Danzarina Canadiense en la Bienal
Si la música fuera un hombre ejecutivo, a pesar de ser un tipo bien parecido, en medio de la calle se quitaría la corbata, la lanzaría en el rostro a su acartonado compañero y bailaría. Bailaría en el centro de un parque día y noche. Así es la danza, una insurrección coreográfica naciente de la emoción y la vitalidad.
Por: Alejandra Hernández
Estudiante de Lic. en Lenguas Extranjeras

El 14 de noviembre, Cali culminó la Segunda Bienal internacional de danza. La música se personificó, se volvió danzarina junto al hombro de algún emocionado compañero. Veintisiete compañías de danza apertrecharon parejas, tríos, grupos numerosos, solistas tristes y tangueros sonrientes extasiados por la pasión del bandoneón ejecutado en un arrabal imaginario, un pequeño Buenos Aires bullicioso. Sonaron los ritmos urbanos mientras en otra parte de la ciudad, los caleños avizoraban las danzas clásicas. También el carnaval de Barranquilla pasó por aquí al lado del río, a través del cual se bailó Joropo y Salsa rumbera. Se pintó la ciudad de banderas, los acentos se transformaron. Un poco de Español Argentino o de España, algo de Francés Canadiense, el inglés siempre presente. Las culturas afloraron, los ojos palparon un nuevo lenguaje, el de la mano surcándose y el tobillo cuya habilidad de reflexionar lo conduce al movimiento. Dar una voltereta, todo bellamente narrado con la tinta de la energía. Así se lograron una cantidad de cuerpos dispuestos al movimiento durante siete días.
El gran ballet canadiense de Montreal
Son las siete y quince de la noche, la gente sube las escalinatas de prisa, acabó de llover y el suelo aún conserva algunos charcos en sus hoyos. Ello no impide que las mujeres calcen altos tacones y los hombres estén bien vestidos. Todo el mundo está bien vestido.
Estamos en el Teatro Jorge Isaacs y somos las únicas personas que en la noche poblamos esta zona considerada “peligrosa” durante este momento de la jornada. Los poetas nos miran desde las esquinas mientras una mujer vocifera desde la puerta “entren los que están, los que no han llegado se quedan afuera”. Entramos y subimos corriendo las escaleras. La puerta del segundo piso se abre y silencio, oscuridad.
¿Qué es un hombre? ¿Cómo se comporta? Responder a esa pregunta implica danzas, moverse, tocar a un hombre y ser tocados por un hombre, hacer inmersión en la Comunidad y luego cuestionarla. Así lo hace uno de los bailarines al alejarse hacia una esquina lentamente, mirar con cautela su grupo de compañeros, quienes lo acompañaron durante la pieza
El sonido de unos tambores interrumpe la oscuridad, después que una jovencita hubiera modulado unas frases en francés. Se ilumina el escenario y allí están. Sentados sobre unas sillas, vestidos todos con Smoking negro, incluso las mujeres. Sobre sus cabezas, un sombrero negro. Se trata de los bailarines de la compañía de danza El gran ballet Canadiense de Montreal.
Acaban de iniciar su reconocida obra “Minus One”, del coreógrafo Ohad Naharin. La canción que suena al fondo se llama Echad Mi Yodea, mientras tanto, los bailarines sólo se ponen de pie durante el coro, lo cantan de manera sublime y luego se sientan en actitud pensativa. La luz es tenue y todo está impregnado de una ritualidad sagrada.
Luego me entero de que esa canción, es una alabanza hebrea muy antigua donde hablan de la Torá, las matriarcas y el único Dios existente.

Esta obra lo explora todo, la improvisación y la increíble técnica que puede poseer una pareja de hombre y mujer, vestidos únicamente con dos piezas ligeras, camisilla y pantaloncillos. Sus pies están desnudos y la luz deja ver cómo sus músculos luchan, se intercalan, los cuerpos dialogan al ritmo de la clásica música barroca. Luego se integra un grupo de hombres. Ellos poseen un tipo de pantalones anchos que se confunden con faldas. Saltan de un lado a otro dejando una esencia de búsqueda de lo masculino por todo el territorio. ¿Qué es un hombre? ¿Cómo se comporta? Responder a esa pregunta implica danzas, moverse, tocar a un hombre y ser tocados por un hombre, hacer inmersión en la Comunidad y luego cuestionarla. Así lo hace uno de los bailarines al alejarse hacia una esquina lentamente, mirar con cautela su grupo de compañeros, quienes lo acompañaron durante la pieza. El joven se retuerce, brincan todos vertiginosamente, él se retira y reniega de sus camaradas como diciendo “lo que he visto de ustedes no me gusta”. Así habló con sus piernas.
Un hombre baila salsa con otro hombre y lo hacen muy bien. El bailarín Canadiense parece más cómodo y suelto que el participante. Este es el momento en que los bailarines descienden hasta el público, los toman de las manos y los invitan a unirse a esta unión de cuerpos en energía y a permanecer juntos en la memoria de los caleños. La barrera entre el artista y el público se desvanece, se caen los academicismo, todos bailamos y gozamos después de contener en nuestro pensamiento esa ola de música variable y esos movimientos que nos hipnotizaron.
Finalmente, no sabemos a qué hora se acabó todo. Cuando me percaté, estaba de nuevo frente a los poetas.



