De esos lugares y gente que lo merecen todo. El corregimiento La Florida
Es como si el mundo fuera un mercado gigante y tú vas tomando las cosas solo al tiempo que las necesitas. Para esto no hay afán.
Por: Alejandra Ortega
Bióloga e historiadora

“Es que a José Miguel le da pena mostrar las piernas y por eso vino en jean”, dijo entre risas un compañero que sí había venido en ropa cómoda al taller de actuación. Dos veces por semana se reúnen muchachos entre 13 y 18 años, a recibir clases en la caseta de la Junta de Acción Comunal de la vereda La Florida, ubicada en el corregimiento del mismo nombre, en Pereira. La caseta está en obra negra, tiene el techo en hierro y Eternit; como utilería cuenta con unas torres de baldosas en las que hay algunas nuevas y otras partidas por las idas y venidas, una caja de papel para reciclar y una mesa de ping pong un poco destartalada; en la cocina, aparte de una cafetera, hay pocillos y platos plásticos completamente amarillos, donados en una ocasión que nadie recuerda y que usan para servir el compartir que traen los asistentes del taller. Ese día, éstos se quejaban del calor que hacía, ya que ni siquiera hay ventanas adecuadas para que circule el aire en contraste con las otras viviendas de la zona.
El corregimiento, ubicado en las puertas del PNN Los Nevados, el Santuario de Flora y Fauna Otún Quimbaya y el Parque Regional Natural Ucumarí, tiene unos pobladores echados pa´lante y comprometidos con el bienestar de la comunidad. Uno de ellos es Diego Hoyos, joven de 26 años que estudia etnoeducación y es apasionado del cine y la literatura. “Comencé como coleccionista de películas y con unos amigos de la vereda empezamos a tener nuestras primeras tertulias cinéfilas. Siempre recordaba una vez que vi una película colombiana, Golpe de Estadio, en un parque en mi pueblo de infancia (Guática, Risaralda), y pensé ¿por qué no hacer algo similar en La Florida? Así tuvimos la primera proyección en la calle y nació el Cineclub en el 2009. La película fue El jardín secreto”.
Junto con el Cineclub nació la biblioteca comunitaria, que inicialmente fue biblioteca satélite y contaba con sus libros personales; poco a poco fue creciendo a partir de las donaciones de la gente
Improvisando, arreglándoselas como puede, lleva seis años proyectando en la mitad de la calle una película. Cada viernes pone un telón en una de las paredes de la escuelita y, para que no moleste la luz del poste, se trepa a una mesa y con ayuda de unas varas tapa el bombillo con una caja de cartón, “es todo un arte” dice entre risas. Para él, “esto significó romper un poco la cotidianidad de la vereda y casi que instantáneamente se convirtió en un espacio preciado en el que directa o indirectamente la comunidad se hace partícipe y en el que se empiezan a desarrollar diferentes actividades: música, teatro, lecturas…”
Junto con el Cineclub nació la biblioteca comunitaria, que inicialmente fue biblioteca satélite y contaba con sus libros personales; poco a poco fue creciendo a partir de las donaciones de la gente y “solo hasta hace dos años se consolidó una sede para ello con un café-bar como excusa necesaria para la sostenibilidad económica del proyecto, un pequeño espacio en el que se da cita a tertulias literarias, encuentros musicales y salón de exposiciones”. La cafetería da la impresión de ser costosa y más después de haber tomado uno de los mejores tintos del Eje Cafetero; sin embargo éste y las tortas caseras para acompañarlo, cuesta a penas mil pesos cada uno. La compañía de sus clientes habituales y las horas de lectura son gratuitas.
“Es a nosotros mismos, con Dieguito, a los que nos tocó montar esto. Nadie se preocupaba por nosotros [los adolescentes]. Ahora los muchachos gastan el tiempo haciendo otras cosas, no es solo ver televisión o jugar video-juegos sino que tienen también la cultura, como el teatro y el cine”, comenta Manuel García, un chico de 18 años miembro del Cineclub.

“Por medio de una rifa se consigue el primer videobeam y en adelante todo ha sido un desfile de acción participativa: decidimos montar biblioteca, nos llenaron de libros, compartimos crispetas, nos regalaron crispetera, amplificación, el segundo video-beam, es como si el mundo fuera un mercado gigante y tú vas tomando las cosas solo al tiempo que las necesitas; para esto no hay afán”, cuenta Diego después de responderle a un niño de unos nueve años que no había película, porque el que le presta el proyector lo necesitaba ese día.
A dichas actividades se suma la participación de Ricardo Muñoz y Camilo del Mar, fundadores de la Residencia Artística La Cuenca, “un espacio de intercambio de experiencias, para creadores de diversas manifestaciones del arte contemporáneo, que busca vincular los proyectos al contexto de la región y del corregimiento, gracias al desarrollo de diferentes actividades que posibiliten el encuentro y el diálogo con la comunidad”, comenta Ricardo. En la sala de exposiciones de la Residencia dictan talleres gratuitos para los niños.
Junto con el impulso del arte y la cultura, también hay actividades que promueven el uso responsable del medio ambiente. “Nos proponemos un corregimiento modelo y así han surgido proyectos que actualmente se encuentran en ejecución: energías alternativas con sistema de paneles solares para dos de los centros comunales, manejo integral de residuos sólidos con las tiendas del reciclaje donde se cambia “basura” por comida, recuperación de los espacios públicos ornamentando con plantas que generen alimento… Nos estamos soñando un lugar en el que nuestro motor sea la calidad de vida en armonía con nuestro entorno”, dijo Diego, para finalizar.



