Indígenas Quechua. Su supervivencia en el centro de Cali
La memoria y la lengua aborigen de una comunidad sobreviven en un lugar adverso. Sus costumbres, al igual que sus familiares, quedaron atrás por la migración que emprendieron hace años. El mundo del campo, la labranza y una vida llena de apacibilidad fueron sepultados con el ánimo de encontrar en estas tierras un mejor porvenir. No obstante, desde su llegada intentan acostumbrarse a una cultura marcada por la industrialización, el consumo y los vaivenes del tiempo. Aún se sienten extraños.
Por: Álvaro Coral
Estudiante de Univalle

Dos de la tarde. El silencio se extingue en la calle 12 con carrera 7.ª. Aumenta la convulsión en las vías, el afán de los agentes de tránsito que —en reemplazo de un semáforo dañado— intentan recobrar el orden. La música de oferta resuena imponente en los establecimientos comerciales, algunos transeúntes responden al llamado de las bocinas. Cubiertos plegables, sillas que se convierten en escaleras, gafas, parlantes y lámparas de magma, ofertados con el fulgor de las voces vallunas. Acá en el centro, la caleñidad se entreteje en la oralidad.
Un aura de tranquilidad se siente en las hileras de diminutos puestos sobresalientes a lado y lado. Un espacio fue ganado por los indígenas quechua, comerciantes provenientes de la Sierra ecuatoriana que migraron a Cali en la segunda mitad del siglo XX. Ante sus ojos, esta ciudad se abrió multicultural e indicada para su descendencia. Más de sesenta años pasaron, y en los rostros surcados de los ancianos indígenas yace intacta la esperanza de encontrar un mejor bienestar en esta urbe. La estridencia del centro les resulta ajena.
Mientras los clientes llegan por sí mismos, tejen a mano bufandas o gorros para exponerlos a la venta en un travesaño, dialogan en lengua quechua —originaria del Imperio incaico—, descansan a la sombra de sus puestos o limpian sus atuendos tradicionales. Awaspa kashani, dirán en la plasticidad de sus acentos para expresar que son tejedores. Entre la urbe, la memoria quechua aún prevalece.
Los indígenas asentados en el centro de Cali son un sincretismo entre la religión cristiana y las costumbres del pueblo Inca. Aunque hablan Quechua, su oralidad está fuertemente marcada por el Castellano. Las causas son históricas, suceden en los siglos XVI y XVII cuando las palabras del blanco evangelizador se impusieron sobre los ancestros y terminaron por erradicar gran parte de su cosmovisión
Adelfa Huaccha y Silvio Paucar migraron a Cali en 1970. Con sus productos se abrieron espacio en la avenida Sexta; diez años ambularon de sur a norte, sin un espacio fijo. La pareja decidió salir de Ecuador convencida de que en Colombia las ventas de tejidos serían más prominentes. Para entonces, en su país natal había una gran profusión de indígenas comerciantes migrando a todo el mundo; escapaban de la devaluación del sucre ecuatoriano. El ánimo por aumentar ganancias y establecerse en un público ajeno a la cultura indígena los llevó a recorrer Palmira, Buga, Tuluá o Buenaventura. «Anduvimos con maleticas donde guardábamos la mercancía. No teníamos local y nos tocaba ofertar de calle en calle y de cuesta en cuesta», menciona Silvio mientras baja su mirada al asfalto.
El cuello de Adelfa Huaccha está cubierto por numerosos collares de perlas y una cruz católica que roba destellos al sol. Los indígenas asentados en el centro de Cali son un sincretismo entre la religión cristiana y las costumbres del pueblo inca. Aunque hablan quechua, su oralidad está fuertemente marcada por el castellano. Las causas son históricas, suceden en los siglos XVI y XVII cuando las palabras del blanco evangelizador se impusieron sobre los ancestros y terminaron por erradicar gran parte de su cosmovisión. La riqueza de una lengua como el quechua, que fluía libre, sin asentarse en el pergamino, fue raptada por los conquistadores. La lengua española se estableció como un dispositivo para educar al indígena y reconfigurar sus creencias. Dioses como Mama Killa, Pachacámac, Wiracocha o Inti fueron sepultados por el dios judeocristiano.
La actualidad dista poco de la época de los sometimientos. Los indígenas ancianos son los únicos que propenden por rescatar la lengua aborigen, pero no saben escribirla. Sus nietos e hijos nacieron en Cali, en un mundo empecinado por ocultar el valor histórico de las culturas aborígenes. Aun así, en medio de las ventas en todos los puestos se escucha resistir el quechua en la timidez de algunas palabras. Las frases viven en la memoria indígena y se expanden como signo de supervivencia. Son tejedores orales.

Aunque la calle 12 con 7.ª parece un espacio público, los quechuas que allí habitan resultan invisibles para la mayoría de transeúntes. Un vaivén de caleños que en ocasiones pasan por casualidad, observan la ropa tejida a mano y la compran sin detener sus sentidos sobre la plasticidad del quechua o el cabello trenzado. Un mundo que yace rodeado por grandes centros de comercio absorbiendo la mayoría de clientes. «Hay días que pasamos en cero, no vendemos nada», insiste Adelfa mientras limpia la mercancía con un trapo. Tal vez las bufandas, guantes, gorros y buzos no despierten interés en la mayoría de caleños.
La mercancía está tejida con lana de Ecuador. Al iniciar cada mes, don Silvio Paucar prefiere comprarla en su tierra por calidad y precio; además aprovecha la ocasión para visitar a su familia en Otavalo, provincia de Imbabura. Con los años, adquirió destrezas para realizar tejidos y ahora tiene la capacidad de hacer cinco bufandas en una hora. Silvio y Adelfa son una muestra de supervivencia y una consciencia por recordar que Cali no es una ciudad homogénea. También contiene minorías.
Las dos de la tarde asoman por la calle 12 con 7.ª con su ardentía desesperada. Silvio y Adelfa se sientan y disponen un bolso sobre una silla: «Tome, mijo, un gorrito». Mientras recibo con amabilidad, el vigilante encargado de cuidar los puestos arriba al local un poco agitado. La pareja se apresura a entregarle $10.000 por los servicios de seguridad prestados en una semana. Mientras el sol incrementa, una sombra se forma en el local. Un universo dentro de otro.



