Crítica

Cuando éramos felices pero no lo sabíamos: cuatro viajes entre Colombia y Venezuela en tiempos apocalípticos

Colombia y Venezuela se encuentran en los predios de la belleza geográfica y la desgracia política, se toman de las manos a raíz de la calidez de sus gentes y lloran como consecuencia del desgobierno que opacó las sonrisas de muchos. Valiéndose de una fina y contenida sensibilidad, Melba Escobar retrata los dramas y dificultades que padecen miles de personas que lo han perdido todo, o casi todo, menos la fe y la esperanza de salir adelante en medio de las adversidades.

Por: Alejandro Alzate

Melba Escobar, escritora colombiana. Foto: Andrés Galeano.
Melba Escobar, escritora colombiana. Foto: Andrés Galeano.

Este libro, primero de no ficción en la obra de la escritora caleña, da cuenta de la tragedia de un pueblo (el venezolano) que lo tuvo todo y lo perdió casi todo, también. Cuatro crónicas, ardorosas como latigazos y escritas por los tiempos del Covid-19, son suficientes para que el lector conozca de cerca los problemas que surgen cuando la libertad deja de ser un derecho y pasa a convertirse en una añoranza. De un texto a otro se asiste al ocaso de un país que fue nuestro vecino rico, nuestro vecino depositario de bonanzas tasadas en millones de dólares e interminables barriles de petróleo.

En virtud de la escritura testimonial, y ciertamente cartográfica, que configura el tono general del texto, cabe destacar que la prosa de Melba Escobar es serena y no desplaza ni espectaculariza la potencia del drama. La expresividad que consigue la autora de La mujer que hablaba sola va desdoblándose sin efectismos ni filigrana literaria, sin la pretensión de falsear una problemática socio-política que no podrían maquillar o embellecer los más avezados poetas.

Vista técnicamente, la estrategia de escritura es certera y se consolida a partir del contrapunteo de fuentes: por un lado, están las académicas y las políticas de primer nivel; por otro, despuntan los choferes, los fixers, los dependientes de hotel, los profesionales jóvenes que siguen en Venezuela a pesar de los políticos venezolanos y toda la gente que pretende la supervivencia a como dé lugar. Hombres obesos y sucios, dólares, pesos, tarjetas de crédito, damas entradas en años que lucen diminutos bikinis, niños famélicos y niñas que no pierden la pureza, coexisten junto a la miseria, la desilusión, el calor exasperante y, aunque parezca extraño, la opulencia.

…la prosa de Melba Escobar es serena y no desplaza ni espectaculariza la potencia del drama. La expresividad que consigue (…) va desdoblándose sin efectismos ni filigrana literaria, sin la pretensión de falsear una problemática socio-política que no podrían maquillar o embellecer los más avezados poetas.

Tras leer las crónicas, queda en claro algo que es perfectamente aplicable a cualquier país o contexto: toda historia tiene dos caras. Siempre. Y la venezolana no puede eludir esta verdad de a puño. Mientras los desposeídos padecieron —y padecen— interminables calvarios, los boliburgueses y los ricos disfrutaron —y disfrutan aún hoy— los más variados placeres del capitalismo sinvergüenza, de ese que lo compra todo, incluidas las buenas conciencias y las voluntades. En este punto, el libro se abre como una gran bitácora que explica, desde diferentes perspectivas, la realidad venezolana de las últimas dos décadas. El asunto es muy duro de vivir, pero no tanto de explicar: Hugo Chávez Frías, émulo patético de Bolívar, prometió un cambio que se presentó y justificó como la redención definitiva del pueblo. El punto es que no especificó a cuál pueblo se refería. Quedan para la historia preguntas como estas: ¿pensó alguna vez, si quiera, en los desposeídos reales, en la gente excluida de las periferias, en los jóvenes que querían ser alguien a través del estudio y los caminos “sin atajos”?

Foto: Seix Barral.
Foto: Seix Barral.

Las respuestas serán elaboradas a partir de lo que cada quien conceptúe; no obstante, lo que sí queda claro es que el chavismo, como proyecto político, determinó el momento exacto en que todo cambió para siempre en Venezuela, sin la menor posibilidad de volver atrás. Cuando irrumpieron en el panorama nacional Chávez, Maduro y sus temibles adláteres empezó a pasar lo que describe el título del libro: “éramos felices pero no lo sabíamos”. ¿Qué significa esto? ¿Qué implica en términos de la vida privada, pública e institucional de un país como Venezuela? ¿Es esa frase, acaso, una sentencia irrefutable, una condena? ¿Cuántos años durará si es lo último?

A modo de coda solo resta decir que la mano de la escritora, y las voces de los muchos actores sociales que configuran el texto, quizás puedan dar luces o interpretaciones que ayuden a dilucidar los interrogantes planteados. Por ahora, lo único cierto es que la literatura, en cualquiera de sus formas, es una de las mejores herramientas para preservar la memoria e impugnar las injusticias, vengan de donde vengan.

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