Los viajes de la música (música y poesía afroamericana)
Con esta obra, el profesor Fabio Martínez hace un valioso aporte al estudio crítico de la música del Caribe urbano. A lo largo del ensayo, que se divide en ocho partes, se explica la compleja y rica relación entre las sonoridades africanas y las comunidades negras de Colombia, Cuba, Brasil, Estados Unidos, el Pacífico y el Caribe. Valiéndose de una prosa ágil, este texto enseña, divierte y desempolva las memorias del pasado.
Por: Alejandro Alzate

La bibliografía que analiza nuestras formas de interacción y nuestra conformación nacional a partir de la música es enorme. Estudios como los de César Miguel Rondón, Cristóbal Díaz Ayala o Fernando Ortiz, entre otros, han desmenuzado la intrínseca relación que existe entre la latinoamericanidad, la música y los ritmos africanos. En la observación de esa interrelación, los investigadores han profundizado en temas tan estructurales como los procesos de sincretismo religioso, el valor simbólico de las periferias y las barriadas populares, y la relación entre la estética de la música, la poesía y la literatura en general.
A partir del registro ensayístico de corte autobiográfico, el profesor Martínez concede especial importancia al tambor, un instrumento que simboliza en cada golpe el dolor, pero también la esperanza de miles de esclavos que fueron comercializados y transterrados a esta América que les era desconocida, pero ciertamente familiar. Esto último cobra sentido si se piensa, por ejemplo, en lo geográfico y en la riqueza de la fauna y los afluentes hídricos.
La importancia del tambor, plantea el ensayista, se debe a su uso múltiple, es decir, al tiempo que animaba los escasos momentos de descanso; también servía para continuar la adoración ininterrumpida a dioses y deidades que la corona española consideraba paganos. El tambor festejaba la vida y lloraba la muerte. Por eso, su lugar dentro de la conformación de nuestra identidad cultural y nuestra idiosincrasia es primordial, incluso hasta nuestros días.
Quizás, la gran conclusión que subyace en estas páginas es que la música se nutre de la poesía para dar cuenta de muchos dolores históricos, sí, pero también para sembrar la semilla de la esperanza y, por qué no, de la alegría que sabe capotear las desgracias.
Si se alude al establecimiento de elementos primordiales, es preciso referir, también, que tan interesante como el advenimiento del tambor resultó la llegada de la guitarra a nuestras tierras, y no solo por el desarrollo de una música más melódica, sino por el hecho de que las guitarras fueron el aporte “exportado de la cultura renacentista que vivía en Europa en los siglos XVI y XVII”. Esto quiere decir que la ampliación del repertorio instrumental que se vivía en las Américas permitió un proceso fundamental: el del canto de coplas y romances, modalidades músico-expresivas que permitieron el gradual desarrollo de una forma de testimoniar, relatar (narrar) y organizar los sucesos de la vida y la muerte, pero también de configurar los espacios de ocio y el afianzamiento de una comunicación depositaria (de tipo doctrinal o moralizante).
Sumado a lo anterior, es importante destacar que “la Iglesia Católica también contribuyó al enriquecimiento de la música en América mediante la introducción en la misa de los cantos gregorianos. Los primeros monaguillos en América fueron indígenas y negros ladinos convertidos al catolicismo; ellos no solo ayudaban en las ceremonias religiosas, sino que también tocaban las campanas y, cuando faltaba algún blanco, eran escogidos para entonar trisagios y cantos gregorianos en el coro”.
A la par de la presencia eclesiástica, la irrupción de Cuba, como puerto y como punto de convergencia racial, fue fundamental para la consolidación de nuestra música latina. Justiciero es el texto cuando señala que “la isla fue paulatinamente fusionando sus raíces indígenas con las influencias de los blancos y los negros, dando lugar a una rica y multicolor pátina musical y cultural”. En ese sentido, puede decirse que Cuba materializó, en la primera mitad del siglo XX, su grandeza musical una vez que surgieron agrupaciones como la Sonora Matancera, el Sexteto Habanero y el Septeto Nacional, entre muchos otros.
Si se mira ahora a Colombia, se evidencia que la cumbia constituye también un aporte importante dentro de lo que genéricamente se llama música latina. Una de las características de esta expresión sonora es que continuó con la mixtura racial que venía desde los tiempos de la Colonia. Según sugiere el profesor Martínez, “la cumbia fue la manifestación dancística y musical donde convergieron la cultura negra bantú, la cultura indígena del norte de Colombia y la cultura española”. Por los lados del Brasil, puede decirse que la samba es la expresión musical no solo más reconocida sino más influyente en el proceso de conformación de una identidad sonora y ancestral.

Ahora, si bien lo planteado hasta aquí destaca algunos aspectos importantes que explican la relación entre música e historia, ahora es importante mencionar la relación entre música y poesía, entre música y literatura. Tal y como lo sugiere el profesor Martínez, “a lo largo de la historia, el aeda, el juglar y el poeta han tenido como función principal conservar la memoria de los pueblos”. En ese sentido, Los viajes de la música recupera no solo fragmentos de la obra, sino la presencia fundacional de autores como los brasileros Luís Gama y Antonio de Castro Alves, el uruguayo Idelfonso Pereda Valdés y el peruano Nicomedes Santa Cruz. En relación con otras latitudes, el texto recupera los legados de escritores como Aimé Césaire (Martinica), León-Gontran Damas (Guyana Francesa) y Léopold Sédar Senghor (Senegal), también el del poeta haitiano Jacques Roumain. En lo atinente a la poesía anglosajona de raíces negras se destacan los nombres de Langston Hugues y Derek Walcott.
En lo concerniente a Colombia, brillan en el panorama las voces de Mary Grueso, Manuel Zapata Olivella y Arnoldo Palacio. Junto a ellos, cubanos como Alejo Carpentier, Nancy Morejón, Pablo Armando Fernández, Miguel Barnet, Pura del Prado y José Sánchez-Boudy, terminan de configurar una constelación que le narra/canta/escribe al pasado africano que se debate entre la necesidad de sustento y los embates de los discursos que promueven el eurocentrismo y el blanqueamiento cultural.
Conforme avance en la lectura del texto, el lector verá cómo el establecimiento de un denominador común entre estos autores debería ser pensado desde la posibilidad de expresar, en un molde estético depurado y potente, tanto la hondura de los dolores históricos que dejó la empresa colonizadora, como el agradecimiento a África, madre que parió no solo cuerpos resistentes sino un entramado de posibilidades casi místicas para entender el universo y sus fenómenos. Los cantos de resistencia y esperanza viajaron — y viajan en este libro— desde los campos algodoneros de Estados Unidos hasta el Pacífico y el altiplano latinoamericano. Quizás, la gran conclusión que subyace en estas páginas es que la música se nutre de la poesía para dar cuenta de muchos dolores históricos, sí, pero también para sembrar la semilla de la esperanza y, por qué no, de la alegría que sabe capotear las desgracias.



