Crítica

El niño, La Garza y el lujo de sentirnos confundidos en el cine

El 19 de febrero, la más reciente obra de Hayao Miyazaki fue galardonada con el premio a mejor película animada en los BAFTA 2024. Ahora, camino a los Oscar, siendo nominada en la misma categoría, El niño y la Garza se posiciona como otra gran película de Studio Ghibli. Las particulares decisiones en la dirección narrativa de la historia han dejado a más de un espectador perdido, en medio de lo que, a primera vista, parece una clásica historia infantil de viaje a un mundo interior, pero alberga mucho más.

Por: Julián Andrés Santamaría Hernández
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Foto: doblaje.fandom.com
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Mahito Maki se siente incapaz de dejar atrás el pasado, mientras observa cómo el mundo a su alrededor avanza. Trata de lidiar con la muerte de su madre en un incendio durante la guerra, mientras que su padre se ha casado con la hermana de su difunta esposa, que ahora está embarazada. Mahito se muda a una zona rural de Tokio, iniciando una nueva vida, con una nueva familia que le parece ajena. Ahí encontrará una torre abandonada, y con la ayuda de una sombría garza parlante, se adentrará en un mundo fantástico en busca de la promesa de volver a ver a su madre.

Para quienes estén familiarizados con las obras anteriores de Miyazaki, la premisa de El niño y La Garza puede parecer muy similar a El viaje de Chihiro, Mi Vecino Totoro o El Castillo Ambulante. El director decide priorizar la construcción de un mundo ficticio como esencia de la película, más que la creación de uno solo como vehículo para contar una historia. En El niño y La Garza, el mundo que Mahito explora es un personaje tanto como él mismo. Uno inmenso, que se toma su tiempo formando ideas surrealistas en sus inicios. Y termina mostrando una absoluta extravagancia y complejidad, que casi agota, cuando la historia comienza su segundo acto.

La mayoría de espectadores pueden sentir que la película llega a ser abrumadora, incluso hasta fastidiosa. El niño y La Garza entrega una y otra vez elementos fantásticos, uno más creativo y extraño que el anterior, sin ninguna explicación aparente. El ritmo de la historia no espera que el espectador entienda al cien por ciento lo que ocurre. Pero es precisamente porque la película no pide eso de nosotros, que podemos tomar la posición de disfrutar del viaje. Este estilo narrativo particular funciona muy bien cuando estamos junto a un protagonista tan retraído como lo es Mahito, que está tan perdido como nosotros, y termina funcionando como vehículo para que podamos recorrer el mismo camino.

Una justificación explícita del mundo de El niño y La Garza solo sería contradictoria para el espíritu de asombro que retrata la historia, en donde la curiosidad y la creatividad son recompensadas. Esto resulta en una constante sensación de que lo que estamos viendo se siente como un montón de cuerdas enredadas a propósito, y hay mucha belleza en ello. Estas decisiones creativas se producen por la dirección de Miyazaki como cineasta, quien trabaja más libre y más puro que nunca. Lo que evidencia una toma de decisiones motivadas por la prioridad que él otorga a la visión que tiene de su obra, en lugar de aquello que parecería estructuralmente lógico para la progresión de una historia. Por ello, El niño y La Garza se siente como una de sus películas más personales.

La mayoría de espectadores pueden sentir que la película llega a ser abrumadora, incluso hasta fastidiosa. El niño y La Garza entrega una y otra vez elementos fantásticos, uno más creativo y extraño que el anterior, sin ninguna explicación aparente. El ritmo de la historia no espera que el espectador entienda al cien por ciento lo que ocurre. Pero es precisamente porque la película no pide eso de nosotros, que podemos tomar la posición de disfrutar del viaje.

Otra de las decisiones que Miyazaki toma en la dirección de la película se ve reflejada en el acercamiento hacia los temas de la mortalidad, la herencia y la autonomía. Algunos de estos conceptos son claros desde el principio, otros casi parecen como una sorpresa finalizando la película. La idea de la muerte se expande más allá de Mahito y su madre, hasta llegar al simbolismo de observar cómo algo que has creado por tanto tiempo, como el cariño y la pasión, están destinados a acabar. Las reflexiones con las que la película concluye no pueden evitar extrapolarse a la posición del autor con su carrera, como el eventual fin de esta. Con El niño y La Garza somos testigos de las meditaciones de Miyazaki en torno al trabajo de su vida, y lo que depara el futuro de otras obras inspiradas por las suyas.

Otra de las decisiones que Miyazaki toma en la dirección de la película se ve reflejada en el acercamiento hacia los temas de la mortalidad, la herencia y la autonomía. Algunos de estos conceptos son claros desde el principio, otros casi parecen como una sorpresa finalizando la película.

El niño y La Garza puede no ser la película más accesible o la más fácil de digerir para un público amplio. A veces pareciera requerir una actitud específica para apreciarla. Pero no es una experiencia memorable a pesar de ello, sino, en consecuencia, termina siendo la película más sincera e íntima de Miyazaki hasta la fecha, sin mencionar una de las más bellamente animadas.

Foto: doblaje.fandom.com
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