Crítica

Guillermo Valencia: el Goethe de Popayán

Antoine Compagnon[1] plantea que “la literatura responde a un proyecto de conocimiento del hombre y del mundo”. A partir de esa premisa, Guillermo Valencia construyó su propio mito en vida. De acuerdo con Rafael Gutiérrez Girardot, el maestro payanés fue un prolijo intelectual que potencializó tanto sus talentos como su prodigiosa memoria y posición social. En adición a ello, y esto es lo problemático en sí, Valencia fue engrandecido por la crítica con una indulgencia que hoy resulta desatinada e insostenible a la luz de la revisión historiográfica.

Por: Alejandro Alzate

Guillermo Valencia (1873 – 1943), poeta, político y diplomático colombiano.
Foto: zendalibros.com

Los Ensayos de literatura colombiana que escribió Rafael Gutiérrez Girardot, y que publicó Uniaula en 2018, dan cuenta de un riguroso estudio de la literatura colombiana del siglo XX. Asimismo, ponen en evidencia el concepto particular, a veces crudo y satírico, que en torno a nuestras letras tuvo el intelectual oriundo de Sogamoso. En torno a su persona diremos, a modo de exordio, que además de diplomático, filósofo, editor y escritor, fue invitado por el propio Martin Heidegger al Instituto Iberoamericano de Gotemburgo, en 1953; lugar en el que ejerció la docencia en reemplazo del argentino Jorge Luis Borges.

Dicho esto, será una pregunta la que abra el panorama que estas páginas pretenden mostrar: ¿qué plantea el ensayo Guillermo Valencia: el Goethe de Popayán? La tesis que se formula es contundente: el maestro Valencia no fue el gran poeta que sacralizó con devoción el rancio conservadurismo del Cauca. El conservadurismo y la élite cultural, juntos, al mismo tiempo, cabe precisar. Valiéndose de un trabajo previo, hecho por Rafael Maya en 1953, Gutiérrez Girardot se adhiere sin saña pero con vigor, a la idea de que el payanés fue, sobre todo, un autor que supo granjearse, con innegable habilidad social e intelectual, una fama muy superior a la calidad de su obra literaria y política.

En torno a la autogestión de su popularidad, el texto señala que “la fascinación que su personalidad ejercía era aprovechada en beneficio del acrecentamiento de su prestigio y poder” (74). En cuanto a su obra, se menciona lo siguiente: “Guillermo Valencia fue un poeta parnasiano, pese a lo que de simbolista o romántico hay en algunos de sus mejores poemas” (74). Si bien la clasificación per se no sugiere nada en torno al juicio sobre su obra, sí se alinea con lo que Eduardo Carranza, y otros jóvenes poetas, percibieron otrora como una falencia que desgastaba en sí el proyecto literario del bardo de Popayán. Así se expresó Carranza en su Recuerdo presentido;texto de 1941: “Se dice, Maestro, le contesté, con juvenil audacia, que hay en su poesía un exceso de elementos culturales, de cautela y de contención que la tornan fría e impávida”. Posteriormente, el mismo aprendiz de poeta señaló:

Decía Téophile Gautier, en unas célebres páginas que habrían de ser el evangelio de los parnasianos, que si de algún pecado podría acusárseles era del que llama la Escritura “concupiscencia de los ojos”. En efecto, nunca como en la época del Parnaso, miraron los poetas la superficie de las cosas con tan ávidos ojos. Ellos ganaron para la poesía el volumen, la textura, el color, el calor, la vibración, el brillo del mundo, ¿pero de qué le sirve a la poesía ganar el mundo si se pierde su alma?

Lo referido permite advertir un elemento problematizador desde el cual se cuestionó, muchas veces de manera apasionada y mercurial, la falta de espíritu de la poesía de Guillermo Valencia. Parece ser que el artificio, aunado al cuidado de la forma exterior y la pretensión de un estilo ciertamente sofisticado, extravió en el camino la profundidad de la mirada que debía intentar descifrar los misterios mágicos de la existencia, de la vida y la muerte.


En sintonía con el planteamiento anterior, Armando Romero, quien en 1985 publicó Las palabras están en situación, también advirtió un vacío “improcedente” y no vaciló en manifestarse de manera vehemente:

Valencia vendría a imponer un tipo de poesía decorativa, de corte académico, acaso purista donde el culto de las formas destruye todo elemento vital. Más que un poeta modernista, Valencia es un parnasiano dentro de la línea de José María Heredia. En él la artificialidad arquitectónica no deja rendija para la sorpresa. Representante de la línea clásica que se enfrentaba al romanticismo, Valencia tiene una helada capacidad para matar toda vida en el poema, dejándonos los mármoles fríos de musas y diosas griegas y romanas; además, su nihilismo nietzscheano y su anarquismo más bien parroquial, es solo la máscara de una postura estética o la necesidad de ofrecer una fachada deslumbrante a su ideología hispano-católica y conservadora.

Valiéndose de un trabajo previo, hecho por Rafael Maya en 1953, Gutiérrez Girardot se adhiere sin saña pero con vigor, a la idea de que el payanés fue, sobre todo, un autor que supo granjearse, con innegable habilidad social e intelectual, una fama muy superior a la calidad de su obra literaria y política.

Como si lo anterior fuera poco, David Jiménez Panesso, autor de Fin de siglo y modernidad. Ensayos sobre el Modernismo en Colombia (1994), se sumó en su momento al coro de contradictores del afamado vate y terminó por sepultarlo simbólicamente ante la crítica. Vale la pena analizar el siguiente apartado:

Traductor de D’Annunzio, de Baudelaire, de Verlain y Mallarmé, de Hoffmansthal y George, de Wilde, de Goethe y de poesía china leída en francés. En otro tiempo fue el indiscutible, el maestro, el bardo por excelencia. Hoy le quedan pocos, algunos muy buenos, defensores. Enamorado de su abolengo, de sus perros de caza, de su aureola de gran señor, dio a la poesía un lugar decorativo en ese mobiliario. Y la poesía tomó venganza, disecando casi todas sus estrofas que han ido quedando como mariposas en las páginas de las antologías, aún con colores, pero sin vida (242).

La tesis que formula Gutiérrez Girardot en Ensayos de literatura colombiana es contundente: el maestro Valencia no fue el gran poeta que sacralizó con devoción el rancio conservadurismo del Cauca.
Foto: unilibros.co

Nótese, de nuevo, cómo la crítica se centra en la ausencia de vida y en la sobreimposición de aquello que resulta perceptible a los sentidos en tanto artificio. El color es, justamente, un ardid que sigue sus propias leyes y teorías; es algo que genera efectos visuales y matices que acentúan emociones sin ser la emoción en sí. Finalmente, hemos de decir que no es halagador el panorama si lo que se pretende es vindicar la grandeza del poeta en otras áreas. Si a su exaltada figura como humanista se alude, Rafael Maya conceptuó, lapidario, lo siguiente:

“…la obra escrita y publicada de Valencia [permite] comprobar que no puede [situarse] al lado de los grandes humanistas colombianos, como Caro, Cuervo o Suárez. (…) un gran poder de síntesis y una brillante imaginación eran en él facultades que antes que humanista le colocan al lado de los grandes conversadores”.

Si le reivindicación que se pretende es política, el terreno también se presenta minado según sentenció el mismo Maya en 1982. De acuerdo con él, “Valencia no marcó huella profunda en la política nacional, ni legó a su partido o a la República el beneficio de una reforma fundamental, ni quisiera de una página doctrinaria de valor perdurable”. Dicho esto, pues, queda abierta la discusión. Bienvenidas son las posturas de quienes entiendan errados los juicios aquí presentados. Lo que sí resulta indiscutible es la mediación de la crítica para evitar eso tan peligroso que Eduardo Carranza denominó “bardolatría”. La crítica, y no el espaldarazo fácil, es siempre saludable; así lo que se plantee parezca desacertado o mercenario para algunos.


[1] ¿Para qué sirve la literatura? Editorial Acantilado (2008).

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