Crítica Literaria

La canción de Laura Restrepo

Por: Carmiña Navia Velasco

Laura Restrepo (1950), periodista y escritora colombiana.
Foto: revistaideele.com

Canción de antiguos amantes, novela de la escritora colombiana Laura Restrepo, es un macro universo en el que cabe todo: lo real y lo maravilloso, lo imaginable y lo inimaginable. Un mundo posible e imposible en el que se canta al amor y a la vida, pero sobre todo al dolor, a la resistencia y valentía de las mujeres a través de los siglos y los mitos. Su lectura deleita y llena de placer, pero a la vez agota por el ritmo aplastante y contundente de los hechos narrados y de los múltiples universos visitados. Una novela total en la que no se deja nada por fuera en el intento de acoger la vida en este, nuestro mundo caótico y siempre al borde del desastre. Impacta pensar cómo la pluma nos lleva de una realidad a otra, estableciendo conexiones antes nunca pensadas. Conexiones que algunas veces desconciertan al lector, pero que siempre lo invitan a novedosos buceos y le amplían el horizonte de su propio universo.

La llegada de Bos Mutas (y ya el nombre de uno de los protagonistas es todo un desafío) a la capital de Yemen desata un conjunto de acontecimientos, ideas y palabras que transportarán a lectores y lectoras a sociedades inmensamente ignotas y difíciles: el mundo de los desplazamientos y las violaciones, el mundo de los cuerpos que se buscan y se encuentran o desencuentran… pero también el mundo de los mitos que se recrean y se encuentran en caminos sin fin; mitos de diferente tipos, de múltiples orígenes y tradiciones. Mitos que convocan a cada página a los imaginarios y tradiciones literarias.

El protagonista es un joven escritor que ha decidido perseguir a la reina de Saba, la real y la imaginada, y en su camino se encuentra con Zahra Bayda, la mujer que cuidará sus noches pero que además lo conectará con el Oriente y la lejana África para llevarlo de su mano a paisajes que puedan revelarle secretos y placeres, dolores y preguntas, urgencias y demandas. Caminos de nuestra sociedad en los siglos XX y XXI.

Siguiendo el rastro de la reina de Saba, Mutas incursionará en ámbitos pasados que se hacen presentes en la novela. Hablamos de novela quizás por la costumbre actual, pero podríamos hablar con propiedad de la epopeya de las desamparadas. Epopeya que la autora siempre ha buscado y recreado; recordemos La multitud errante o algunos de sus relatos de Pecado.  De la mano de Zahra Bayda, Bos Mutas descubre realidades cercanas a las suyas que le hablan a los ojos y al corazón, y con ello nos regala una mirada cercana, todavía muy inédita -en lo que llamamos el mundo occidental- rompiendo con lo planteado por Said en su libro Orientalismo:

“A los orientales raramente se les miraba directamente; se les contemplaba a través de un filtro, se les analizaba no como a ciudadanos o simplemente como a gente, sino como a problemas que hay que resolver, aislar o -como las potencias coloniales abiertamente hicieron con su territorio- dominar. La clave es que la designación misma de oriental llevaba asociado un marcado juicio evaluativo…”[1]

En ese camino y esta búsqueda incursionamos en los viajes de Gerald de Nerval, en sus angustias, sus noches de bohemia y su suicidio; en los horizontes siempre abiertos y oscuros de Rimbaud, en sus tropiezos y deseos tantas veces truncados… Pero incursionamos también en horizontes bíblicos ya olvidados y en costumbres islámicas que destruyen los clítoris femeninos; en mitologías diversas… en guerras, violaciones y manos que trafican con el dolor y los cuerpos ajenos: desde contrabandistas de mujeres hasta pateras asesinas. Para detenernos, por último, en la mujer corriente que, allá y acá, salva a sus hijos de la muerte y araña migajas a la vida en caminos desérticos.

Canción de antiguos amantes (…) es un macro universo en el que cabe todo: lo real y lo maravilloso, lo imaginable y lo inimaginable. Un mundo posible e imposible en el que se canta al amor y a la vida, pero sobre todo al dolor, a la resistencia y valentía de las mujeres a través de los siglos y los mitos.

Desde una mitología re-visitada pasamos por diversos puertos de la literatura: Malraux, el evocado Dostoievski, Baudelaire, Pizarnik… para aterrizar suavemente en los Beatles y atracar en Patti Smith, que se convierte a lo largo de las páginas en una especie de “puesta en abismo” que agiganta -desde su condición de mito feminista punk– el camino de las mujeres y sus búsquedas. ¿Retomar esta figura es la intención de recordarnos que las sociedades humanas seguimos necesitando y construyendo mitos, aunque estos se alejen de la religión y pastoreen regiones más precarias? Parece que sí, porque al final de cuentas, Mutas nos dice que “al fin y al cabo la religión consiste en clavar obsesivamente la mirada en una imagen que está fuera de nuestro alcance”.

Además, esta imagen de mujer repite incesantemente las intenciones de la obra según el mismo narrador-testigo:

“La mandorla, la vulva, el coño: punto nodal de todo lo que quiero contar ahora. La mandorla, estrella de los vientos en la tragedia de estos pueblos. La almendra, infinitamente amable y sufriente, escondida bajo las largas faldas de la abaya y escondida también en el lenguaje, que sólo la menciona con apodos domésticos que ocultan su verdadero nombre”[2].

Es en ese destino femenino en el que la escritora se ha detenido tantas veces (La novia oscura,por ejemplo, o La isla de la pasión…) en lo que profundiza y rodea esta Canción.

Foto: panamericana.com.co

Con esta intencionalidad estamos en el punto nodal de la obra. La historia de las mujeres caminantes en medio de las sombras y el dolor. Caminantes de tiempos inmemoriales: desde los tiempos bíblicos, atravesando guerras, mares, desiertos… Mujeres de Somalia, de Yemen, de Oriente y Occidente, de Siria y de Etiopía… mujeres que a pesar de su cojera, de su daño en los pies, de sus limitaciones y embarazos… no escatiman ni detienen su marcha… Mujeres que también en Colombia (esa tierra que no se nombra…) caminan en busca de su paz. La Canción… se detiene en el proceso mismo, en lo que lo rodea, en los campos de refugiados en los que la vida se detiene en espera de una luz en los horizontes… como plantea Diana Uribe:

“Por eso, viviendo entre la espera y la incertidumbre de un campo de refugiados -marginados en la ciudad bajo condiciones muy duras después de haber tenido que dejar un hogar, una vida, una comunidad a la que no se puede retornar-, muchas personas en África y Medio Oriente deciden arriesgar su vida una vez más para llegar a Europa. Nadie arriesgaría su vida y la de sus hijos para cruzar el mar Egeo y Mediterráneo si no estuviera en una situación desesperada y si no tuviera aún algo de esperanza en un futuro mejor”[3].

Una novela total en la que no se deja nada por fuera en el intento de acoger la vida en este, nuestro mundo caótico y siempre al borde del desastre. Impacta pensar cómo la pluma nos lleva de una realidad a otra, estableciendo conexiones antes nunca pensadas.

Todo este recorrido lo hacemos de la mano de una pareja que, en medio de su labor en Médicos sin fronteras, se arrulla por las noches calmando las angustias que les llegan de lejos: de infancias atrofiadas y cuerpos violentados, malheridos. El narrador se nos contagia de la peste o el virus este que aún nos aqueja y entonces me surge una pregunta: ¿por qué se queman sus papeles, sus notas, sus escritos, ensueños y visiones? ¿Qué intenciones oculta la novela con esta quemazón? ¿Es que el aire disuelve todo sueño en la arena? Sin embargo, los lectores salvamos los papeles y la vida se asienta nuevamente en la literatura. Porque la literatura nos salva. Dice la autora en una entrevista en El Espectador:

“Hay que trabajar para mantener los mitos vivos. En la novela yo quise tener a seres tan dispares y distópicos como Tomás de Aquino, Gérard de Nerval o el propio Rimbaud y ver cómo ellos elaboran el mito, que es principio y fin”[4].

En las últimas páginas vivimos una apuesta. Zahra y Bos miran juntos hacia un futuro, un futuro de abrazos en los que “la reina de Saba” (una de las viandantes de la Biblia) bendiga con su fuerza a tantas caminantes. Un horizonte diferente en el que “el cantar de cantares” sea más fuerte que el Apocalipsis y conduzca a mujeres y hombres a horizontes abiertos, en que lunas nuevas iluminen los partos y sanen las heridas. Esta canción que invita a ser cantada, muestra una vez más el compromiso de la autora en su mirar la historia desde la vulnerabilidad y la desprotección para invitar a sus lectores a sueños y construcciones alternativas y distintas.


[1] Edward W. Said: ORIENTALISMO  
Editorial Debate, Madrid 2002 (Pág. 279)

[2] Laura Restrepo: CANCIÓN DE ANTIGUOS AMANTES
Alfaguara, Bogotá 2022 (Pág. 267)

[3] Diana Uribe: BRÚJULA PARA EL MUNDO CONTEMPORÁNEO.  Ed. Aguilar, Bogotá 2018

[4] https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/laura-restrepo-hay-que-mantener-los-mitos-vivos/
Consultado el 13 de Mayo de 2022

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