La nostalgia del coronel. Entre la familia real y la familia de ficción, entre Aracataca y Macondo
El poeta cataquero, Rafael Darío Jiménez, trae en su novela los asombros de un sueño milagroso, trae las claves cifradas del mundo familiar de Gabriel García Márquez, el de la infancia con sus abuelos – Nicolás Ricardo Márquez Mejía y Tranquilina de los Remedios Iguarán Cotes -, que habrían de inspirar Cien años de soledad. Algunos apartes del libro, La nostalgia del coronel.
Redacción La Palabra

Amores de sangre prohibidos
El coronel Nicolás Ricardo Márquez se enamoró perdidamente de su prima hermana y un año mayor. (…) No valieron las prohibiciones consanguíneas de su madre Luisa Josefa, para atemorizar a los jóvenes y evitar que continuaran la relación.
– ¡Muchachos, ni siquiera los indígenas se cruzan entre ellos para evitar la maldición! – pregonaba un allegado de la familia.
– No importa, daremos inicio a otra dinastía – respondía Nicolás Ricardo, burlón.
– ¡Muchachos – volvía a pregonar el allegado -, los hijos de una misma sangre producen hijos con cola de cerdo.
Nacimiento de Gabriel
El coronel se aproximó, observando al bebé todavía sucio de sangre y de un líquido baboso y transparente. Le estampó un beso en la frente, le esculcó con la mirada el ombligo, las nalgas y el bajo vientre. Exlamó emocionado:
– ¡Un varón sin cola de cerdo!
– Lo llamaremos Gabriel José de la Concordia. El arcángel San Gabriel lo iluminará, para que no sea un hombre más del común

El taller de platería del coronel
Ese domingo, a su regreso de misa con el pequeño Gabriel, el coronel se internó en el taller de platería. En menos de seis horas elaboró media docena de pescaditos de oro, a los que Tranquilina y el niño colocaron los ojos. Para el niño era un disfrute inmenso estar al lado de “papalelo”, fuera en la oficina, en la calle, o en cualquier lugar de la casa. (…) En el taller de platería, el niño podía apreciar el proceso de fundición del oro convertido en láminas o hilos, bajo el efeco del fuego y los ácidos.
La guerra de los mil días
Al llegar la guerra se acabó la tranquilidad del país y muy especialmente la del estado soberano del Magdalena. Todos sus hombres, liberales y conservadores, se lanzaron a hacer parte de ella, y en ciertos casos hermanos, primos y parientes lejanos combatieron entre sí por ser de diferentes bandos. Al coronel Márquez le ocurrió igual con sus hijos naturales José María y Carlos Alberto Valdeblanquez, fieles al partido conservador por influencia materna. La presencia del general Rafael Uribe Uribe fue determinante para que muchos jóvenes del partido liberal abandonaran su familia y se alistaran en la guerra. La influencia de este líder carismático los empujó a la aventura y a la derrota, en una revolución que estalló en el sur del estado de Santander.
(…) Tras muchas batallas libradas, hubo algunas ganadas en Riohacha, Chivolo y El Jobo. También hubo perdidas como el cruel desastre de Carshúa y la batalla de Ciénaga, que selló la derrota liberal, obligándolos a firmar al cabo de diez días el tratado de Neerlandia, cerca al pueblo de Riofrío. La rendición fue dolorosa para todos, pero más para el general Uribe Uribe, que ese 24 de octubre de 1902 cumplía un años más de vida. (…) Firmado el tratado de paz, el coronel Márquez se unió a una delegación en la que viajó Uribe Uribe por la vía Valledupar-Riohacha. Al ver el mar guajiro, el general tomó un navío hacia el exterior, supremamente afligido y calumniado de traidor por rendirse en la finca de Neerlandia.

La huelga de las bananeras
En la plaza de Ciénaga, ante la lectura del decreto de estado de sitio, ninguno de los manifestantes se retiró dando vivas al soldado amigo; recordándoles que eran sus hermanos y pidiéndoles que apoyaran la huelga. Por esa acción se ejecutó un llamamiento de atención con corneta para acallar la algarabía. El capitán Garavito apareció en la penumbra, ordenando que se retiraran en un tiempo máximo de cinco minutos. La respuesta fue unánime, una retahíla de insolencias, injurias e improperios. Un toque de corneta indicó la terminación del tiempo señalado por el capitán, pero la masa de huelguistas siguió desafiante. El mismo capitán volvió a proferir una terrible advertencia:
– ¡Un minuto más y se romperá fuego!
Los huelguistas creyendo que no dispararían, dieron vivas a la huelga y un abajo a la compañía bananera. Con el último toque en medio de una tensión inenarrable, oficiales y soldados de pie alistaron las armas sin rodeo. Fue cuando el coronel Cortés Vargas apareció gritando: ¡Fuego! Del centro de la turba se desprendió un ¡Tenderse!, pero los soldados apretaron los gatillos como empujados por una sola voluntad. Las luces desaparecieron y reinó el caos.
Las leyendas de las mujeres de la casa
Todas las tardes, el niño escuchaba en silencio, casi aterrorizado. A medida que avanzaba en su lectura de leyendas árabes, oía a las mujeres una historia diferente. (…) Cada gesto de la abuela Mina, cada mohín de las tías, cada palabra se grababan en su mente, y a menudo confundía los relatos de la abuela con los de Sheherezada.



