La cantaora de potrero grande. Aún estamos en Afrodiáspora
El desplazamiento se viste de Cantaora, vive en Potrero Grande, aún bosteza, y tiene deudas en el país del Posconflicto.
Por: Malicia Enjundia

A Gloria Mairongo la despertó el canto del gallo. Como todos los días se apeó de la cama, prendió el fogón, hizo café, tomó los primeros tragos, cogió la escoba de hierbas, limpió la pampa, alimentó los cerdos y las gallinas; después de pensarlo dos veces, quiso despertar a Agrispino, su marido, pero decidió dejarlo para más tarde, así que barrió la casa, sancochó el pescado, lo empacó en hojas de bijao con guiso, plátano y yuca, y se bañó en el patio. Cuando Agrispino se levantó, tomó café, se puso las botas y juntos se adentraron al monte. Trabajaron en los sembrados de plátano, yuca, cacao y caña hasta el mediodía, luego cogieron los toldillos y la escopeta, bajaron al río, pescaron, cazaron un par de tatabras y volvieron a la casa. Era una casa grande, rodeada de árboles frutales; en su centro velaban muertos, hacían fiestas, cantaban arrullos, décimas y alabaos. Gloria era una cantaora respetada, Agrispino era dueño de plantaciones de frutas y hortalizas, de cultivos de coca, de garrafas de viche que compartían con quien llegara, como reyes del monte, de la selva, de la canoa y el río, a imagen y semejanza de sus ancestros africanos, dueños de reinos; bogas, agricultores, cantaores mágicos de la vida y la muerte.
El mundo está pleeeeeeno
La mar está duuuuuura
Perdóname maaaaadre
Si te he ofendido
—Yo he sido una muchacha a la que desde pequeña me han gustado mis arrullos, mis cantos, mis alabaos, mis décimas. Yo las he echado aquí y me he ganado mis pesitos. A veces hemos pagado los servicios y otras veces nos ha quedado para la comida. Mi mamá, mis tías, mis abuelas cantaban en mi tierra. Una vez escuché un alabao que mi mamá cantaba y la gente lloraba. A ella le aprendí los cantos que yo me sé y cantaba en Chagüí.
La sobrina llegó por la tarde, preocupada, con el fusil al hombro; no saludó, miró a Agrispino a los ojos:
—¡Tío Agrispino, vuélese que usted anda en la lista y en estos dos días lo vienen a matar!
Gloria lo miró a él, la miró a ella y recordó las palabras del comandante de las FARC que unos días antes les había advertido a los habitantes de Chagüí:
—No compren cosas pesadas que no puedan sacar. Compren cosas que metan a los bolsillos.
—¿Gloria, y eso qué quiere decir? —le preguntó Agrispino aquel día.
—Pues lo que quiere decir es que van a sacar a la gente —le contestó ella—. Si no salen por las buenas tienen que salir por las malas.

II
Leana vivía en Cali, viajaba de vez en cuando a Tumaco para vender ropa, siempre se hospedaba en la casa de Gloria; ella los ayudó a escapar:
—Yo no quiero que mueran ustedes y sus hijos, hagamos una cosa: yo los llevo hasta la Terminal de Cali y de ahí ustedes ven para dónde cogen.
—¿Cómo así? —le contestó Gloria con ese castellano castizo que aprendieron a hablar sus abuelos esclavizados en las minas de oro—. ¿Y uno que no conoce Cali, cómo vamos a llegar nosotros a la Terminal y no sabimos pa’ dónde cogemos? ¡Pa’ eso mejor me quedo en mi tierra!
—Mamá, no quiero que a mi papá lo maten —intervino Wilmer, el hijo mayor.
—Mamá, vámonos que allá cualquier cosa hacimos —exclamó Felipe, el segundo.
Amanecieron afuera de una casa. El Sol calentó los techos de lata de los ranchitos de Mojica, una de las zonas rojas de Cali adonde llegan los desplazados. Tenían hambre y sed, olían mal. Gloria miró alrededor, vio calles de tierra, niños mocosos, no había ni un árbol, ni una quebrada, sólo polvo y asfalto a lo lejos, se puso a llorar
Salieron de Chagüí en silencio, sin nada, con lo que tenían puesto, sin saber dónde era Cali; dejaron los cerdos, las gallinas, los cultivos. Se convirtieron en 8 de las siete millones de víctimas que cobraba el conflicto armado en Colombia; ahora eran otra familia afrodescendiente desplazada de su territorio por las FARC, que nacieron como una reacción campesina a la guerra bipartidista que se vivió en los años 50 y que, con el auge del narcotráfico, se convirtieron en otro grupo armado que mató y sacó a miles de campesinos, indígenas y afrodescendientes de sus territorios para disputarse los cultivos de coca y marihuana con los grupos paramilitares.
—Nos vinimos sin sacar nada, con unos pedazos de trapo, con los brazos cruzados, solamente con la ropa que traíamos puesta. En la Terminal dormimos tres noches y tres días; yo me salía a la calle y decía: “¿Amigo, me puede regalar cualquier cosita para comer?”. De ahí salió el vigilante y nos dijo: “Vea señores, ustedes aquí no pueden estar en la Terminal porque es peligroso, voy a mandarlos para Mojica, allá cualquier persona los ayuda y no los deja morir de hambre”. El señor nos colaboró y nos mandó para Mojica.

Amanecieron afuera de una casa. El sol calentó los techos de lata de los ranchitos de Mojica, una de las zonas rojas de Cali adonde llegan los desplazados. Tenían hambre y sed, olían mal. Gloria miró alrededor, vio calles de tierra, niños mocosos; no había ni un árbol, ni una quebrada, solo polvo y asfalto a lo lejos. Se puso a llorar y Agrispino exclamó:
—¡Ay, Gloria, por Dios, tengamos valor!
—¿Qué valor? —le dijo ella—. ¿Usted cree que yo quería venir acá sin tener a nadie? ¡Más vale que me hubiera matado esa gente!
—Gloria, no diga eso, nosotros no nos vamos a morir de hambre.
La casa que yo tenía en mi campo era mucha casa!, yo velaba muertos, hacíamos cantos del niño Dios, esto donde vivo hoy no es casa, yo hoy me veo y no me reconozco. Nosotros somos víctimas de los grupos armados, el gobierno tiene que darme mi casa, pero sin que me la cobren, ¿de dónde voy a pagar si no tengo trabajo? Salimos de nuestra región y todo quedó botado
Una mujer abrió la puerta junto a la que estaban tirados:
—¿Ustedes de dónde son?
—De Tumaco —contestó Agrispino—. Venimos desplazados de la guerrilla.
—Éntrense aquí —les dijo, y les hizo comida.
—Esa señora nos ayudó, nos llevó a una parte que le dicen El Aguado para que declaráramos. Mi marido declaró, a los 3 días nos llamaron, nos ayudaron con comida, cobijas, ollas, platos… nos daban cada tres meses… Allá mismo nos propusieron que nos fuéramos para una finca al lado del río Cauca, pero allá también la guerrilla estaba sacando a la gente y no nos quisimos ir.

III
Se quedaron en Mojica. La señora que les dio comida se devolvió para el Chocó y les dejó el rancho a ellos. Los dos hijos grandes se fueron a reciclar al basuro; Agrispino se fue con ellos. Un día, mientras Wilmer, el mayor, volvía del trabajo, una bala perdida disparada por la policía le atravesó la cabeza; quedó tendido en una esquina polvorienta de aquella invasión donde los jóvenes venden droga para llevar comida a la casa y trazan fronteras invisibles. Gloria se le arrodilló a un sacerdote para que le donara el ataúd.
—Yo he hecho de todo, he mandado papeles para Bogotá para que el gobierno me pague a mi hijo y nada, que no lo pagan porque fue una bala perdida, que si fuera la guerrilla es diferente. Al otro, Felipe, también lo perdí aquí en Cali: le dieron una toma de tamborero, que es un animal que vive en el mar, aguamala le dicen. Entonces yo creo que agarraron eso y le sacaron la hiel, y la hiel se la dieron en un trago; la barriga de mi hijo subía y bajaba como la marea. Le dieron eso porque él no era de problemas y le ayudaba a la gente a recuperar lo que le habían robado, porque conocía a los ladrones, que eran los mismos muchachos del barrio.

IV
—¡La casa que yo tenía en mi campo era mucha casa! Yo velaba muertos, hacíamos cantos del Niño Dios; esto donde vivo hoy no es casa, yo hoy me veo y no me reconozco. Nosotros somos víctimas de los grupos armados, el gobierno tiene que darme mi casa, pero sin que me la cobren; ¿de dónde voy a pagar si no tengo trabajo? Salimos de nuestra región y todo quedó botado.
Cuando nos trajeron para Potrero Grande nos entregaron este ranchito; mi marido firmó. En la sala dormían todos mis hijos, mi hija dormía apretada conmigo allá arriba, y eso que ella ya tenía sus hijos; ella tenía que dormir aparte, pero así nos tocó. Ahora me llegaron unos recibos, dizque yo tengo que pagar esta casa, que el gobierno no me la ha dado. En la Secretaría de Gobierno me dijeron que si yo no la pago me sacan de aquí como sea; alguna gente me dice que me esté tranquila, que yo la casa no la pago. Ahora me han llegado recibos de los servicios de dos millones de pesos. Si hay días en que me toca echarle sal a un pucho de agua para no acostarme con las tripas vacías, ¿de dónde voy a sacar toda esta plata? Nunca en mi vida me había tocado andar pidiendo bocados de comida para darle de comer a mis hijos, para comer nosotros, pidiendo el trapo para vestirnos.
¡El mundo está pleeeeeeno!, ¡La mar está duuuuuura! La guerra que los sacó de Chagüí aún no cesa, simplemente se ha vestido de urbe.



