Perfil

El poeta desterrado

Por: Carlos Fajardo Fajardo

Isaías Gamboa (1872 – 1904), poeta y educador colombiano.
Foto: escritores-del-mundo.fandom.com

Fuiste el desterrado. Demasiadas guerras pasaron por tu sino de poeta; demasiados años de ver a tu patria ensangrentada, llena de réprobos y de exilios. Desde ese terruño del Mameyal, al oeste, en las colinas de tu tierra solar, pequeña villa donde naciste el jueves 12 de diciembre de 1872, contemplabas la extensión del valle sintiendo las brisas traídas del mar, frescura y murmullo en la canícula del día. Allí soñaste y te volviste poeta.

A San Salvador marchaste en busca de un destino. Te espera tu hermano Francisco Antonio, también profesor y escritor, exiliado eterno. Sin embargo, el olor a tierra caleña te llamaba y regresaste en ese año cruel de 1898, cuando las tiránicas hordas azules, hinchadas “en el ejercicio de la  maldad” y ocupadas en el  odio y en la destrucción, se expandían y arrinconaban a los libertarios. Un año después se encendió la hoguera. Tu conciencia de liberal hizo que defendieras con uniforme de soldado al partido. Te alistaste al combate. Recorriste los campos adoloridos del país. Con el título de coronel cabalgaste los Llanos Orientales, navegaste caudalosos y profundos ríos. A uno de ellos, al torrentoso Meta, dedicaste un poema. Frente a las aguas del Orinoco, en las selvas venezolanas, te sentaste a pensar sobre el conflicto. Estando perseguido y cansado, y con tu tierra de sol en la más extraviada lejanía, huiste del fatal drama que incendió los campos durante Mil Días.

En la isla de Trinidad, ante la imagen del imponente océano, hechizado como el primer hombre frente a las olas, escribiste estos versos:

A mis ojos vacilantes, vagos, húmedos y tristes
que reflejan tus destellos áureos, lívidos y rojos,
a mis ojos, bajo el cielo, contra el cual furioso insistes
con tu rabia de Satán,
otra vez en mi camino, cual te he visto tantas veces,
apareces, en mi ruta de cansado peregrino,
¡turbio mar!

Poeta terrígeno, paisano, solidario, hoy vivo en las mismas montañas que te vieron nacer y también siento los mismos vientos extendidos como mantel de mar transmutado en brisas. A lo lejos veo la ciudad que se alarga como un ogro inmenso en el valle cordillerano. Quizás tú la veías también con sus torres y campanas, pequeños caseríos y calles de escaso bullicio, con sus leyendas y fantasmas.

Desde mi balcón, en las alturas del Mameyal, te evoco e imagino tu agónico viaje a Costa Rica; luego tu vivencia en Chile hacia 1901, la vida en Santiago, las charlas en los cafés con amigos escritores del país austral; la consagración y el aplauso, los reconocimientos bajo cielo extranjero. Te observo sacando del baúl aquella bolsa que cargabas en los azarosos viajes, con un “puñado de aquella tierra bendita, sin la cual el proscrito se secaría como flor sin savia”, un poco de tierra de tu Mameyal del alma, tal como lo dejaste escrito.

De pronto, comprendo toda tu escritura, la añoranza por ese sol cayendo sobre el valle, con vientos refrescando las montañas y a San Antonio, amado barrio donde algo de tu infancia, fugaz pero feliz, quedó girando en sus calles.

Poeta terrígeno, paisano, solidario, hoy vivo en las mismas montañas que te vieron nacer y también siento los mismos vientos extendidos como mantel de mar transmutado en brisas. A lo lejos veo la ciudad que se alarga como un ogro inmenso en el valle cordillerano. Quizás tú la veías también con sus torres y campanas, pequeños caseríos y calles de escaso bullicio, con sus leyendas y fantasmas.

Todo ello lo registraste en tu obra de 1904 que titulaste con orgullo La Tierra Nativa, novela tubérculo, raíz y nube, gravedad y altura de tus símbolos y signos vitales. La escribiste con la nostalgia por esa “aurora del Cauca” y por “la Sultana de ese paraíso, la ciudad querida, Cali dichosa, la de los blancos campanarios y las verdes palmas”. La escribiste añorando sus “calles torcidas, las casas viejas, el loco del barrio, el perro que siempre estaba echado en algún portón por donde no se puede pasar sin temer”. En ella evocaste con fervor tus ríos, a Cali y al Aguacatal con sus seductores charcos, a tu casita blanca en el Cerro de los Cristales, oculta entre la arboleda en el Mameyal donde corrió tu niñez; al Cerro de las Cruces, como también las campanas de San Francisco despertando a tus paisanos, las arboledas de Bellavista, las colinas y mortiñales con sus pájaros cantores.

Estabas en eso cuando la fatalidad llegó a tu cuerpo. El Bacilo de Koch no dio tregua, se aposentó como absoluto amo en tus pulmones y no resististe. Enfermo emprendiste el retorno. Algo se movió en tu interior deseando llegar cuanto antes, pero el destino del desterrado pudo más que tus ganas y en alta mar empeoraste, debiendo atracar en puerto extraño. Callao se llamaba. Allí, entre convulsiones y recuerdos, a las 4:30 del sábado 23 de julio, diste tu espíritu al azar de la poesía. Era 1904. En tu Cali esperaban al eterno expatriado y, vaya paradoja, amador fecundo de su tierra.

Carlos Fajardo Fajardo frente a la estatua del poeta Isaías Gamboa. Barrio San Antonio de Cali.

Ahora estoy ante la vieja casa de tu prolífera familia de poetas. Miro sus barandas de remembranza campesina, con sus paredes de resistente adobe, y me digo: sobre este terruño escribiste en la lejanía; nos descifraste y amaste desde el sur siendo otro sur; y aquí, en este suelo ancestral, hago honor a tu nombre.

Con esa imagen en la memoria, y recorriendo tu barrio antiguo, llego al parque donde posas muy galante transmutado en mármol. La dama de la poesía y estas cuantas frases te acompañan: “Cali a su insigne poeta Isaías Gamboa H. 1872-1904”.

Las leo en silencio y me voy adentrando en las callecitas de este barrio con su colina de iglesia y campanario, susurrando tus versos:

Y riberas
extranjeras
me esperaban; diferentes
tierras, pueblos, lenguas, gentes
con que no soñé jamás;
(…)
Yo, el errante peregrino
a quien dio fatal destino varia senda,
¿dónde plantaré mi tienda?
¿A qué golfo de ventura mi barquilla arribará?
En el frío desamparo de la ausencia sobre un atrio,
he soñado en los vergeles de mi hermoso suelo patrio…
Mas su imagen no me alegra:
en su cielo se ha extendido una torva nube negra. . .
Profanado el sacro Monte,
yo me acojo bajo el ancho pabellón de tu horizonte,
¡libre mar!

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