One battle after another: distopía americana bajo un cielo trumpista
Paul Thomas Anderson responde a la obsesión por las fronteras y la normalización de la xenofobia con una epopeya moderna cargada de dinamita. Su interlocutor es evidente. Esta oda a la libertad no se detiene ante la presión mediática ni la polarización. Anderson solo ha colocado un espejo frente al corazón de los Estados Unidos. Con trece nominaciones, incluyendo mejor película, es una de las favoritas de los premios Óscar 2026.
Por: William Rosero
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

El director de origen estadounidense Paul Thomas Anderson (1970) se ha convertido en una cara conocida en la gala de los Óscar. A lo largo de su carrera ha recibido más de ocho nominaciones en diferentes categorías (mejor película, mejor guion adaptado, mejor director, mejor guion original). Amén de One battle after another (2025), es especialmente recordado por su trabajo en There will be blood (2007) y Licorice Pizza (2021), película con la que ganó el premio BAFTA a mejor guion original. También recibió el premio a mejor director en el Festival Internacional de Cine de Cannes con Punch-Drunk Love (2002). Su estilo es fresco, chabacano y audaz. Su obsesión por abordar cuestiones espinosas a través de soluciones sencillas y efectistas —en el mejor sentido de la palabra— le ha valido el reconocimiento del público y un lugar destacado entre los directores de mayor constancia en la industria.
El paralelo con la realidad inmediata es innegable. Bob Ferguson (DiCaprio) y Perfidia Beverly (Teyana Taylor) lideran la agrupación French75, catalogada por el gobierno como una organización terrorista. El propósito principal de ambos es la lucha contra el antifascismo y el activismo radical en la frontera México-EE. UU. Lockjaw (Sean Penn) es el rostro visible del poder supremacista y la navaja de los intereses del Gobierno. El enfrentamiento entre ambos bandos deja a la vista una serie de tensiones subyacentes que pasan desapercibidas a simple vista, incompatibles con la verdad institucional e incómodas para el compromiso político. Lockjaw esconde una predilección innata por las mujeres negras, como Perfidia, con quien acaba por tener una hija, Willa Ferguson (Chase Infiniti). Las pulsiones que los unen a ambos son un reflejo invertido de su rol en la vida pública. El perseguidor se transforma en un paciente sadomasoquista que depone las armas en favor de su víctima, que se complace en aceptar la prerrogativa del poder. Ferguson es un caso ambiguo. Representa la humanidad discreta. No es lo suficientemente testarudo como para tomar un bando. Su conversión luego del embarazo de Perfidia demuestra que está cómodo con la idea de llevar una vida tranquila.

Anderson se propuso realizar una cartografía interior de las obsesiones que albergan los miembros extremistas de una sociedad. Su conclusión no deja de ser esquemática —toda manifestación enérgica, sea en el escenario que sea, precisa de una respuesta equivalente en sentido contrario—, pero esto no representa una inobservancia o una concesión ideológica, es una decisión concienzuda y con un fin totalmente pedagógico. Los tiempos que corren reclaman esta clase de maniqueísmo. La cuota de multidimensionalidad creativa fue distribuida por él en los personajes que enmarcan la historia.
La agrupación French75 es una metáfora de la frustración de la ciudadanía americana y una amalgama de diversos movimientos sociales, armados o no, que han surgido a lo largo del continente. La interacción entre Lockjaw y los miembros de Christmas Adventurers Club abre la posibilidad de echar una mirada indiscreta a los intereses que han modelado la creación de ICE, la policía antimigratoria estadounidense. Anderson procura una representación “imparcial” que deje en manos del espectador la tarea de establecer los paralelos, pero la referencia directa al mundo yankee y el tono desprolijo con el que retrata los avatares de una vida revolucionaria resultan insuficientes para superar la lectura superficial. Esto es completamente deliberado. La elusión y la reticencia al momento de dar nombres, incluso la propia vocación cómica que orienta la sucesión de eventos, convergen en un propósito: descafeinar una crítica que ha de pasar por los filtros de una sociedad que atraviesa una profunda crisis de polarización.
Anderson se propuso realizar una cartografía interior de las obsesiones que albergan los miembros extremistas de una sociedad. Su conclusión no deja de ser esquemática, pero esto no representa una inobservancia o una concesión ideológica, es una decisión concienzuda y con un fin totalmente pedagógico. Los tiempos que corren reclaman esta clase de maniqueísmo.
La inteligente simbiosis entre fondo y forma le ha valido a esta película el mérito de ser una de las más populares entre las diez nominadas. La incorporación de las fórmulas clásicas del género de acción no repercute de manera negativa al momento de explorar nuevas maneras de contar. El último ciclo de persecución (Ferguson-Lockjaw-Willa; en ese orden), fue celebrado por críticos y entusiastas gracias a su capacidad de construir un símbolo de la revolución solo a través del lenguaje cinematográfico. La duración prolongada de cada escena, la distribución estratégica de los planos, la paciencia al momento de mantener el pulso, el paisaje desértico y accidentado, forman parte de una sintaxis particular y sumamente eficiente, además de memorable.

El trabajo de Paul Anderson en One battle after another es más que destacable. El hecho de que esta película sea la adaptación de un libro, Vineland (1990), no fue un obstáculo para que el guion final se transformara en la crítica más sólida y ambiciosa, por lo menos a nivel mediático, que se le ha hecho al Gobierno Trump y a todos los que fantasean con un mundo cerrado. La llaneza de su discurso no entorpece su disfrute. El espectador promedio reconoce la naturaleza de lo que está viendo desde el principio. Además, la historia es lo suficientemente atractiva como para justificar la inversión de tiempo. Lo mismo se puede decir de los actores. Sean Penn hizo un trabajo excepcional, mientras que Chase Infiniti arroja los primeros destellos de un talento generacional.



