CVI

Roberto Burgos Cantor. La voz de la memoria ante el silencio del olvido

El escritor cartagenero estuvo conversando con los profesores Darío Henao y Kevin García, en el marco de la tercera edición de Viernes de Letras. Con respuestas rumiadas por la reflexión y engalanadas por pinceladas de poesía, habló acerca de su vida, su obra y los vericuetos de la creación literaria. A continuación, un perfil del escritor.

Por: Julio César Pino Agudelo
Estudiante de Lic. en Literatura

Roberto Burgos Cantor en Viernes de Letras, 24 de junio del 2016 - Foto: María Del Mar Burgos.
Roberto Burgos Cantor en Viernes de Letras, 24 de junio del 2016 – Foto: María Del Mar Burgos.

Roberto Burgos Cantor nace en Cartagena de Indias el 4 de mayo de 1948, el año de la ira en Colombia. Es hijo de Constanza Cantor y Roberto Burgos Ojeda, prestigioso intelectual y profesor de historia del Departamento de Humanidades de la Universidad de Cartagena. Creció en una casa ambientada con el bullicio estruendoso del mar, la carrera de las iguanas en el jardín, el casco de las embarcaciones rompiendo el oleaje en la bahía, la formación de los temporales y los mangos reventándose en el patio. En medio de todo esto, las rutinas de un profesor que leía hasta tarde y preparaba notas, una madre que lo ayudaba y las visitas de los amigos: Eutiquio Leal, Manuel Zapata Olivella, Eduardo Carranza y Jorge Zalamea.

Se formó en un hogar revuelto de mística y razón, de pensamiento y pasión, que ampliaba la mirada sobre el mundo y los seres. Sus padres fueron maestros de vocación. Ella, formada en la escuela franciscana donde rigen los valores de la igualdad, el amor por la naturaleza, la solidaridad y el desprendimiento ante los bienes materiales. Él, instruido en las canteras de la fe en la ciencia y el progreso, dentro de una concepción liberal de respeto a la libertad. Fue la gran biblioteca del padre la que le hizo los primeros guiños literarios al joven Roberto: Joyce, Faulkner, Moravia, Kafka, Pasolini, entre muchos otros.

Se gradúa del Colegio de La Salle de Cartagena y en 1967 se va a estudiar leyes a Bogotá. Al borde de la década, la revolución cubana entraba triunfante a La Habana. Todo parecía conspirar a favor de la ilusión, como si la felicidad estuviera a la vuelta de la esquina. Desastres y bienaventuranzas se inscribían en una especie de ofrenda de que todo sería transformado. La vida y sus rutinas de aburrimiento. La pobreza y sus impedimentos injustos.

Como el lenguaje no nombraba, una inmensa realidad se mantenía inédita. La memoria no tenía voz porque las palabras tenían un sonido vacío. Logra desmarcarse de esas tendencias e indaga otras vías. Descubre que las palabras tienen el prodigio de nombrar, revelar, encantar, descifrar, descubrir, contar, cantar, y además, de reconstruir una memoria que duerme bajo la piel soslayada del tiempo

A su llegada se interna en un ambiente académico a menudo interrumpido por una realidad tumultuosa con la que no parecía tener conexión. Entre pecho y espada, el joven Roberto cargaba la felicidad y la tortura de una vocación literaria que exploraba las vías de su realización. Una combinación de utilitarismo y pasión guiaba sus lecturas. El pensamiento marxista ostentaba el monopolio del saber y poseía las llaves de los nuevos tiempos. Rulfo, Arguedas, Cepeda Samudio y García Márquez resolvieron las carencias y virtudes dudosas que acompañaban la tradición literaria de lo rural y de la violencia. Dejó atrás el simplismo, el mal aprovechamiento de lo exótico, el abuso de lo pintoresco, el maniqueísmo y la pobre elaboración en el lenguaje.

En tiempos donde la fe en otro mundo posible se desgastaba y los anuncios del naufragio se asomaban, perseveraba la pasión literaria. A los escritores los agobiaba la incertidumbre moral de si había que escribir y echar tiros al tiempo. Con más pena que gloria, Burgos Cantor concluye los estudios de una profesión que detestaba, y se gradúa de abogado en 1971. En adelante, el amor por la literatura le ofreció una trinchera contra la aplanadora de los sueños de una vida distinta. Se aferró a la escritura como una manera de dignificar la existencia y evitar el envilecimiento.

Ha publicado las novelas: El patio de los vientos perdidos, El vuelo de la paloma, Pavana del ángel, La ceiba de la memoria, Con las mujeres no te metas o macho abrázame, Ese silencio y El médico del emperador y sus hermanos; los cuentos Lo Amador, Lo Amador y otros cuentos, De gozos y desvelos, Quiero es cantar, Juegos de niños, Una siempre es la misma y El secreto de Alicia. Y un libro de testimonio de época: Señas particulares.

Con un estilo autónomo e introspectivo, se aleja de la literatura ornamental y testimonial heredada, y asume el lenguaje como un reto especial. Rechaza esa lengua solemne y rígida impuesta y ejercida en nombre del buen decir y las buenas costumbres, y también la jeringonza como respuesta a esa asfixia. Como el lenguaje no nombraba, una inmensa realidad se mantenía inédita. La memoria no tenía voz porque las palabras tenían un sonido vacío. Logra desmarcarse de esas tendencias e indaga otras vías. Descubre que las palabras tienen el prodigio de nombrar, revelar, encantar, descifrar, descubrir, contar, cantar, y además, de reconstruir una memoria que duerme bajo la piel soslayada del tiempo.

En sus obras lleva el mundo del Caribe a la literatura con asombrosa minuciosidad. Construye un universo propio con una narrativa poética en la que coexisten una naturaleza rebosante de vida, y la mezquindad, la desolación, el desasosiego y la desesperanza. Recrea el diálogo entre el habitante con su entorno y evidencia sus preocupaciones existenciales. Los conflictos de sus personajes están dados por el advenimiento de dinámicas sociales y económicas que desembocan en sentimientos de soledad, incertidumbre, ansiedad y desespero. Su literatura es una respuesta estética que dignifica la existencia ante un pasado que aprisiona y un presente desesperanzador.

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