Crítica

Mickey 17: ¿Qué se siente morir?

Por: Ida Valencia Ortiz
Profesora de la Escuela de Estudios Literarios, Univalle

Robert Pattinson (Mickey Barnes) y Naomi Ackie (Nasha Barridge). Foto: Warner Bros Pictures.
Robert Pattinson (Mickey Barnes) y Naomi Ackie (Nasha Barridge).
Foto: Warner Bros Pictures.

La reciente película escrita y dirigida por Bong Joon-ho (1969) plantea una distopía en la que se retoman diferentes aspectos en torno a la exclusión, el fanatismo religioso, la esclavitud, la eugenesia y la futilidad de la vida humana. Este filme es una adaptación libre de la novela Mickey7, del escritor y científico estadounidense Edward Ashton, que cuenta la historia de Mickey Barnes, y fue declarada como libro del año 2022, dada su pericia para ficcionalizar temas cuánticos.

El filme nos cuenta la expedición para colonizar el mundo helado de Nifilheim. Durante este proceso se ejecuta un proyecto de clonación, en el que se crean réplicas humanas para usarlas como armas, como seres de laboratorio en los que se prueban variados y tortuosos experimentos; allí trabaja Mickey17, un prescindible que debe nacer y morir muchas veces cruel y dolorosamente.

En un ya reconocido ambiente cinematográfico de naves interplanetarias y regímenes totalitarios, se desarrolla esta historia que revela lo peor del ser humano como invasor y colonizador, aquél que utiliza las doctrinas religiosas para crear una secta megamillonaria, exitosamente capitalista y salvaje, dueña de las enfermedades y de las medicinas, de la fe y de la coacción.

El reparto es acertado e impactante. Mark Ruffalo interpreta a Kenneth Marshall, un villano perfecto, detestable, egomaniaco hasta la estupidez, esposo de Ylta (Toni Collette), una villana al mejor estilo de las mujeres patriarcales, enfermas por el poder. Robert Pattinson encarna a Mickey17 ejerciendo una esquizoide interpretación de clones con diferentes comportamientos y emociones. Es de resaltar también la actuación de Naomi Ackie en su personaje de Nasha Barridge, que es decisivo para la resolución de la historia.

Esta producción del premiado director surcoreano ahonda en cuestionar la naturaleza humana y su prevalencia hacia la sumisión o la rebeldía. Al elegir la voz en off de Mickey como narrador de su propia historia, la película toma un tono intimista y sarcástico, pone sobre la palestra la necesidad de mirarse a sí mismo como otro, evidencia la necesidad de considerar el dolor de los demás, cuestiona el descaro de los manipuladores y de los asaltantes de la fe.

La estrategia de la narración en primera persona potencia la crueldad del experimento, la insensibilidad empresarial frente a la vida de sus trabajadores, que es tan severa, que los contrata para decidir cuándo les asesina y cuándo los re-crea. El tono que toma este relato llega al humor ácido porque, irónicamente, Mickey17 debe reconocer, clonación tras clonación, el significado de la vida y de la muerte, y soportar dolores de todo tipo en favor del progreso científico. Así, el cúmulo de vejaciones, el miedo metafísico y un error cuántico le hacen cuestionarse su docilidad subyugada y permitir la transformación, de la mano de su otro yo, de su versión picante.

Esta producción del premiado director surcoreano ahonda en cuestionar la naturaleza humana y su prevalencia hacia la sumisión o la rebeldía.

En este proceso, Mickey17 descubre también la capacidad de comunicarse más allá de su condición predeterminada, hallazgo que se da gracias a la sensibilidad que aún conserva, cierta inocencia pasiva que le lleva a conectarse sensitivamente con otros seres humanos y no humanos. Este comportamiento es definitivo para la resolución de la historia.

La calidad de su estética kitsch trae en palimpsesto a las hilarantes producciones de Terry Gillian ―por ejemplo, en Brazil o en 12 monos―, estilo impactante que puede ser consumido como “puro entretenimiento” y, a la vez, como una producción que invita a reflexionar sobre los alcances del poder totalitario, sobre el futuro de la humanidad a expensas de la guerra y de la explotación indolente de la vida animal humana y no humana.

Con Mickey17, Bong Joon-ho reafirma su calidad como director que se arriesga a encarar finamente grandes problemas humanos, desde Barking dogs, never bite ―su debut como director en el 2000―, pasando por Mother (2009), hasta la aclamada Parasites (2019), el director surcoreano da cuenta de una interesante transformación creativa que nos hace esperar con ánimo su próxima obra The valley (2027).

Bong Joon-ho y Robert Pattinson. Foto: Tomada de a24.com
Bong Joon-ho y Robert Pattinson.
Foto: Tomada de a24.com

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