Una palabrera en lengua alijuna
La escritora y abogada Estercilia Simanca fusiona en su vida y obra el mundo wayuu y el alijuna, el derecho y la literatura.
Por: Damián Bueno
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Foto: loqueleo.com
“¿Cuánto durará este encierro que me hace sangrar?”. Se pregunta Iíwa Kashí, la protagonista de “El encierro de una pequeña doncella”, cuento de la autora y abogada Estercilia Simanca que aborda el papel de la niña que se convierte en mujer en la sociedad wayuu. Este cuento, además, ostenta el reconocimiento de finalista en el XI Premio de Literatura Comfamiliar del Atlántico en el 2003, así como una mención en la lista de honor del 2006 de la Organización Internacional para el Libro Juvenil.
“Surgió cuando llegué de visita a la ranchería Cucurumana”, explica la autora en una entrevista. “En esos días comenzaba el encierro de una doncella. Yo quise verla, pero no pude porque no hago parte de su clan: ella es Uriana y yo soy Pushaina. Eso, por una parte, y por la otra, yo no pasé por el encierro, y según los viejos, las mujeres que no pasan por el encierro son consideradas Irama: ciervos eternamente infantiles y rebeldes”.
Estercilia Simanca nació en 1975 en la comunidad indígena El Paraíso del resguardo Caicemapa, ubicado en el municipio Distracción, La Guajira. Pertenece al clan Pushaina, que significa Los hirientes o Los de sangre ardiente, y cuyo tótem o animal protector es el Wakiros, ko´oi, (el puerco). La autora estudió en el Liceo Latinoamericano de Maicao y se graduó como abogada en la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla. En su sitio web manifiestanosaberfirmar.blogspot.com se describe como Teeya, una wayuu urbana.
Sus inicios en la escritura se remontan a su época universitaria. En ese momento, Estercilia escuchó la posibilidad de entrar a un concurso de poesía. Sus padres, no obstante, trataron de no alentar esa vocación por temor a la creencia aún arraigada de que los escritores se mueren de hambre. Por su parte, ella decidió participar y envió las primeras líneas de lo que más tarde se volvería “El encierro de una pequeña doncella”. Después de este, llegarían muchos más cuentos, compilados en 2017 en la antología Por los valles de arena dorada.
Un tema constante en el mundo poético de Estercilia es el encierro, una costumbre por la que pasan las niñas wayuu al momento de tener su primera menstruación. Marca la entrada a la madurez y consiste en purificar a la iniciada a través del aislamiento y la dieta estricta; ningún hombre tiene permitido entrar al recinto en esta época. El incumplimiento de alguno de estos pasos llevará a terminar el encierro prematuramente. Tal fue el caso de la madre de Estercilia, a quien durante el encierro le fue proporcionado un guineo maduro, dando como resultado que no pudiera terminar su encierro ni realizarlo en un futuro para su hija.
En marzo de 2007, la escritora participó en calidad de invitada internacional en el VI Encuentro Nacional de Mujeres Creadoras de Sueños y Realidades Las Mujeres Indígenas en el Arte en Hermosillo, México. Fue participante del VI Encuentro Internacional de Escritores en Lenguas Indígenas en 2009 durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En Caracas, Venezuela, fue invitada al foro La Nación Wayuu en la literatura y la palabra, por el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, que se llevó a cabo en junio de 2013. Asimismo, ha recibido invitaciones por parte de la Universidad de Pittsburgh (Pensilvania), Carolina del Norte en Chapell Hill y la Universidad de Georgetown en Washington D.C.
Un tema constante en el mundo poético de Estercilia es el encierro, una costumbre por la que pasan las niñas wayuu al momento de tener su primera menstruación. Marca la entrada a la madurez y consiste en purificar a la iniciada a través del aislamiento y la dieta estricta; ningún hombre tiene permitido entrar al recinto en esta época.
Aunque Estercilia reconoce que, en su mayoría, son los turistas quienes han promocionado sus libros y los han dado a conocer en muchas rancherías, en sus cuentos podemos encontrar retratos de la vida wayuu contemporánea. Sus protagonistas son niñas y mujeres que coexisten entre el mundo alijuna y los saberes milenarios de la Península de la Guajira, cuna de su autora. Así como Iíwa Kashí hace las paces con el encierro de la mano de Waleket, la legendaria araña que le enseñó a los wayuu a tejer, Estercilia encontró la manera de dar a conocer su nación a través de sus letras, al tiempo que buscaba justicia para sus coterráneos, quienes en varias ocasiones se han visto afectados por las políticas racistas y centralistas de Colombia. Tal es el caso de otro de sus relatos más conocidos, “Manifiesta no saber firmar”, el cuál fue posible gracias a un proceso de autofinanciación por parte de su padre y un fondo mixto en la Guajira.
El cuento recibió una mención de honor en el Concurso Nacional de Cuento Metropolitano de la Universidad Metropolitana de Barranquilla en el 2004 y se presentó en la Feria del Libro de Bogotá. En él, se describe cómo alijunas provenientes del interior del país, con nombres y dinámicas de poder nunca escuchados en la Guajira como candidato, Gobernación, alcalde y senador, llegaban a rancherías buscando el voto de indígenas incautos, a quienes, sin explicarles el ejercicio de la democracia o siquiera preguntarles si querían hacer parte de este país de mestizos llamado Colombia, se los registraba con nombres inventados por funcionarios de la Registraduría que no reconocían que en la cosmogonía wayuu la edad no se mide en años ni en calendarios solares, sino en lluvias, en lunas o demás fenómenos meteorológicos, razón por la cual en las cédulas de hombres, mujeres, jóvenes y viejos se leía “nacido el 31 de diciembre”.

Foto: Escuela de Estudios Literarios, Univalle.
“Desde pequeña siempre me llamó la atención que la mayoría de los miembros de mi familia materna manifestaran en sus documentos de identidad ‘no saber firmar’, y que, además, todos hayan nacido un 31 de diciembre, por lo que un tiempo creí que todos los Pushainas nacían en esa fecha. Les prometí a todos que, cuando yo creciera, haría una fiesta de cumpleaños a todos los Pushainas que había en la península de La Guajira, porque todos habían nacido un 31 de diciembre.
“¿Ahora qué vas a hacer?”, le preguntaron cierta vez en un congreso. Y Estercilia, no contenta con hacer la denuncia literaria, respondió con su acento costeño de oraciones cortas pero contundentes: “Una demanda”. Ya en el vuelo de regreso a casa, le daba vueltas a aquella consigna, imaginando cómo dar la primera puntada. Agotó, entonces, las vías administrativas y se agotó a sí misma recibiendo las respuestas de la Registraduría, tal vez pensando que se intercambiaba cartas con un personaje de su cuento, en lugar de con una persona real, quien le decía que no se podía hacer nada, que si los wayuu se llamaban así era porque así se quisieron llamar. De aquella experiencia, su autora concluyó que, así como hay cuentos que terminan en demandas al Estado, hay peticiones y demandas que terminan en cuentos.
Las mujeres de Estercilia, al igual que ella misma, atraviesan una metamorfosis que les permite ser libres de deambular por la tierra, sin necesidad de renunciar al mundo wayuu o al alijuna; sus protagonistas perviven en ambos y sacan lo mejor de cada uno para sí mismas.
De este cuento, además, nace el documental Nacimos el 31 de diciembre, dirigido por Priscila Padilla, el cuál ganó en 2012 el premio principal en la primera Bienal Continental de Arte Indígena Contemporáneo, otorgado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA). En el documental se evidencian las batallas legales de Estercilia para defender los nombres reales de sus coterráneos frente a la negligencia del entonces registrador, quien se negaba a realizar otra jornada de registro y pretendía que los mismos wayuu pagaran por esta.
Sin embargo, Estercilia ha tenido que hacer uso de la misma fuerza de carácter con que se ha tenido que enfrentar a la burocracia alijuna para que en el país se reconozcan y respeten las costumbres wayuu; para alzar su voz, gruesa y altisonante, en sus propias palabras, y contradecir a sus mayores y reprenderlos, aun siendo menor de edad, por permitir que hombres con muchas lluvias encima desposen a las niñas, primas y compañeras de juego de la escritora.
“No se los decía con grosería, sino con carácter”, explica la escritora y abogada, y es ese mismo carácter contestatario y cosmopolita que le ha ganado el adjetivo de julamía, mujer cuya dote supone una suma impagable para los hombres wayuu. Pero no es la dote la que convierte a Estercilia en una julamía, sino su formación y el hecho de que, en las reuniones típicas, en lugar de quedarse con las mujeres, la escritora deseaba integrarse a las conversaciones de hombres y mujeres por igual.
De hecho, la escritora Estercilia Simanca, ha sabido integrarse muy bien, no solo a su herencia wayuu, sino también a la alijuna, por parte de su padre; puesto que el linaje de su comunidad se hereda por vía materna, Estercilia y su hija pertenecen a una saga milenaria de mujeres wayuu. Y tal vez por lo mucho que exalta esa faceta, ha recibido varios reclamos de su padre para reconocer también su otra mitad alijuna.
Está siempre el mestizaje presente en la vida de la escritora, desde donde se deriva en su ejercicio de abogada y en su literatura, la cual reconoce influencias variadas, tanto de autores como Miguel Ángel Jusayú y Vicenta Siosi, como de Juan Rulfo y García Márquez. Por su manejo de la palabra y su carácter tantas veces mencionado y defendido, es a ella a quien siempre acuden para buscar mediación en casos que otros abogados no desean tomar; entonces adopta rol de los palabreros, pero en lengua alijuna, ya que su madre, para evitarle dificultades en la escuela, no le enseñó a hablar wayuunaiki.
De esta manera, el universo literario de Estercilia está provisto de posibilidades. Julamías a quienes se les permite vivir con su dote y gastarla para ellas mismas; doncellas que regresan del encierro a seguir estudiando. Sus visiones, ya que ella no se imagina nada, narra lo que ve, son un espejo donde reconocer los mitos y la cultura wayuu, incorporados al lenguaje y la forma de vida del país, que, debido a nuestro pasado colonial, se nos ha impedido ver. Las mujeres de Estercilia, al igual que ella misma, atraviesan una metamorfosis que les permite ser libres de deambular por la tierra, sin necesidad de renunciar al mundo wayuu o al alijuna; sus protagonistas perviven en ambos y sacan lo mejor de cada uno para sí mismas.



