Perfil

Enrique Buenaventura: a 101 años de su natalicio

Durante más de medio siglo, este caleño universal enalteció el teatro colombiano y latinoamericano, al igual que la poesía y la teoría dramatúrgica. Consciente del papel primordial del arte en el desarrollo social, Buenaventura Aldeano integró las más diversas tradiciones (indígenas, afro y multiétnicas del continente), tal como plantean las investigadoras María Mercedes Jaramillo y Betty Osorio. En virtud de ello, La Palabra revisita hoy el legado de este artista emblemático del suroccidente colombiano.

Por: Alejandro Alzate

Enrique Buenaventura (1925 – 2003), actor y dramaturgo colombiano. Foto: Tomada de elmalpensante.com
Enrique Buenaventura (1925 – 2003), actor y dramaturgo colombiano. Foto: Tomada de elmalpensante.com

Años de formación e inquietudes artísticas

Enrique Buenaventura nació un 19 de febrero de 1925, cuando Cali aún era un villorrio y el mundo lloraba los estragos de la posguerra europea. Heredero de la educación pública, el por entonces joven cursó estudios de secundaria en el colegio Republicano de Santa Librada, para trasladarse, posteriormente, a la Universidad Nacional de Colombia, en donde se inscribiría en la Facultad de Filosofía y Letras.

Una vez de regreso en Cali, Buenaventura dirigió la Escuela de Teatro del Instituto Departamental de Bellas Artes y comenzó una intensa labor en favor del teatro regional y nacional. De esta época se destaca, como precisan Jaramillo y Osorio, el proyecto por cambiar “la mentalidad costumbrista de la dramaturgia colombiana hecha hasta entonces”. Varias fueron las acciones concretas que acompañaron esta iniciativa. En primer lugar, el propio proceso de reflexión intelectual del artista, que ya había estudiado filosofía y artes plásticas. Estas experiencias formativas le permitieron tanto depurar conceptos e influencias de la cultura clásica occidental, como entender la necesidad de construir una estética y una teoría propia, es decir, latinoamericana.

En segunda instancia, la fundación del Teatro Experimental de Cali (TEC), en 1955, posibilitó el estudio crítico de la producción teatral existente para separarse de los rezagos costumbristas y bucólicos de un país que, como Colombia, empezaba su ingreso a la modernización industrial. Un tercer elemento importante fue la fundación del Taller de Teatro en 1975 y, finalmente, la creación de la Escuela de Teatro en 1980, donde se formaron directores y actores de las más variadas procedencias y regiones.

En relación con el trabajo del TEC y el impulso al denominado Nuevo Teatro Colombiano, Jaramillo y Osorio señalan que “éste permitió el nacimiento del primer movimiento teatral con nombre propio, en donde [fue] posible estudiar, en conjunto, al grupo de individuos que lo componen. Este nuevo teatro se fundamentó en una intención plenamente social, abarcando, en sus obras, el contexto y la problemática de entonces, y siendo un teatro, en la mayoría de los casos, autodidacta”.

Enrique Buenaventura es el gran faro que guía e ilumina los rumbos de la dramaturgia colombiana hasta hoy. Su trasegar por más de cincuenta años en los tablados y las aulas, en los escenarios y la geografía teatral mundial, le conceden una grandeza que el tiempo, lejos de desplazar, reafirma en las voces y montajes de las nuevas generaciones de actores y directores.

Alineados con el horizonte pedagógico del Nuevo Teatro Colombiano estuvieron los intereses académicos y sociológicos de Enrique Buenaventura. Dan prueba de ello sus investigaciones en Buenaventura, Brasil, el Chocó y en general en el Litoral Pacífico. Animado por comprender la presencia cultural y simbólica de las comunidades afro, el dramaturgo se dio a la tarea de estudiar el rico universo de mitos, símbolos y prácticas sincréticas traídas por los esclavizados africanos a tierras americanas. Todo esto conllevó a un importante ejercicio, no solo de revaloración de las tradiciones culturales que llegaron a América, sino del drama de la esclavitud, de la historia de los transterrados y del ejercicio de una política atroz de tipo rentista y católica.

La construcción de su obra y la memoria de un legado

Enrique Buenaventura fue un artista prolijo y multifacético. Su cuidado por los detalles y su preocupación por explorar la experiencia creadora, le permitieron incursionar en la literatura, la docencia, la actuación y la investigación de corte etnográfico. En lo concerniente a su relación con la escritura, se destaca una extensa y variopinta producción. Sobresalen títulos como En la diestra de Dios padre (1958), El monumento (1959), El matrimonio (1959), La tragedia del rey Cristopher (1961), Un réquiem por el Padre Las Casas (1963), Historia de una bala de plata (1965), La trampa (1967), Los papeles del infierno (1968), La denuncia (1973), El presidente (1977), La estación (1989), Crónica (1989), Proyecto piloto (1991) y El Guinnaru (1997), entre otros. Según Nicolás Buenaventura, “Enrique había nacido poeta, se llenaba de poesía de la mañana a la noche, le salía poesía por los poros, le saltaba entre los dedos y en la casa nuestra no había rincón donde meter su poesía. Escribía poesía encima de cualquier otra poesía, de Lorca, de Neruda, de Guillen, de Huidobro, o bien la escribía por su cuenta a borbotones. Hasta que un día, aburrido de guardar poesía, resolvió recordar que muy niño era teatrero de iglesia, armó su cofradía, su grupo y los encargó de regar su poesía”.

En cuanto a sus montajes teatrales se destacan A la diestra de Dios padre, La guariconga, San Antoñito, Los inocentes, Los hombres de la mina, Tirano Banderas, La Celestina, Rey Ubú, Edipo Rey, La discreta enamorada, El enfermo imaginario, Don Juan, La casa de Bernarda Alba, El fantoche de Lusitana y Soldados.

Foto: revistapuroteatro.com
Foto: revistapuroteatro.com

Como puede apreciarse, Enrique Buenaventura tuvo un talento innato que le permitió explorar diferentes formatos creativos, códigos expresivos y estéticas. Dentro de esto, algo destacable del legado que durante más de cincuenta años forjó es la capacidad de diálogo. Según su comprensión del fenómeno artístico solo en la mixtura, la interdisciplinariedad y la intertextualidad radicaba la posibilidad de hacer un arte rico y complejo, no solo por la confección de un discurso que podía rozar la política, la sátira o la crítica, sino por la capacidad subyacente de crear un mundo donde se evidenciara la riqueza de sus matices y tensiones. Según Jaramillo y Osorio, el arte de Enrique Buenaventura tiene unas marcas que ayudan a entender su trabajo y que pasan “por su compromiso por crear un proyecto teatral que diera cuenta de las múltiples formas de la experiencia humana. Por esa razón dialogó constantemente con su público, lo cuestionó y se cuestionó para promover un discurso autónomo que ayudara al espectador a tomar posiciones críticas y creativas para no convertirlo en un pasivo consumidor de fórmulas”.

El reconocimiento a una vida entera consagrada al arte

Como resultado de su consagración absoluta al desarrollo del teatro moderno en Colombia, Enrique Buenaventura recibió importantes reconocimientos tanto en el país como en el extranjero. La Universidad del Valle le concedió el Doctorado Honoris Causa mientras que la Organización de la Naciones Unidas le otorgó el premio para la Cultura, la Ciencia y la Educación. Con Historia de una bala de plata obtuvo el premio Casa de las Américas en 1980 y, con esta misma entidad, recibió en 1967 una mención especial por su pieza Los papeles del infierno. También fue reconocido con el Premio Latinoamericano de Autores Dramáticos.

A modo de coda, vale decir que, más allá de los premios y los encomios, el legado que dejó Enrique Buenaventura es el gran faro que guía e ilumina los rumbos de la dramaturgia colombiana hasta hoy. Su trasegar por más de cincuenta años en los tablados y las aulas, en los escenarios y la geografía teatral mundial, le conceden una grandeza que el tiempo, lejos de desplazar, reafirma en las voces y montajes de las nuevas generaciones de actores y directores.

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