El oro: entre la mística antropológica y el valor de cambio
Diecinueve artículos integran esta nueva edición de Gaceta. La temática, cuidadosamente enfocada a analizar la presencia del oro en nuestras comunidades originarias, permite al lector profundizar su interpretación en torno al significado de este elemento tan venerado por unos y codiciado por otros. Valor de cambio y valor simbólico coexisten en una ecuación que muchas veces se inclina a favor del interés mercantil.
Por: Alejandro Alzate

Podría parecer innecesario que una publicación reflexione hoy sobre el oro, sobre su valor esencial y cultural; no obstante, la importancia de una apuesta editorial así se legitima en la medida en que las sociedades actuales se han alejado de su valor simbólico para sobre imponer la plusvalía mercantil del metal. En ese sentido, Gaceta revisa no solo qué es el oro, sino cómo se ha asumido a lo largo de la configuración de nuestra historia.
Conforme se indica en el editorial de la edición, “el resplandor del oro es más que un mero reflejo, más que un fenómeno que se percibe ópticamente; según los indígenas, contiene una gran energía que se transmite a los seres humanos, y que, en toda su esencia, es fertilizadora. En las cadenas de asociaciones simbólicas el oro es luz, color, semen y poder”.
Lo anterior nos lleva a pensar en una categoría material que va mucho más allá de lo transaccional. Una vez que el oro se asume como algo genésico (fertilizador, dice el texto) se establece el vínculo entre la creación del universo y los complementos culturales que lo explican. Así, entonces, el metal deja de ser precioso solo por su precio y pasa a serlo por su valor a la hora de cohesionar sociedades. Adicionalmente, el vínculo entre la génesis universal y la mitología que la explica se sustenta en un aspecto importante: la relación oro-sol, es decir, la capacidad de alumbramiento que, a la larga, es sinónimo de nacimiento al mundo, emergencia e irrupción.
Dicho lo anterior, llama la atención el análisis que se plantea en “Cuando el hombre corrompió al oro”, ensayo en el que se establece un contraste entre el relacionamiento de los indígenas y los europeos con el codiciado metal. Mientras que los primeros los percibían como una cosa/tesoro resplandeciente, cuya presencia en sí permitía honrar a los dioses, los animales y las cosas, los segundos lo percibieron como “una cosa inane, desprovista de aspectos mágicos”. Más allá de juzgar lo pertinente o no de estas concepciones, lo valioso es entender cómo, en tanto objeto, el oro tuvo ―y tiene― la capacidad para reflejar la memoria del mundo, siempre tan multiforme y variopinta.
…esta edición de Gaceta arroja muchas preguntas. Cada lector, en ese orden de ideas, habrá de encontrar las claves que le permitan no solo responderlas, sino entender que nuestra herencia amerindia sigue marcando, hasta hoy, las interpretaciones que tenemos del mundo, de la cultura y de nuestras formas de interrelación con lo concreto y lo simbólico.
Resulta interesante analizar cómo las lecturas del mundo difieren tanto y crean, a su vez, muchos mundos. En unos, la culpa y el castigo por la posesión opacan la vida de comunidades enteras; en otros, la tenencia ilumina y estimula la codicia, que vista en perspectiva, es la que corrompe las cosas. Certero es el autor de “Cuando el hombre corrompió al oro” al señalar que “la Conquista consolidó, sin embargo, una nueva visión sobre las riquezas. Se trató de la posibilidad de adquirirlas y beneficiarse de ellas, siempre y cuando se hiciera con culpa; con la responsabilidad de que las riquezas cumplieran, al menos en parte, una misión divina. Para ello fue necesario crear un lugar en el más allá que no correspondiera ni al infierno ni al cielo, es decir, el purgatorio. A ese lugar irían los burgueses, pero podrían salir mediante la reparación. Ser bondadoso, fundar hospitales, becar estudiantes y cuidar de los ancianos se consideraron actividades que ayudarían a sufrir menos tiempo en las llamas del más allá. La magnanimidad de los ricos los ayudaría a librarse de sus merecidos castigos”.
Una vez burlada la espiritualidad del oro, lo que queda claro es que el encuentro entre los mundos europeo e indígena fue dramático y ordenador de nuevas realidades. Aparejado a él vinieron el monoteísmo, la religión, la Iglesia y las interpretaciones acomodaticias de qué era lo bueno y lo malo. Como si esto fuera poco, la concepción mercantil de los metales afectó algo sagrado: la capacidad de metamorfosis o transformación que les habían atribuido los pueblos originarios. Esto, en su sentido más espiritual, chamánicamente hablando, significa que el oro-objeto abandonaba su capacidad para ayudar al perfeccionamiento comunitario para convertirse en sinónimo de lucro, codicia y poder.
En relación con esta última categoría vale la pena referir lo siguiente: así como en la Conquista tener oro permitió fortalecer el poderío económico español, hoy, en las comunidades campesinas de América Latina, su cuidado, vinculado a la preservación de las regiones geográficas en las que existe, también se traduce en acción política, poder y lucha. Esto, aunque pueda parecer pelea de David contra Goliat, es importante porque reivindica la memoria de los pueblos de antaño, esos que siguen iluminando las conciencias de los pueblos de hoy.
Finalmente, cabe mencionar que esta edición de Gaceta arroja muchas preguntas. Cada lector, en ese orden de ideas, habrá de encontrar las claves que le permitan no solo responderlas, sino entender que nuestra herencia amerindia sigue marcando, hasta hoy, las interpretaciones que tenemos del mundo, de la cultura y de nuestras formas de interrelación con lo concreto y lo simbólico.



