¡Arte en La Topa!
Los dioses de la salsa bajaron de su panteón celestial y se hospedan en La Topa Tolondra durante todo el mes de agosto. La exposición Salsa – Pinturas bailables, del artista Diego Pombo, es una serie de retratos de los salseros más icónicos del género musical que configura, en gran parte, la cultura de la caleñidad.
Por: Julio César Pino Agudelo
Redacción La Palabra

Azotar baldosa por estos días en La Topa Tolondra, el nuevo templo de la salsa en Cali, es casi una experiencia litúrgica. Bailadores jóvenes y de antaño lo dan todo en la pista ante la mirada atenta de los dioses de la salsa, inmortalizados por la mano prodigiosa del maestro Diego Pombo, manizalita de nacimiento y caleño por adopción. Los retratos de Celia Cruz, Daniel Santos, Ismael Rivera, Johnny Pacheco, Cheo Feliciano, Marc Anthony, Joe Arroyo, Jairo Varela, Oscar D’ León, Piper Pimienta, Rubén Blades, Héctor Lavoe, Richie Ray, Bobby Cruz, Ray Barretto, Larry Harlow y Eddie Palmieri se exhiben desde el pasado 27 de julio hasta el 31 de agosto en el bailadero de salsa más popular de Cali, ubicado en la calle 5ta con carrera 13.
La exposición Salsa – Pinturas bailables es una muestra que reinterpreta la iconografía caleña de los años 70, cuando la ciudad definía sus rasgos identitarios musicales entre salsa y rock, como lo sintetiza Andrés Caicedo en su novela ¡Que viva la música!
Esta serie de retratos, que utiliza técnicas de los años 70 (esténcil y fotografía) e incorpora el dibujo digital y la pintura acrílica, es una galería itinerante de los íconos de la salsa que sale de los museos para recorrer los lugares donde este género musical aún se vive y se baila con fervorosa terquedad.

Foto: Julio César Pino Agudelo.
“Esta exposición la comencé como en el año 2019”, comenta el maestro Diego Pombo. “Un medio de comunicación de la ciudad se interesó en hacer un lanzamiento muy grande y un proyecto de merchandising con el tema, pero apareció la pandemia y se fregó todo. Me pidieron mantener la exclusividad hasta el siguiente año, pero la pandemia prosiguió, el periódico entró en quiebra y el proyecto quedó en veremos, así que decidí lanzarme solo. Lo retomé y realicé unas cuantas piezas más, porque ya había recibido la invitación de Heriberto Fiorillo, que en paz descanse, director de La Cueva en Barranquilla, para que la inaugurara allá. El poeta Miguel Iriarte, quien es el director de La Cueva actualmente, la tituló Los héroes de la salsa, y allí estuvo desde abril hasta comienzos de junio. Luego, Carlos Ospina, el dueño de La Topa Tolondra, me invitó para que me la trajera para acá. Hice un par de piezas más y completé 18. Tengo dos o tres en proceso, porque quiero enriquecerla más y llevarla a los sitios donde la salsa se mantiene viva y vigorosa, en lugares donde la gente baile; no en museos ni en galerías, sino en bailaderos”.
Esta serie de retratos, que utiliza técnicas de los años 70 (esténcil y fotografía) e incorpora el dibujo digital y la pintura acrílica, es una galería itinerante de los íconos de la salsa que sale de los museos para recorrer los lugares donde este género musical aún se vive y se baila con fervorosa terquedad.
En cuanto a la escogencia de los retratados, el maestro puntualiza: “Seleccioné a los cantantes más populares entre los salseros, los melómanos amigos y también mis preferidos, que es un poco la banda sonora de mi vida. Pero también hay un poco de psicodelia, porque el rock también, en mis comienzos, me influyó mucho. Yo sufrí la transición de gusto cuando empezamos a oír a Carlos Santana, y ahí fui un poco más metiéndome en la cultura negra y terminé muy aficionado al jazz, y pues aquí está un poco reflejado también todo eso, que es la parte más latina de la banda sonora de mi vida”.

Al hablar de su relación con la salsa, el maestro comentó: “Yo tuve la oportunidad de ver las primeras presentaciones de Celia Cruz con La Sonora Matancera en el bar de Larry Landa, llamado Juan Pachanga, ubicado en Juanchito, y estuve cuando la Fania All Stars se hospedaba en hotel Petecuy, el cual era administrado por una tía mía. Ella me dejaba meter a esas ‘cámaras de gas’ donde ellos se reunían a fumar y a pasar un rato de sano esparcimiento. Una vez llegó Héctor Lavoe a una de esas habitaciones y dijo: “¡Mucha estrella y poco cielo!”. Entonces sí, viví momentos estelares de la salsa. También vi a Carlos Santana, quien fue un poco el culpable de que me distanciara del rock. La novela de Andrés Caicedo, ¡Que viva la música!, marca precisamente eso, la dicotomía entre los que quedamos ahí entre el rock y la salsa, y las esquinas de las galladas del puente para allá. Yo crecí en un barrio popular, en el Junín, pero trabajaba en el puente para acá, en la agencia de Nicholls, y ahí conocí a Carlos Mayolo, a Fernell Franco, y a Carlos Duque, entre otros”.








