La mirada de los huéspedes: Crónica sobre la expedición a Guapi realizada en 1963
La expedición a Guapi, realizada entre el 19 de diciembre de 1963 y el 3 de enero de 1964, nació en el seno de la comisión consultiva del Departamento de Investigaciones Folklóricas del Instituto Popular de Cultura, conformada por Delia Zapata Olivella, Iván Chatain, Luis Carlos Figueroa, Enrique Buenaventura, Juan Ocampo y Octavio Marulanda. Se realizó con el objetivo de rescatar las manifestaciones del folclore nacional, las cuales se encontraban en riesgo de desaparecer. Esta excursión investigativa pretendía estimular las expresiones autóctonas, la vinculación de estas a la cultura nacional y su divulgación.
Por: Centro Virtual Isaacs

Foto: Centro de Documentación del Instituto Popular de Cultura, IPC.
La cinta magnetofónica número seis de 1964, recolectada por Luis Carlos Espinosa y Enrique Buenaventura, conserva una loa recitada por la voz de un hombre que podría imaginarse con múltiples rostros. El tono susurrante y el ritmo pausado, parecen sugerir que esa voz proviene de una estructura ósea frágil, dos manos temblorosas y un entrecejo certero. Dice para los suyos y para los otros que observan: “(…) seguí con vosotros sin honor/ señores los que vivimos/ en este triste destierro/ examina la conciencia/ mira que tiemble el infierno/ El infierno es un lugar/ di una degurida de fuego/ que cayendo un alma allí/ nunca puede tener sosiego/ mirá que mira dios/ mirá que te está mirando/ mirá que te has de morir/ mirá que no sabés cuándo/ pastores viene acá/ sigamos para adelante/ vamos a ver a María/ que es la madre del infante/ He dicho sea para bien. Terminada la loa, el semblante del hombre imaginado desaparece. Al cabo de unos segundos, otra voz irrumpe y el necesario ejercicio de atribuirle un rostro, vuelve a gestarse.
El 19 de diciembre de 1963, cercado por las aguas del Océano Pacífico, Octavio Marulanda emprendía en compañía de Delia Zapata Olivella, Rafael Arboleda, Misiá Berenice, Juan Ocampo y Jorge Sánchez, su segundo viaje hacia Guapi. El clima espléndido, susceptible a ser descrito por cualquier marinero bajo el dicho “buen tiempo y buena mar”, hizo que el viaje fuera estable y regularmente cómodo. Diría Marulanda, en una carta dirigida a Maruja Rengifo: “Nos arreglaron algunas literas, pero aunque dos o tres durmieron en la borda, nadie se quejó en verdad. El arribo fue a las 11 de la mañana y todo el mundo nos estaba esperando”. El almuerzo improvisado con galletas, sardinas y dulce que los viajeros comieron silenciosamente, los mantuvo hasta el anochecer. Esa misma noche, después de una cena descomunal, el grupo inició los ensayos de grabación y filmación con un conjunto dirigido por el famoso músico Agustín Aguirre. En la misma carta dirigida a Maruja, Marulanda expresó que a partir de ese día “comenzó a manifestarse con amplitud el espíritu de colaboración de la gente”.
Antes de emprender esta excursión, la comisión del Departamento de Investigaciones Folklóricas del Instituto Popular conformada por Octavio Marulanda, Iván Chatain, Luis Carlos Figueroa, Enrique Buenaventura y Juan Ocampo, realizó un primer viaje con el propósito de construir un mapa folklórico, elaborado a partir de un “campo de operaciones”. El recorrido a través de las calmas aguas del río Guapi, les permitió divisar un panorama inesperado: una frontera de expresiones folklóricas compuesta por la comunidad negra y la comunidad indígena. Gracias a su estadía durante varios días, el grupo logró apreciar con mayor detalle el panorama apenas insinuado: por un lado se encontraban las comunidades de color radicadas en el puerto de Guapi, en los poblados y veredas de Saija, Timbiquí, Iscuandé, Guajuí, Calle larga, Santa María, Limones, Belsitas y San Francisco; por otro lado, la comunidad de la tribu de los cholos, la cual recorre las orillas de los ríos y las vegas en busca de alimento a causa del lento proceso de desintegración que les ha obligado a abandonar su lugar natal. El aspecto que más impresionó al grupo fue descubrir que ambas comunidades no se relacionaban recíprocamente, aunque compartieran un medio ambiente en común.
El 20 de diciembre, después de un caluroso recibimiento, Luis Carlos Espinosa —a quien Marulanda describe como un hombre que “se ha dado una rejuvenecida espantosa”— inicia las primeras grabaciones musicales. Con el ánimo de registrar arrullos, alabaos y canciones de Boga, entrevista al Grupo Litoral Pacífico Guapi, conformado por adultos mayores dedicados al oficio de la agricultura, pesca y carpintería. Entre ellos sobresale la voz de León Torres, un flautista de setenta y cinco años dedicado a la agricultura. Cuenta con un tono vehemente y a la vez sutil, su breve historia: “Llegué a Guapi en 1905 y desde entonces he vivido aquí. Desde muy joven me gustó tocar la flauta; en un principio lo hice por accidente, luego se me empezó a volver una costumbre. Con mis maestros Seberino Campa, Lorenzo Dolla, Daniel Perea, José Domingo Ruiz y Antonio García, aprendí a tocar la flauta y toda clase de instrumentos del Pacífico; sin embargo ahora me dedico a tocar la flauta metálica”. La voz de León Torres se dispersa suavemente entre las notas de un arrullo dedicado a San Antonio: “Ese niñito que nace/ mírenlo que llora en el portal de belén/ por llegar a él cuesta/ hay que volvé/ ay niñito mío niñito/ más no puede volvé”. La voz de Espinosa reaparece, introduciendo una apreciación técnica dirigida a su compañera magnetofónica y a él mismo: “Los arrullos están dedicados preponderantemente a celebrar las festividades navideñas, por esa razón aceptan gran variedad de ritmos y géneros de danza. En estos se mezclan bambucos, jugas, currulaos y bundes dedicados a San Antonio. El bambuco que acabamos de escuchar, estuvo acompañado por la flauta, el bombo y un redoblante”. De pronto, como si una pausa involuntaria se hubiera introducido en la cinta, silenciando a su vez las voces de los hombres, suena una breve canción de boga: “Ay mamá Inés papá José/ lo cocinero tomamo café (bis)/ señores hasta mañana/ que ya me voy a dormí (bis)/ ay mamá Inés papá José (tres veces)”.
Pasada la noche en un lugar donde “no hay luz ni esperanza de tenerla”, Marulanda recorre el pueblo y las orillas del río Guapi en compañía de Delia Zapata y Juan Ocampo. Confiesa, en la multicitada carta dirigida a Maruja Rengifo: “Poco a poco el contacto con las gentes nos ha ido dejando al descubierto un curioso fenómeno de decadencia cultural: en el pueblo las tradiciones se han desintegrado, pero en las orillas del río Guapi y en las zonas interiores, el folklore se mantiene aún palpitante”. Durante ese recorrido, logran filmar y grabar las manifestaciones de algunas familias, las cuales interpretan y bailan bambucos viejos, currulaos, bundes, bostos, polkas brincaditas y jugas bundeadas. Pasado el día y a altas horas de la noche, protegido bajo “un lindo quiosco público” donde la luz ilumina divinamente, Marulanda escribe uno de los párrafos más valiosos de su carta dirigida a Rengifo: “El folclore se esconde bajo una gruesa capa de circunstancias imprevistas, que sólo se despejan con paciencia y buen criterio. Hemos acumulado mucho material de interés, pero la riqueza subyacente en el alma de estas gentes nos impele a trabajar cada día con más interés”. Añade que durante la mañana, mientras las calles se inundaban con la grácil lluvia y los ritmos atestaban todos los rincones del pueblo, hallaron al verdadero genio analfabeta: Pastor Castillo. Las cintas magnetofónicas registraron el poema que este trovador, compañero del bosque y el mar, escribió para una “niña de ojos acariciantes”: “Ojos como el día radiantes, / grandes como una alborada: / dadme una sola mirada/ ojos negros y brillantes”.

Delia Zapata Olivella y Juan Ocampo en Guapi.
Foto: Centro de Documentación del Instituto Popular de Cultura, IPC.
Es 24 de diciembre y el clima no mejora, “ha llovido mucho y todo se ha trastornado”. Sin embargo, diría Marulanda, el entusiasmo de la gente es invencible. En las calles, atestadas de ancianos y jovencitos, es posible apreciar un fenómeno espectacular y hermoso: la construcción de las balsadas. El procedimiento, que el grupo ha podido apreciar, inicia con una minga de vecinos que trabajan fervorosamente en la recolección de madera y la fabricación de adornos. Sobre un planchón de canoas bien amarradas, envuelto en los más cuidadosos trabajos ornamentales, surge el monumento al niño Dios: telas brillantes, papeles de color, lentejuelas y objetos de vidrio, adornan su recinto. Terminada la decoración, los músicos, cantadores, cantadoras, vecinos y bogas, se introducen en la balsada al son del bambuco, currulao, bunde, juga o arrullo simple. Al llegar al pueblo, las diversas balsadas se encuentran, formando en tierra una procesión conmovedora. Finalmente los niños son colocados en el gran pesebre de la parroquia y la gente, entusiasmada al observar la perfecta sincronía de las cunas, continúa la celebración.
Los días siguientes, Marulanda manifiesta a Rengifo sentirse preocupado porque se ha “consumido más de 20 rollos y aún nos falta la mayor parte del material de importancia”. Aunque no ha llegado el año nuevo, los vecinos prometen anticiparles la canción del Hojarasquín del monte, una conmemoración coreografiada donde un grupo de personas se disfrazan con las hojas del árbol Pacora y ejecutan movimientos circulares hasta despojarse de sus hojas. Mientras el equipo imagina la representación, los vecinos cantan al unísono: “Hojarasquín del monte (bis)/ vo de donde vení/ vengo de la selva (bis)/ vengo poraquí”. De ese modo, aunque el seis de enero parezca una fecha lejana, el equipo logra presenciar fragmentos de una de las celebraciones más representativas de Guapi. El documental Guapi, ritmo y balsada, montado a partir de imágenes y grabaciones recolectadas por el grupo, describe la celebración de este modo: “el ritmo sigue triunfando, y los hojarasquines avanzan entre un rumor de hojas, que de inmediato evoca el paso de la brisa marina entre la selva del litoral”. Centrado en la magnificencia de las celebraciones, el documental culmina: “Batallan nuevamente los fuegos artificiales: diríase que sobre las aguas del río se precipitaran todas las constelaciones del cielo tropical. Guapi, símbolo racial y escenario inolvidable, es un privilegiado rincón de la patria colombiana” aunque, como diría Marulanda, “no exista para el gobierno central”.



