Crítica

Los invisibles: tras la voz de un autor que merece ser más visible

Cierto es que los panoramas literarios y editoriales se transforman constantemente. Año tras año, cientos de escritores que parecían grandes promesas se diluyen en el intento por serlo; mientras que otros, con un trabajo silencioso, quizás, despuntan para sorpresa de todos, o por lo menos de muchos. Es este el caso de Sergio Ocampo Madrid, autor de El hombre que murió la víspera (2011), Limpieza de oficio (2014), Es mejor no preguntar (2018) y Las distancias (2023).

Por: Alejandro Alzate

Sergio Ocampo Madrid (1963), escritor colombiano. Foto: elespectador.com
Sergio Ocampo Madrid (1963), escritor colombiano. Foto: elespectador.com

Sergio Ocampo (Bogotá, 1963) es poseedor de un talento narrativo sorprendente y auténtico (a pesar de lo manoseado de este último término). Y no lo es porque plantee enrevesados dramas que se resuelven a punta de técnica y mecánica narrativa, no. Sino porque juega bien, inteligentemente y con picardía, con el drama y con la técnica. Tras leer los cuentos de Los invisibles queda claro que este escritor entiende muy bien algo: y es que al lector el golpe de gracia se le da al final, justo cuando llega a creer que las narraciones terminan con la lógica inicial, con ese extraño alumbramiento que fue capaz de crear un mundo, un pacto ficcional.

En ese sentido, historias casi triviales como “Rosas rojas para Eugenio”, en la que una mujer solitaria alucina un amor inexistente con un violonchelista, dan cuenta de que lo simple es, tal vez, el mejor motivo narrativo que existe. A lo largo de la trama de esta historia —y de todo el libro—, Ocampo Madrid va dejando marcas, estableciendo retruécanos y, sobre todo, urdiendo situaciones que, en pocos casos, se relacionan con la felicidad y la plenitud de los personajes. No obstante esta característica, ciertamente críptica, lo importante es que todo lo desplegado se potencializa al final con una creatividad intensa, fresca, creíble y muy verosímil. Ese es el gran mérito de este texto que evade el artificio y reivindica la alegría de la imaginación.

Lejos de la especulación filosófica de largo aliento o del interés didáctico del cuento conceptual, el autor bogotano es totalmente cortazariano. ¿Por qué?Porque busca noquear al lector como forma de agradecimiento por acompañarlo en su aventura literaria. ¿Quiere esto decir que lo golpea para congraciarse con él? La respuesta es sí, lo golpea lanzándole toda su artillería creativa con un fin claro e inequívoco: que surja una implicación intelectual y lúdica directa con los hechos referidos, también con los avatares del destino o lo que quiera entenderse como sorpresivo.

…es importante referir que Sergio Ocampo Madrid es una grata revelación en el horizonte literario colombiano, no por las destrezas técnicas que pueda poseer, y que se van afinando con los años, sino por ser dueño de una gracia que la literatura reclama y los lectores agradecen.

Lo inesperado se erige en moneda de cambio y la imaginación en ofrenda. En el caso puntual de “Rosas rojas para Eugenio”, por ejemplo, el final es impensable y desconcertante, al menos para la mujer. ¿O lo es también para el lector? Lo cierto es que ella, que por fin se decide a abordar a su idolatrado músico en una suerte de coctel post concierto, se topa con una realidad absolutamente imprevista: que otro hombre, más alto que bajo, le estampe a Eugenio, a su amado Eugenio, un beso de amor, un beso fatal.

Foto: Fondo de Cultura Económica.
Foto: Fondo de Cultura Económica.

En este punto del relato, lo trágico no es la escena en sí. Aquello que golpea es la fuerza de lo inefable, la violencia seca y sin maquillaje con que la mujer ve truncadas sus ilusiones; es decir, la obtención de aquel amor que le permitiera escapar de su soledad miserable. Leamos, mejor, las propias palabras que la historia emplea:

Ella tomó arrestos para ir también. Pidió una segunda copa, sopesó por unos instantes con qué actitud abordarlo, y se encaminó. Al segundo o tercer paso se frenó en seco, tanto que unas gotas de su copa se le desbordaron. Un hombre atlético, más alto que bajo, y con un aro dorado en la oreja, se le había acercado, le arregló la corbata negra y le dio un beso breve en la boca. Eugenio lo tomó de la cintura, lo atrajo hacia él y le dio otro beso. Ella alcanzó a desviar la dirección de los pasos sin que se notara su cambio de planes, dejó la copa en la barra y pidió un vaso de whisky.
Uno doble, por favor.

Más allá de la situación como tal, que podríamos catalogar como tragicómica, lo impactante deviene cuando el libro, en su conjunto, logra establecer un tono reflexivo importante en torno a temas como el desamor, la soledad o la invisibilidad a la que pueden llegar los seres humanos que son devorados por la nada, por el anonimato. Si el cuento del músico que hemos referido explica lo primero, o sea, el desamor, otro como “Cuando ya nadie nos nombra” cambia de tercio sin que el impacto emocional sea menor. De eso da cuenta, nuevamente, el final tras sentenciar lo siguiente: “Cuando nadie nos nombra, ni nos recuerda, tendemos a desaparecer”. Y esto, en el contexto general de las ficciones que se presentan, no habla de un autor cuya vocación es divertir porque sí, a secas. En las antípodas, lo que queda en claro es la fuerza narrativa de un escritor que quiere explicar y explicarse las luces y las sombras con las que todos nos movemos en el mundo.

Finalmente, es importante referir que Sergio Ocampo Madrid es una grata revelación en el horizonte literario colombiano, no por las destrezas técnicas que pueda poseer, y que se van afinando con los años, sino por ser dueño de una gracia que la literatura reclama y los lectores agradecen.

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