Cruzando fronteras: a cien años de La Vorágine
Durante los cien años que lleva de publicada esta novela, han sido muchas las valoraciones críticas que ha recibido. En ese orden de ideas, y con el propósito de reflexionar sobre las implicaciones que la misma ha tenido en el desarrollo de la literatura colombiana contemporánea, la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle ha realizado el simposio que da título a esta breve reseña. Véanse, a continuación, algunas ideas centrales del evento que tuvo lugar los pasados 30 y 31 de mayo.
Por: Alejandro Alzate

Con La Vorágine (1924), la literatura colombiana tuvo un segundo momento de despegue e internacionalización. Si con María Jorge Isaacs puso en tensión los valores y prácticas políticas, civiles y culturales dominantes en Colombia durante el siglo XIX, lo realizado por José Eustasio Rivera permitió configurar una interpretación del hecho literario mediante la cual fue posible juzgar procedimientos atroces. Con esto nos referimos a los dramas de la explotación cauchera, al aniquilamiento de comunidades indígenas enteras, a la discrecionalidad de la ley local frente a los intereses económicos transnacionales, y al atropello ambiental y ecológico que han puesto en evidencia las lecturas ecocríticas de la obra.
Desde esa perspectiva, ciertamente reivindicativa y humanista, volver la mirada sobre La Vorágine es, como lo mencionó en la apertura del evento el decano de la Facultad de Humanidades, profesor Darío Henao Restrepo, fundamental para que todos los colombianos ―en especial “los habitantes de la cuenca andino-amazónica” ― conozcamos la real dimensión del drama humano surgido a raíz “de la explotación a través de la economía del endeude y de las afectaciones climáticas generadas por un capitalismo que no se detiene”.
Desde esa perspectiva, y como lo sugiere Leonardo Ordoñez, La Vorágine es un texto vigente en la medida en que permite pensar una transición que va desde “el influjo del clima sobre los seres organizados, hasta el impacto de los seres humanos sobre el clima”. Según anotó el investigador, esta novela se “lee cada vez más porque testimonia el giro de los tiempos y el impacto ecológico sobre el planeta”. En su calidad de documento, la obra tiene las claves para indagar aquel correlato ecológico que clama por atención y acciones decididas de preservación. Si de las consecuencias que se derivan de la explotación del caucho cabe hacer un comentario, este no podría omitir la siguiente reflexión: si bien en el pasado las comunidades indígenas usaron este material para fabricar pelotas o telas impermeables, hoy en día, y desde mucho antes de la publicación de La Vorágine, la industria europea vio en este elemento, también conocido como siringa, un importante dinamizador de la economía; sobre todo, a partir de 1887, momento cuando empezó en firme la fabricación de neumáticos. Desde la observación americanista e históricamente crítica, resulta muy loable que la novela de Rivera sea tan fina en el mapeo de una degradación ambiental sistemática y creciente. Si bien el interés del escritor no era, precisamente, ocuparse del drama ecológico, la riqueza de su texto estriba en que permite extender los horizontes de lectura hasta ese tema; tan lamentable y apremiante al mismo tiempo.
Con el ánimo de profundizar en torno al drama que generó ―y genera ―la industria del caucho, basta traer a colación algunas de las consecuencias más nefastas que se derivan de su explotación. Entre ellas, se destacan el incremento de los monocultivos, los daños por la mala gestión y reciclaje de desechos resultantes del proceso de extracción, la descolocación espacial de la especie por traslado a otras regiones geográficas, y la esclavización de las poblaciones aledañas a los centros de acopio. Observada así, la lectura propuesta por el profesor Ordoñez sirve para desmontar, o por lo menos poner en tensión, las interpretaciones tradicionales que clasifican el texto como selvático o expresión manifiesta del drama entre civilización y barbarie únicamente.
Una lectura en cierta medida complementaria a lo hasta aquí expuesto, fue la propuesta por el profesor e investigador Fabio Gómez Cardona. Durante su disertación, el académico aludió a la relación “dialógica e intertextual” que existe entre la novela y los grandes mitos amazónicos, es decir, “el viaje de la anaconda sagrada y el Yuruparí”; fenómenos que han contribuido a “la emergencia del denominado mito americano en la literatura”. Esta lectura, al igual que la anterior, se fundamenta en la tierra y su valor simbólico para la formación de un pueblo, de unos saberes y, sobre todo, de una historia inmaterial. Así, pues, ecologismo y cultura se funden en el diseño de una coexistencia capaz de armonizar la naturaleza concreta y la creación mística del mundo.
La Vorágine es un texto vigente en la medida en que permite pensar una transición que va desde “el influjo del clima sobre los seres organizados, hasta el impacto de los seres humanos sobre el clima”. Según anotó el investigador Leonardo Ordoñes, esta novela se “lee cada vez más porque testimonia el giro de los tiempos y el impacto ecológico sobre el planeta”.
En relación con la leyenda de Yuruparí, cabe destacar que se constituye, tal como lo recupera Álvaro Pineda Botero, en una de las más elaboradas formas de protoliteratura de ficción en Hispanoamérica; tesis que desvirtúa las interpretaciones que pregonan la inexistencia de la ficción durante la Colonia. Ahora bien, cambiando de perspectiva, las lecturas propuestas por las profesoras Betty Osorio y Carmiña Navia también arrojan datos interesantes. En ese orden de ideas, “La Vorágine ¿Y las mujeres?”, conferencia impartida por la profesora Osorio, pone sobre la mesa otra faceta de la naturaleza universal, es decir, la naturaleza sexual que legitima no solo estereotipos, sino formas de entender el poder y los procesos de dominación y sumisión, respectivamente. A lo largo de la historia, la feminidad se presenta al servicio ―y deseo ― de la masculinidad. Para los protagonistas de la novela, en su mayoría hombres, las mujeres “son consideradas cuerpos” a cuyo acceso se tiene derecho por designio. Esta situación, evidentemente problemática, abre un horizonte de lectura que plantea interrogantes como: ¿pueden hablar los subalternizados? ¿Cómo se explica la relación entre el erotismo y el capitalismo? ¿Por qué la novela continúa, como herencia del siglo XIX, las lógicas del patriarcado y para qué?

Foto: Escuela de Estudios Literarios, Univalle.
Estas preguntas permiten cuestionar el estatuto de la masculinidad que perdió, otrora, el Canal de Panamá en razón de sus deliquios poéticos. Tal como asevera el Rivera editor, al interior mismo de la novela, Arturo Cova detenta todos los vicios del hombre capitalino. Desde esta perspectiva, la crítica a la masculinidad se centra en la observación de aquel país de poetas que se adueñó del poder cultural y, subsecuentemente, económico en Colombia. Tanto la violencia sexual como el uso de la fuerza actúan, en este terreno, como metáforas del poder que querían aplicar nacionalmente poetas que contaron con la connivencia de la crítica cultural conservadora.
Interpretaciones como la de la profesora Osorio aclaran tanto la lectura de la obra, como la comprensión de algunos rasgos de la vida del propio Rivera; quien no quería pasar a la historia como poeta, sino como novelista. Esto explica su distanciamiento de los primeros, mas no de la poesía. Aunado a esto, el concepto de diferencia “desestabiliza un orden de jerarquías” en el que la masculinidad tiene una presencia central y definitoria de muchos aspectos de la vida social de las selvas del sur de Colombia. Con esto, la construcción del sujeto femenino se presenta fracturada pero, al mismo tiempo, lista para un proceso de redención que saludó posteriormente la novela escrita por mujeres a lo largo del siglo XX.
Desde la observación americanista e históricamente crítica, resulta muy loable que la novela de Rivera sea tan fina en el mapeo de una degradación ambiental sistemática y creciente. Si bien el interés del escritor no era, precisamente, ocuparse del drama ecológico, la riqueza de su texto estriba en que permite extender los horizontes de lectura hasta ese tema; tan lamentable y apremiante al mismo tiempo.
Finalmente, la profesora Carmiña Navia planteó que “pocas mujeres habitan las páginas de la novela”, lo cual las convierte en “sombras pasajeras” a las que solo se accede a través del lente de Arturo Cova, fracasado poeta misógino. La mirada de este, resaltó la investigadora, “está siempre revestida de machismo y patriarcado, de prejuicios e incapacidades”, comportamiento con el cual se pretende no desestabilizar, sino perpetuar un orden de jerarquías ciertamente atávico y premoderno. Así vista, la novela explica en sí el concepto de vorágine del que nadie puede escapar. Por un lado, la selva se percibe como un escenario enigmático y caótico, mientras que las mujeres y los hombres yacen perdidos en la lucha por la supervivencia espiritual más que física. Si bien la geografía localiza la tragedia individual y colectiva, la desazón vital y el desconcierto confunden y despiertan tanto bajas pasiones como oscuridades en el alma de los personajes. El torbellino narrativo deviene en gran metáfora de la pérdida de rumbo, del descolocamiento que finalmente estructura toda la trama. Así, Cova, por ejemplo, es el dominador que no sabe por qué ni para qué domina. Aunada a su perdición está el correlato del hastío que lo perfila como un ser inadaptado, intranquilo e incapaz de sentir las sorpresas de la vida, el entorno y el tiempo. Como hipótesis de lectura podría plantearse, entonces, que la reflexión hecha en torno a la masculinidad critica la tradición patriarcal en Colombia y, mucho más allá de esto, sugiere lo fallido de una tradición en la que los hombres no buscan nada más que satisfacer sus deseos y delirios de poder y grandeza.

Foto: Escuela de Estudios Literarios, Univalle.
Ahora bien, en medio de esta dinámica, Griselda se convierte en una mujer de armas tomar que “quiere viajes y aventuras y no le teme ni a la selva ni a los caucheros”. Ella rompe el molde con el que la tradición narrativa occidental ha delineado el concepto de feminidad y procura una reubicación que sí, esta sí, como lo mencionó la profesora Osorio, “desestabiliza un orden de jerarquías”. Un elemento de juicio interesante se relaciona con el hecho de que La Vorágine no convalida la existencia del concepto unívoco de mujer, sino que plantea abiertamente formas y tipos de mujeres; lo cual permite entender las idiosincrasias regionales y las influencias de la cultura, la historia, la familia y la religión en las diferentes clases sociales. Finalmente, dice la profesora Navia, la turca Zorayda Airam se establece en las antípodas de los modelos convencionales. Ella “esclaviza a hombres y mujeres como cualquier comerciante”, con lo cual sale del hogar, de la perspectiva mariana del mundo y la cultura, para insertarse en las lógicas del rédito y la acumulación de capitales. Su comportamiento, frente a los ojos del narrador, la convierte en una “hembra calculadora sedienta de provechos que vendía su tentación”; mirada cíclica que cierra la figura itinerante y hostil de la ficción que se novela.



