Crónica

Al otro lado de tu orilla. Donde se aspira siempre la brisa pura

Buenaventura, uno de los lugares más húmedos de la tierra me abrió las puertas aquella madrugada en la que decidí abordar el bus que me llevaría a vivir una aventura de esas que te cambian para siempre, esta crónica da fe de la afligida condición del puerto de los vallecaucanos y de las ganas de salir adelante que pese a todo conserva su gente.

Por: Lina Fernanda Córdoba
Estudiante de Lic. en Literatura

Buenaventura vista desde el mar - Foto: Fernanda Córdoba
Buenaventura vista desde el mar – Foto: Fernanda Córdoba

Llego al puerto un tanto olvidado por el país y a la vez tan sometido por los grupos armados y la corrupción del poder de su tierra. Abordo un taxi hasta El Piñal, lugar donde tomo una lancha con destino a la vereda San Francisco, lugar a casi cinco horas por vía fluvial.

Conforme avanzo pienso en mi familia; el mar es traicionero, estoy en medio de la nada y con personas que no conozco. Mientras nos acercamos al río Raposo, el cual cruza más de doce veredas hacia arriba, noto la particularidad de su gente, las ganas, la fuerza de trabajo, la pobreza y el olvido por parte del país en el que viven pero parece que no existieran. A este lugar solo llegan los lancheros y los que sin más han sido olvidados y, como consecuencia, es un lugar que, aunque bello por su gente y su naturaleza, vive en condiciones inauditas cerca de un puerto que recibe la mayor parte de la mercancía de Colombia y al cual solo le dan la espalda y le muestran una sonrisa fingida, vulgar y mezquina.

María - Foto: Fernanda Córdoba
María – Foto: Fernanda Córdoba

Llego a la vereda San Francisco, empapada de sal y agua; siento que soy una habitante más, otra olvidada, una persona más en el mundo que le toca adaptarse lentamente a las condiciones de la vereda. Sus residentes no superan los doscientos cincuenta, entre ellos algunas familias son desplazadas, otras han llegado porque no tienen otra opción y los que luchan, viven y sueñan en medio de la espesa selva que les rodea y su río, un río que les da todo para trabajar, para que sus niños desde los 3 años aprendan a nadar y que a la vez no les concede nada, porque sus aguas están contaminadas: metros más arriba se encuentra una mina de oro y por su causa el agua conserva un tono café oscuro, pero a ellos eso no parece importarles, o quizás sí, pero no pueden hacer nada.

La vida de estas personas avanza. Sus pequeños niños, los cuales oscilan entre los primeros años de vida, y otros ya jóvenes, siguen el trabajo de sus padres como lancheros y los más pequeños van a la escuela como es debido en un país donde la educación es para todos pero las condiciones son para algunos. La vereda cuenta con una escuela oficial; aunque el gobierno otorga ayudas para “mejorar” la educación en Colombia, aquí parece ser que de eso se han olvidado por completo, pues las aulas cuentan escasamente con 35 sillas completamente deterioradas no solo por el tiempo sino también por las condiciones. Sus herramientas tecnológicas son solo dos computadores que a duras penas sirven; cuentan con tres o cuatro horas diarias de energía gracias a la planta y, si están de buenas, tal vez una hora más.

Conozco a diferentes personas del lugar, los niños siempre llenos de esa ingenuidad y esa magia que reflejan en su mirar, la misma que día tras día el país olvida, desnuda y empobrece. Pero más allá de lo malo, ellos se han centrado en su trabajo de lancheros, las mujeres al trabajo de la casa y sus hijos, los profesores, los cuales se dedican a trabajar con lo que pueden y, al igual que sus habitantes, se acoplan a las condiciones y al compromiso de su gente.

Las condiciones son para algunos, la vereda cuenta con una escuela oficial, aunque el gobierno otorga ayudas para “mejorar” la educación en Colombia, aquí parece ser que de eso se han olvidado por completo, pues las aulas cuentan con escasamente 35 sillas completamente deterioradas no sólo por el tiempo sino también por las condiciones, sus herramientas tecnológicas son sólo dos computadores que a duras penas sirven

Avanza la noche y me dispongo entonces a preparar algunas cosas para el día siguiente. No quiero que llegue la noche y con ella su oscuridad; extiendo mi carpa para poder dormir mientras escucho a la gente como si nada, en medio de la oscuridad a la cual no estoy acostumbrada.

Al día siguiente, mientras voy al río a bañarme porque no hay agua potable, noto que los niños llegan a la escuela en pequeñas lanchas, mientras que hasta las 8:30 a. m. pasa la última lancha, la única que lleva hacia el puerto, a lo cual la profesora de Sociales me dice: «Esa es la última que va al puerto, la primera pasa a las 5:00 a. m. y la segunda a las 6:00. Tiene que estar pilas cuando deba irse, de lo contrario le toca esperar al otro día y eso si pasan; acá se viaja cada ocho días o cuando de verdad se necesita». Yo le digo que no importa, que yo madrugo mucho; en fin, a ella le da risa, quizá se burla de mí.

Puerto de infancia - Foto: http://www.fundacioncarvajal.org.co
Puerto de infancia – Foto: http://www.fundacioncarvajal.org.co

Me preparo para una clase con los niños, leo un poco y hablo con ellos de la familia y de cómo nadan, porque a decir verdad hasta el más pequeño nada y eso me asombra, porque yo no sé ni siquiera flotar y noto con asombro niños pequeños que no le temen al agua; por el contrario, nacieron en ella y eso es algo que uno se lleva en la mente y en el alma.

Los niños llegan a la escuela en pequeñas lanchas, mientras que hasta las 8:30 a.m. pasa la última lancha, la única que lleva hacia el puerto, a lo cual la profesora de Sociales me dice: Esa es la última que val puerto, la primera pasa a las 5:00 a.m. y la segunda a las 6:00, tiene que estar pilas cuando deba irse, de lo contrario le toca esperar al otro día y eso si pasan, acá se viaja cada ocho días o cuando de verdad se necesita

En medio de toda esta travesía conozco a dos niñas: una se llama Melisa, tiene 5 años y en sus ojos veo un alma alegre y a la vez parece que algo falta en su mundo. Vive con sus padres y su puerto que ve una vez al mes si acaso, ese que está más allá de su selva y sus raíces. Ella no sabe de costumbres a las cuales nosotros nos adaptamos; juega con sus otras compañeras de escuela, a veces es tímida para hablar, luego toma confianza, sonríe y me dice que le tome una foto.

Divisando el horizonte - Foto: http://www.elpais.com.co
Divisando el horizonte – Foto: http://www.elpais.com.co

Llega la hora de que los niños salgan de la escuela; tranquilos y en orden esperan en la orilla la lancha que los llevará a las distintas veredas de donde provienen. Algunos juegan con las piedras del río, otros solo esperan llegar a sus casas. De repente veo otra niña de más o menos unos 11 años de edad y que al mirarla agacha su mirada; no se va en lancha y se pierde entre la espesa selva. Me causa curiosidad, un poco de tristeza y a la vez rabia. Estos niños viven en situaciones donde a diario su vida está en juego, a diferencia de uno que lo tiene todo. El día avanza y la noche está por llegar; organizo la carpa y con la incertidumbre de la niña de la cual no sé el nombre.

A la mañana siguiente, pongo todo mi empeño por compartir con la gente del lugar y visitar la escuela para poder hablar con la niña, la cual se llama María, pero ella no llega o al menos yo no he podido verla, como tampoco sus compañeros dan razón de ella. La profesora me dice que es una niña que vive con su madre, al padre nunca lo conoció y por ende a veces debe ayudar a su madre a trabajar, ya sea recolectando frutas en la selva para quizá venderlas o en casa con su hermano menor. Tal vez le tocó trabajar, algo muy normal en los niños de la vereda. Ellos como docentes intentan dar todo de sí con lo poco que el gobierno da a la educación; en ocasiones las situaciones que enfrentan los jóvenes y los niños los alejan del estudio, es necesario planear un futuro diferente al de sus padres, la necesidad apremia y la poca educación que les llega a veces debe esperar.

Niños desplazados en las afueras de Buenaventura, Colombia - Foto: http:// www.acnur.org
Niños desplazados en las afueras de Buenaventura, Colombia – Foto: http:// www.acnur.org

En la tarde veo que la pequeña de forma tímida se acerca a la orilla del río, donde comparto con dos profesoras y disfruto de la pomarrosa, una fruta que se da mucho en la vereda, que en Cali también hay pero que aquí me sabe a gloria. María se acerca y trae unos borojós en sus brazos; apenada se acerca y me los regala mostrándome una gran sonrisa y un gran silencio. Se aleja mientras le agradezco por el regalo de una fruta propia de su región y hablo con la profesora del colegio.

Cae la noche pero esta vez decido darle la cara en medio de la oscuridad; esta vez hay energía, han dicho que la van a dejar hasta las diez, así que comparto un juego con ellos, un juego que en Cali también se juega, solo que ellos tienen diferentes formas de cantar bingo. Todos reímos y yo trato de entender el juego mientras cantan «¡Llegó!». La noche tiene una luna enorme y no se escucha nada más que no sean las risas de esta vereda que, a pesar de sus condiciones, no tiene un no en la cara; de hecho tiene una enorme sonrisa. Será la naturaleza, será la lluvia o será el río o sus ganas que hacen de ellos unas mejores personas con lo poco que tienen y el olvido al cual están sometidos, pero que al parecer ya no les importa, pues ellos son dueños de su selva, conocedores de su camino.

Palofitos de Buenaventura - Foto: Fernanda Córdoba
Palofitos de Buenaventura – Foto: Fernanda Córdoba

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