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Don Félix y “La Palabra”: 25 años provocando lecturas. La anécdota a ritmo de monólogo

Mi nombre es Félix. Algunas personas que no lo saben me llaman sencillamente, “La Palabra” y no me molesta que lo hagan. A pesar de que soy un profesional Licenciado en Teatro y especializado en el arte de los monólogos, de pronto me doy cuenta que de manera paralela he ido desarrollando el oficio de vender periódicos sin un puesto fijo.

Por: Félix
Colaborador Periódico La Palabra

Félix, el provocador de lecturas
Foto: Oscar Hembert Moreno
Leyva.

El ejercicio de mi labor no se trata únicamente del hecho de vender periódicos que circulan cotidianamente como “El País” o “El Tiempo”, sino solo magazines o revistas de carácter cultural. Este detalle me diferencia de los voceadores de prensa como los que se ven en los puestos callejeros, que tienen como misión vender todo tipo de impresos de temática variada.

Antes de dedicarme a este oficio de ofrecer papeles culturales era profesor de Estética en los colegios particulares. Lo abandoné porque carecía de vocación y mística para enseñar a un personal que tenía poco interés por las artes. Empecé a vender “La Palabra” a partir de su tercera edición. Eso fue a comienzo del año 1992.

Anteriormente vendía revistas o folletos de pequeño formato cuyo contenido giraba en torno al arte en todas sus facetas y que también daban noticias de la escasa actividad cultural que se programaba en la ciudad. Cito algunos como “El Arte”, “Arte y Parte”, “Rosa Blindada”, cuyas ediciones eran financiadas por grupos de estudiantes de las universidades y se vendían en las filas que se formaban en los cines y cine-clubs.

El boom de la actividad cultural en Cali es reciente. En los años 70 u 80 la actividad cultural era escasa. El gusto cultural de los caleños era el cine, los grupos de danza folclórica o cantantes de la nueva ola musical que llegaban a la ciudad y que se presentaban en los pocos escenarios que existían como el teatro “Jorge Isaacs” o el “Teatro Municipal”.

Como la actividad cultural no era permanente no existían periódicos especializados que dieran noticia de algún evento ni programaciones como los hay ahora. El teatrino “Los Cristales” en esa época era una novedad y fue el lugar en donde se presentaban los cantantes u orquestas que llegaban a Cali traídos por algún empresario y que por ley debían ofrecer una presentación gratuita a la ciudad. En todo caso, cuando la gente asistía a cualquier evento, generalmente con costo en esos años, se enteraban de la actividad artística por medio de los periódicos como “El País”, “Occidente” o “El Pueblo”.

Volviendo a “La Palabra”, pienso que fue una iniciativa del escritor caleño Umberto Valverde y del profesor Jaime Galarza Sanclemente que acababa de posesionarse como nuevo rector de la Universidad del Valle. Sin ellos La Palabra no existiría hoy. Mi vinculación a La Palabra fue a partir de su tercera edición. Desde ese ese momento hasta hoy me la he pasado ofreciendo el periódico en casi todos los eventos culturales que han sucedido en Cali, incluyendo su feria decembrina.

Esta labor insólita ha llenado mi vida de anécdotas, en su mayoría muy positivas. Por ejemplo, he visto nacer a casi todos los grandes eventos culturales que hay en Cali como el “Petronio Álvarez”, el “Mercedes Montaño”, el “Mundial de la Salsa”, a los “Melómanos y Coleccionistas”, a los festivales del “Arte”, “Danza Moderna”, “Ballet”, “Andina”, etc., pues acudía a esos eventos para vender “La Palabra” y con bastante éxito. Todos los ejemplares que llevaba se vendían.

No creo que exista en este país una persona que haya vendido tantos ejemplares de un periódico universitario tan solo voceando su carácter cultural, su contenido temático o la nutrida programación cultural de la ciudad. A lo mejor es también porque soy la única persona en Cali que lo hace, es decir, no tengo un competidor que haga lo mismo.

“La Palabra” con un formato de lujo e impreso por muchos años en los talleres de impresión que tenía la universidad nace con la finalidad de fomentar el periodismo cultural. No recuerdo el tiraje de sus primeras ediciones. Algunos periodistas de la ciudad y profesores de la misma universidad fueron sus colaboradores iniciales. Y nace para ser vendido en los puestos de periódicos y librerías. Su impacto como un muevo producto del periodismo cultural en la ciudad no fue el que se esperaba a pesar de los comentarios que se daban por medio de la radio. El encargado de la distribución recogía sin venderse, mes a mes, los ejemplares dejado para su venta de los puestos de periódicos.

Alguien comentó en una reunión de evaluación del proyecto periodístico que “La Palabra” no había “pegado” en Cali. “No pegó” pero debía de seguir editándose mensualmente. Ahora la preocupación era cómo vender los ejemplares de las futuras ediciones. En esa disyuntiva se resolvió ofrecerlo a todos los estamentos que circulaban la universidad, es decir, a empleados, trabajadores, profesores, estudiantes y visitantes. Para esa labor se requería de personas que tuvieran la habilidad de ofrecerlo y venderlo.

No fue fácil encontrarlos a pesar de que aparecieron en el campus universitario unos avisos ofreciendo empleo como vendedores de periódicos. Hoy después de muchos años sigo pensando que la única persona que acudió al llamado de vender periódicos fui yo. Nunca vi a nadie vender “La Palabra” en la universidad. Recuerdo que cuando me acerqué a la oficina de “La Palabra” para conocer los pormenores de la oferta de trabajo me pidieron de una mi hoja de vida. El trabajo no otorgaba ningún salario. Había que comprar el periódico a 200 pesos con descuento del 35 por ciento que era lo que me correspondía como ganancia por la venta de cada ejemplar. Con el director de ese entonces llegamos a un acuerdo que consistía en entregarme solo 20 ejemplares a crédito. O sea, vendía los 20 ejemplares, los cancelaba con su respectivo descuento y me entregaban otros 20 ejemplares. Recuerdo que el primer día que me estrene cono vendedor de “La Palabra” logre vender cerca de 100 ejemplares, sin salir de la universidad. A ese ritmo continué vendiendo “La Palabra” en los años siguientes.

Prácticamente mi persona consumía, o mejor, compraba el 80 por ciento de la edición que salía mes a mes. Todo cambio cuando llegó a la dirección del periódico el profesor Darío Henao quien decidió cambiar su formato y ampliar su cobertura de distribución para que los ejemplares llegaran a más gente de la región vallecaucana y del país. Esta labor de mi persona durante tanto tiempo no ha tenido otro interés que el de provocar el gusto por la buena lectura tan cultural como constructiva espiritualmente, así como el de invitar por medio de la programación anexa al periódico para que la gente disfrute del arte en sus diversas manifestaciones.

Toda esta actividad durante tantos años ha servido para que la gente que ha encontrada el disfrute de la lectura con “La Palabra” mediante mi actitud al ofrecerlo a todo tipo de público terminaran pensando que soy la cara más cultural y amable que tiene la Universidad del Valle. Gracias.

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