Fran Lebowitz: la escritora que habla
Lebowitz se consolida como la neoyorquina eterna. Tiene opiniones frente a cualquier tema y usualmente responde con comentarios sardónicos que dan cuenta de la ridiculez del american way of life. Dedicó su vida a hablar, después de percatarse que no estaba dispuesta a dejar de lado la holgazanería, ni a cargar con el peso de ser una escritora decente.
Por: Sofia Londoño Galeano
Comunicadora social y periodista
Estudiante de Licenciatura en Lenguas Extranjeras, Univalle

Ilustración: Chloe Cushman. Tomada de: newyorker.com
“La paz interior no existe. Solo hay nerviosismo o muerte”, sentencia la autora Fran Lebowitz en su ensayo Modales,de su primer y casi único libro Vida metropolitana (1984). Lebowitz no es neoyorkina de nacimiento, pero habitar el tosco espacio de la vertiginosa ciudad, la han dotado de una habilidad inusual para filosofar en torno a lo que significa vivir en la Gran Manzana. Usualmente comparada con la escritora Dorothy Parker por su pluma afilada e hilarante y su ingenio de crítica, Lebowitz logró vencer a la productividad y encontró la forma de ganarse la vida haciendo lo que, a final de cuentas, le sale de manera más natural: hablar.
Su carrera comenzó en los años 70 cuando empezó a escribir para Interview Magazine, revista dirigida por el legendario Andy Warhol. Warhol no era del mayor agrado para Leibowitz, así como su arte. De hecho, la molestia hacia las obras del artista nació al tener que recibirlas como forma de pago por sus columnas de opinión. Cerca a la fecha de la muerte del ícono de la cultura pop, Lebowitz decidió vender sus pinturas por poco dinero para poder pagar el arriendo. Por supuesto, una vez Warhol falleció, los precios subieron de forma exponencial. A propósito de este irónico suceso, la escritora comentó para el diario The Guardian quesiempre creerá que Warhol “lo hizo deliberadamente”.
En tiempos acelerados, la visión de Lebowitz llega como mitigante a la producción masiva sin rigor y a las opiniones repetitivas y sosas. Sus percepciones del mundo y cómo este debería funcionar, son sustentadas desde su fatalismo imperante e impaciencia, pero, sobre todo, desde el humor, que es su activo más grande.
Fran Lebowitz es la contradicción misma del estado actual de hiperproductividad al que nos tiene sometidos el sistema capitalista, especialmente en una ciudad como Nueva York. Habla abiertamente de su pereza como el indicador de la construcción de su obra, que por más de cuarenta años de carrera como “escritora”, solo le ha dejado dos libros con múltiples ediciones: la recopilación de ambos en Un día cualquiera en Nueva York (2021), y un libro para niños. Al notar que su estilo de vida no le permitía terminar más escritos, decidió dedicarse a vociferar en talk shows y conferencias sus opiniones sobre política, sociedad y la ciudad.
Realizó con su amigo, el director Martin Scorsese, Public speaking (2010), un documental donde opina sobre diversos temas, dando respuestas incisivas y políticamente incorrectas. Luego, en 2021, el mismo Scorsese le dio continuación a esta charla infinita sobre todo y sobre nada en Pretend it’s a city, una serie de Netflix que recopila fragmentos de conferencias dictadas por Lebowitz, donde se queja incesablemente de los contratiempos de Nueva York. Además, cuenta con la capacidad de responder de forma sarcástica a preguntas que formulan los asistentes de sus charlas, a quienes educa con el golpe de la franqueza absoluta.

Según ella, el neoyorkino actual es una fatídica mezcla de falta de sentido de preservación con el importaculismo que le ha dado la tecnología.
Y es que la autora siempre ha tenido grandes reservas frente a los dispositivos electrónicos y, más recientemente, a las redes sociales. Para ella, es suficiente el hecho de contar con un teléfono fijo y una dirección para entablar comunicación con cualquiera que la necesite. Nunca ha hecho uso de medios digitales más allá de su televisor, situación que tiene que ver con su firme intención de no usar sino lápiz y papel para escribir.
Esta reserva muta a una pronunciada aversión cuando en Pretend it’s a city, recalca que ya nadie ve por dónde camina, afirmando, a su vez, que al ser la única persona que no cuenta con un smartphone en la ciudad, solo ella, de los ocho millones de habitantes de Nueva York, se fija por donde va. Lebowitz recalca que el neoyorquino de a pie es un animal extraño, que está dispuesto a soportar los obstáculos diarios de diligencias que en otras partes del mundo no tienen mayor complejidad, pero que solo por el hecho de realizarse en Nueva York, significan una travesía intrincada que debe contar con logística propia. Acciones como tomar un taxi, ir a la lavandería, hacer uso del metro, entre otras, son ejemplos de peripecias que solo entienden aquellos que tienen las agallas de vivir en la Gran Manzana.
La brutal honestidad de Lebowitz revela la razón de su prevención al escribir, a parte de la ya mencionada holgazanería. Considera este oficio como excesivamente difícil, precisamente por el alto estándar de perfección con el que cuenta como producto de su avidez lectora, habilidad que nunca pudo trasladar a la escritura. Para ella, son muy pocas las personas que cuentan con una auténtica capacidad artística ―incluyéndola―, por lo que insta a quienes piensan que tienen la capacidad de contar historias, a comer algo dulce para detener la urgente necesidad de escribir: “La historia de su vida no sirve para hacer un buen libro. Ni lo intente siquiera”.
Fue así como llegó a la conclusión de que hablar era su salida a la inactividad. Se convirtió ―también gracias a su aspecto algo iconográfico― en una personalidad americana y dedicó su vida a convencer a quienes la escuchan y leen, que ella siempre, siempre, tiene la razón.
En tiempos acelerados, la visión de Lebowitz llega como mitigante a la producción masiva sin rigor y a las opiniones repetitivas y sosas. Sus percepciones del mundo y cómo este debería funcionar, son sustentadas desde su fatalismo imperante e impaciencia, pero, sobre todo, desde el humor, que es su activo más grande. Este dota de livianeza ideológica a quién la escuche en términos políticos, y brinda eclecticismo a sus contenidos, impactando a un amplio espectro de audiencias.




