Crítica Literaria

Aforismos sobre la guerra, para ojear y hojear

La guerra es el único camino para menguar a los ilusos.
Alonso Triviño

Si el enemigo deja una puerta abierta, apresúrate a entrar.
Sun Tzu

La guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas por otros medios.
Clausewitz

Le daba lo mismo. Si alguien le hubiera dicho que la guerra había terminado, que su hija había muerto; si le hubieran puesto al lado un vaso de leche caliente y un trozo de pan tibio, no se habría movido, no habría extendido la mano.

Permanecía sentada sin angustia, sin pensamientos. Todo le resultaba indiferente, inútil. Solo quedaba un dolor constante que le encogía el corazón, le oprimía en las sienes.
Vasile Grossman

Por: Álvaro Bautista-Cabrera
Profesor de Literatura, Univalle

Grabado del pintor español Francisco de Goya, de la serie Los desastres de la guerra, realizado entre 1810 – 1815.
Foto: realacademiabellasartessanfernando.com

No preferimos las guerras tanto como el diálogo, pero liquidan con contundencia el diálogo imposible.

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La deficiencia del diálogo para no declarar la guerra es que los dos bandos la siguen preparando mientras conversan.

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Cuando uno se ha preparado para hacer la guerra, encuentra aliados donde menos piensa. Por ejemplo, en los pacifistas que levantan la bandera de la humanidad.

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Las víctimas de algunas guerras no son solo las palabras sino los esclavos que tendrán un nuevo dueño más intransigente.

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Todos queremos la paz, pero todos no cenamos con tan fraternal merienda.

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Los unos no quieren y los otros tampoco. Eliminar uno de los malquerientes arregla las cosas. Espero estar en el bando precavido.

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¡Oh la guerra! No se puede prevenir porque los que la sufren no la deciden. Y cuando la deciden no la terminan.

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Ignoran que detrás de toda guerra hay un amor. Y poco sorprende que lo amado esté en el otro bando.

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La imbecilidad de los pueblos. Ven que un camino lleva a la guerra y lo convierten en una promesa.

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Los pueblos lloran a sus muertos. «Esa guerra no es nuestra», dicen. ¿De quién es? ¿Del guerrero que la hace o del tonto que la propicia? ¿Del inversionista que atesora las ruinas?

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La frontera que cruza el enemigo es más nítida que la que cruza el guerrero.

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La guerra no se trata de enemigos. Se trata de hermanos. ¿Quién puso el huevo de la discordia? Imagino que el pavo de acción de gracias.

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Los primeros caídos son un orgulloso trofeo. Luego los muertos se pudren en los caminos. Enterrarlos es imposible, llorarlos la única moneda.

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Dicen «paren la guerra». ¿Por qué no gritan «paren la guerra nuestra»?

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Entre más se intensifica la guerra, más se aplaza la derrota. Los derrotados mueren con la mente destrozada por lo inalcanzable.

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Los cobardes detestamos la guerra. Algunos contratan guerreros para que defiendan sus temores. Lamento ser un cobarde sin un peso en los bolsillos.

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Hay guerras y Guerras. La nuestra empezó hace decenios. Cada que termina, pronto arranca de nuevo. Nos alegra saber que se detiene durante algunos días.

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Las guerras más fáciles de perder son las bendecidas.

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Cuando me dan ganas de vivir, mi fusil logra su mejor puntería.

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Con estos bluyines y esta franela de colores, levanto mi voz contra toda guerra. El pájaro que me caga olvida que soy el que tiene voz.

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En la guerra no estoy ni con los de allá ni con los de acá. El que me va a fusilar no entiende mi neutralidad.

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Cuando estamos lejos de la guerra, compramos flores para celebrar la fiesta. Gritamos en mitad de la danza: «Abajo la guerra».

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Los que desestiman las guerras porque están lejos, olvidan que estamos en el mismo planeta.

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Cuando cantan «paz», dicen «guerra», y cuando vociferan «guerra», callan el lenguaje.

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No creo que las guerras se dejen de declarar. Son bastante productivas. No tanto en huesos rotos y vísceras reventadas: en preparar la siguiente guerra.

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Después de la pandemia, la guerra. El hombre siempre repite el pasado.

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La guerra no es producto de la oscuridad: es la luz del guerrero.

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Una guerra nunca plagia otra guerra. Es solo que el llanto de los dolientes gime de manera semejante.

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¿La guerra es producto del deseo del hombre de dominar al hombre? Se suele dominar a un hombre sin verter una sola gota de su sangre.

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El poder y la guerra se relacionan como el dinero y el poder. Si la guerra va por delante, el dinero recicla los huesos de los muertos para construir más bancos.

Grabado del pintor español Francisco de Goya, de la serie Los desastres de la guerra, realizado entre 1810 – 1815.
Foto: realacademiabellasartessanfernando.com

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¡Qué guerra tan valiosa: enseñó el papel de los ansiolíticos!

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Las guerras no se quieren, se imponen. Cuando se pueden evitar, el guerrero tiene pesadillas.

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“Nadie quiere la guerra”. Las mentiras se visten de camisas blancas.

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Después de las armas atómicas, pensar en la siguiente guerra es una carta en la mesa que no adorna los acuerdos.

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Al aprender a detonar esas granadas, el hombre obtuvo el diploma de artesano de resortes.

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Cultiva rosas para llevar a la tumba. Puede depositarlas en cualquier sitio. Toda la comarca es una tumba.

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¿Cuántas palomas pintarán? No hay paz sin conflictos, y no hay conflictos exentos de derramamiento de sangre.

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Toda guerra es nefasta. No se pueden evitar porque precisamente al ser nefastas, rinden.

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Para demostrar que tienen armamentos, algunos hacen la guerra; en cambio, los otros hacen armamentos para propiciar las guerras. Los primeros pierden muchos hombres, lo segundos llenan las arcas de sus patrones.

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Vender armas se hace con menos líos en los periodos de paz.

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Van hombres y mujeres jóvenes a la guerra. A los viejos les toca adoptar a los huérfanos de los vencidos. Es la justicia de los guerreros.

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¿Por qué los territorios no traen inscrito en su corteza a quién deben servir? Así, quienes ganan las guerras se llamarían como sus enemigos. Por ejemplo, Vladimir o Volodimir.

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Hemos querido ir más allá del mal para encontrar el bien. Por ello iniciamos la guerra.

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Ir a la guerra no es su obligación, es su destino. Toca escoger entre la tierra y el aire. No saber nadar da un respiro.

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Los jóvenes que mueren en la guerra les quitan a los viejos el único aliciente de la vejez: el esplendor de los que vienen.

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El frenesí de la guerra hace de la muerte un hecho anónimo. Las tumbas solo recuerdan el número del regimiento.

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Cuando la guerra llama a los viejos y los niños, a las mujeres se les encalambra el vientre. Toca alistarse para dormir con los enemigos.

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La batalla dejó a casi todo el comando muerto. Los héroes por fin conquistarán la tierra en disputa.

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La paz es el periodo en que se prepara la guerra.

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Mientras se anhela la paz, la guerra cumple su función: incentivar el mercado mundial.

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Le suelo dar la espalda a la paz. Al fin y al cabo, entre una guerra y otra, la ilusión de la paz muere pronto.

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Magnífico el desarrollo tecnológico de las bombas. No dejan nada qué enterrar.

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Para vender los armamentos pasados de moda, hacen la guerra en cualquier lugar del planeta.

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La espléndida producción de armamentos les permite donar las municiones para iniciar los combates.

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Tanto esfuerzo para enseñar a no matar, y con una declaración de guerra se dispara la orden: «mata». Hasta el cobarde tiene impulsos heroicos.

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Los militares no son el problema: son los hombres que dejan que otros decidan sobre la muerte.

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Un héroe tiene algo de tonto; en nuestros días puedes sumar a plenitud los sinónimos de imbécil.

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El otro como cosa permite la avanzada de una guerra. ¿Qué cosa es el poeta que cuenta esto?

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El amor entre dos combatientes del mismo bando les da aliento para sobrevivir a las bombas. En el fondo esperan que uno se sacrifique por el otro.

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La autonomía de los pueblos se acabó el 6 de agosto de 1945. Ese día sucedió el fin del mundo.

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Grabado del pintor español Francisco de Goya, de la serie Los desastres de la guerra, realizado entre 1810 – 1815.
Foto: realacademiabellasartessanfernando.com

Ya aconteció el fin del mundo. Poco se aprende después y se repite un nuevo fin del mundo.

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El amor entre combatientes de bandos contrarios es una oportunidad para el bando que mejor prepara infiltrados.

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Los que sobrevivimos al 6 de agosto del 45 llevamos en la piel el pellejo de los niños desintegrados. Ya no estamos a salvo.

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Unos recuerdan sus guerras con lágrimas; otros las proyectan con júbilo. Las guerras del pasado dejan leyendas, confesiones, pesadillas; las que vienen sueñan que matar será una fiesta para los sobrevivientes.

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Una vez la guerra sucede ya no se piensa: se actúa. La guerra carcome el pensamiento tentativo y se echa en brazos del pensamiento ejecutante como realización sin dilaciones. Es pensamiento que haciendo, deshace el mundo.

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La democracia no es la mejor forma de gobierno, pues cada que se hunde surge la guerra.

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El problema son las democracias fingidas y avaladas: impulsan la guerra y declaran que no incitaron nada.

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Es imperativo averiguar cuánto aportan las guerras de los países débiles a la democracia de los países fuertes.

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El conejo blanco le declaró la guerra al conejo negro. El conejo blanco mató al conejo negro. Le fue fácil al lobo devorar al blanco y guardar para el día siguiente al negro.

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Convertir a un hombre en asesino es posible, como habitual es convertir a una nación en asesina. Naciones que propugnan la paz hacen la guerra lejos de casa.

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Se necesitan dos para hacer una guerra. A mi país le basta con él mismo.

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Con al menos dos naciones se puede hacer una guerra. Si son hermanas prospera la contienda.

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Poseer cantidades de armamento avanzado implica declarar guerras. El truco está en que el vendedor de armas parezca un aliado.

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La escasez de material bélico hace de ese país fácil de conquistar. Hay que invitarlo a alguna alianza.

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Los criminales disfrutan de la guerra. Más la gozan las buenas almas cuando por fin tienen permiso de apretar el gatillo.

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La guerra deja en el campo de batalla al bueno y al perverso. Cuando nos pudrimos en los pantanos de una batalla, todos somos anfitriones de las moscas.

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Los grandes hombres que sobreviven a la guerra perdida ya no se suicidan: se exilian en islas paradisiacas.

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Tienen patria para sacrificarse. En nuestro caso solo tenemos regiones con gastronomías que engordan.

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Ante dos verdades imponderables, la guerra impone una. La verdad vencida resiste en medio de las cenizas.

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Quien gana la guerra tiene que preparase porque quien la perdió se alista para la venganza. Se necesitan palabras amistosas y no palabras humillantes ni ofensivas con el vencido, porque el perdedor las recuerda mientras incuba misiles.

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En las guerras no importa lo que se dice sino lo que se hace.

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Hechos que dan sentido a las palabras: la guerra como motor de palabras que cuando queman no mienten.

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La fortaleza de quien declara la guerra no cuenta con un aliado: el llanto de las multitudes en las plazas de las ciudades. Esas lágrimas son el último derecho indestructible de los pueblos del mundo.

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Las agencias de noticias que multiplican el llanto ante la guerra la aceleran.

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Lo que se dice durante las guerras oscurece lo que pasa, mientras lo que pasa revela el sentido de las palabras.

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El periodista que muere en el primer día de combates no solo es un mártir: es un jugador de la lotería de la sobrevivencia que no ganó.

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No transmita las balas. El horror transmitido ennoblece el corazón de los guerreros.

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Con cámara en mano cubrió el fusilamiento. Fue condecorado por los verdugos.

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La guerra es un asunto de machos, por eso cada misil semeja un falo.

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¿Cuántos hombres y mujeres han participado en las guerras? La mayoría de cada diez combatientes son hombres. No en Israel ni en los ejércitos irregulares.

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Nuestra guerra busca la reunificación de la gran madre. Es menos machista que terrícola.

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Discute la guerra con académicos. Ni un soldado entre tan sabio elenco.

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Nuestros métodos son patriarcales. Nuestras mujeres, patriarcales. Nadie puede pensar en dar vida, aunque el médico de guerra traiciona este ideario o es un combatiente en la sombra.

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Transmiten la guerra como una película de Hollywood.

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Era una guerra patriarcal. Dirigida por hombres, con contrincantes hombres, con mujeres en casa anhelando que sobrevivan algunos.

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El asunto de si las guerras son patriarcales no se puede medir solo en machos. Se trata de desarmar a los enemigos, sean patriarcales o matriarcales. Vencerlos es la meta, sean lo que sean.

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Llora aún a su hijo que falleció hace 50 años en la guerra de Argelia. El rostro desdibujado de ese soldado sobrevive en la foto. ¿Quién conservará esa foto cuando muera la madre?

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Grabado del pintor español Francisco de Goya, de la serie Los desastres de la guerra, realizado entre 1810 – 1815.
Foto: realacademiabellasartessanfernando.com

Por no dar vida los hombres la quitan con menos dramatismo. En cambio, las mujeres ven la guerra con ojos artísticos: defienden a los hijos como personajes de un drama que nunca termina de escribirse.

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¿La mano menos patriarcal renuncia al dinero?

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¿Cuál es el mejor botín de guerra? ¿Las mujeres? ¿Los niños? ¿Los generales? Quita el agua para ver cuánto aguantan. Es el anuncio de Numancia.

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Recibimos los restos. Un envoltorio de carne y huesos que el mensajero del ejército asegura que es nuestro hijo. Al menos podremos sepultarlo.

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Se iba al monte. Le dijeron: “Con esa espalda que solo soporta un tomo del Quijote, no superarás los aperos de la guerra. Además, no tienes piernas sino patas: son rígidas, arrastran los pies. Y con esas gafas no podrás ver un alambre en la oscuridad”.

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Si tu hermano olvida las municiones por segunda vez hay que fusilarlo. Mejor la bala del hermano.

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Engaña a tus hombres. Que mueran convencidos sirve de alimento a los sobrevivientes.

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Cuando ganamos un combate, agradecemos encontrar agua, una lata de alimento para gatos.

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No morí en los primeros días. Espero llegar a los últimos. ¡Qué el último día no sea el último!

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Blablablablá. Ya es hora de callarse y decidir.

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La victoria es un anhelo al principio de la guerra; luego, el suspenso en el que cabalga el mañana.

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Tarde o temprano hay que escoger un bando.

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Emprender una guerra sin minutos de tregua es el plan del enemigo. Solemos dar esos minutos.

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Esta guerra se alarga. Acabará con la familia. Ciega la abuela en el sótano con una pistola en la mano, conserva la fe.

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“Emprender una guerra como quien hace pan” es una frase que redacta un miserable en un sillón mullido.

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Las guerras entre más cortas, más certeras. Entre más largas, más crueles. Toca sacrificar hasta la madre.

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Contemplar un montón de muertos enemigos unos segundos es un invaluable premio que fustiga el recuerdo de la familia.

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La retirada es una derrota. También la lucidez.

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Cuando dejamos de reconocernos, sobrevivimos.

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Al perder territorio el alma se encoge en una sola palabra: «Matar».

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El lenguaje no descifra los gestos de la política, la política entiende el lenguaje de los contendientes.

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De los dos bandos, el que manda está fuera del territorio en disputa.

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¡Que el fin del mundo de nuestros días nos deje meses para otros finales!

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24 de febrero de 2022: la vida busca protegerse por sendas de sangre. Quizá solo encuentre la extinción.

Marzo de 2022.

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