo fue escribir valiéndose de una dura pero hermosa sordidez. Unos y otros ponderaron que la suya fue una escritura lacónica, pero altamente emotiva y efectiva.
No obstante la cercanía de estas novelas en mi biblioteca, cierro la anotación sobre Vonnegut para comentar a continuación algunos aspectos sobre La Carretera, obra del autor que hoy nos convoca. En primer lugar, es cierto que la prosa de McCarthy es lacónica y opaca como los ambientes que se le presentan al lector:
La negrura en la que despertaba aquellas noches era ciega e impenetrable. Una negrura como para que dolieran los oídos de escuchar. Tenía que levantarse con frecuencia. Solo el sonido del viento entre los árboles pelados y ennegrecidos. Se levantó y permaneció tambaleante en aquella helada oscuridad autista con los brazos extendidos para mantener el equilibrio mientras su cerebro se esforzaba en hacer sus cálculos vestibulares. Una antigua crónica. Buscar la vertical. Ninguna caída salvo precedida por una declinación. Dio varias zancadas grandes hacia el vacío, contándolas para el regreso. Los ojos cerrados, los brazos remando. ¿Vertical respecto a qué? Algo anónimo en la noche, filón o matriz, para lo cual él y las estrellas eran satélites comunes. Como el gran péndulo en su rotonda escribiendo a lo largo del interminable día movimientos de un universo del que se puede decir que nada sabe y sin embargo algo debe de saber.
Bajo esta técnica, la narración dialoga con toda aquella literatura que no es alegre o festiva, pero que va a las profundidades de la crisis existencial, la locura y el hastío del hombre contemporáneo que se ahoga a raíz de su desazón interior. Fiel a su vida, la de un verdadero rebelde sin causa, la escritura del norteamericano es tan escueta como los diálogos de sus personajes:
– ¿Nos vamos a morir?
-Algún día. Pero no ahora.
-Y todavía vamos hacia el sur.
-Sí.
-Para no pasar frío.
-Así es.
-Vale.
– ¿Vale qué?
-Nada. Solo vale.
-Duérmete.
-Vale.
-Voy a apagar la luz. ¿De acuerdo?
-De acuerdo.
-Y luego, ya a oscuras: ¿puedo preguntarte algo?
-Naturalmente.
– ¿Qué harías si yo muriera?
-Si tú murieras yo también querría morirme.
– ¿Para poder estar conmigo?
-Sí, para poder estar contigo.
-Vale.

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Conforme la travesía de padre e hijo avanza hacia el sur; espacio geográfico que supone la redención, hay una suerte de presentación del infierno. La novela no redime a los protagonistas sin antes confrontarlos con lo hostil y lo precario. Así queda planteado desde el principio:
Cruzaron la ciudad a medio día del día siguiente. Él tenía la pistola a mano sobre la lona doblada que cubría el carrito. Llevaba el chico pegado a él. Casi toda la ciudad estaba quemada. No había señales de vida. Coches en la calle con una costra de ceniza, todo cubierto de ceniza y polvo. Rastros fósiles en el fango reseco. Un cadáver en un portal, tieso como el cuero. Haciéndole un mohín al día. Se arrimó al chico. Ten presente que las cosas que te metes en la cabeza están ahí para siempre, dijo. Quizá deberías pensar en eso. Algunas cosas las olvidas, ¿no? Sí, olvidas lo que quieres recordar y recuerdas lo que quieres olvidar.
Si en lo descrito el énfasis lo tienen las cenizas, es preciso mencionar que la novela no ahorra esfuerzos para mostrar lo contrario: el frío. Este contribuye a la configuración de aquello que el lector relaciona con lo obscuro, con lo yerto. Así, el espectro de lo contado tiene un amplio rango de ambientes, muy propios de la literatura de aventuras, que son los que en últimas perfilan la sensibilidad, o dureza, de los personajes:
Continuaron rumbo al sur durante días y semanas. Solitarios y empecinados. Una inhóspita región montañosa. Casas de aluminio. A veces veían tramos de la interestatal allá abajo entre los árboles desnudos de segunda formación. Frío y más frío cada vez. Pasado el desfiladero se detuvieron y contemplaron el gran golfo que se extendía al sur donde todo estaba quemado hasta donde les alcanzaba la vista, renegridas formas rocosas despuntando entre los bancos de ceniza y oleadas de ceniza elevándose para alejarse sobre la tierra baldía. La senda de un sol opaco moviéndose invisible más allá de las tinieblas.
El desplazamiento presentado en estos fragmentos introduce otro elemento sobre el cual se ha indagado bastante. Se trata del sacrificio del padre que busca alejar a su hijo del peligro y, subsecuentemente, de la muerte. Dado que esta intención es transversal a la totalidad de la novela, las vicisitudes se presentan en demasía. La prueba es permanente. Contrario al Comala de Rulfo, donde es el hijo quien busca en lo simbólico al padre ausente, en La Carretera es el padre quien se interpone entre su hijo y la muerte. La supervivencia del joven implica la suya propia. La muerte del vástago implicaría, de igual modo, el sucumbir del padre:
Acuclillados en la carretera comieron arroz frío y alubias frías que habían cocido días atrás. Empezando ya a fermentar. No había dónde hacer fuego sin que los vieran. Dormían acurrucados el uno contra el otro, envueltos en malolientes colchas en medio de la oscuridad y el frío. Él abrazando al chico. Tan flaco. Mi corazón, dijo, mi corazón. Pero sabía que aun siendo un buen padre, era muy posible que ella llevara razón en lo que dijo. Que el chico era lo único que había entre él y la muerte.
Finalmente, y con el objetivo de no desestimular la lectura del texto, diré de manera escueta que el cometido se logra: el chico sobrevive al trepidante viaje al sur. No obstante, y de forma magistral, el escritor introduce con mucha efusividad la muerte del padre. El paraíso, lamentablemente, no alcanza para dos. El final no es feliz, pero tampoco patético. Lejos de esta categoría, la novela muestra a plenitud la humanidad del hombre y su bondad; su entrega, su lucha y, cómo no, su inevitable carácter finito. ¡Adiós, maestro McCarthy!



