Mi amistad con Alberto Guzmán
A Ximena, a Isabel y Matías.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que lo vi. Tengo la certeza de haberme topado con él en la entrada del Conservatorio de Cali. Debió ser una tarde, en los primeros años de la década del setenta del siglo pasado. Estaba mezclado entre el corro que formamos los cincuenta jóvenes que íbamos a presentar el examen de admisión para ser aceptados como estudiantes de música. Lo miré porque me llamó la atención, era tan diferente al resto de los jóvenes, se distinguía entre tantos melenudos vestidos con pantalones desteñidos y camisetas psicodélicas, como se vestía la juventud en esa época, contrario a su cabello corto, su indumentaria siempre recatada y, si se quiere, decente. Yo estaba con varios guitarristas que ya para esa época empezaban a entrarle al rock inglés. Él nos miraba con desconfianza, como puede un joven venido de la provincia observar a unos hippies desadaptados de la ciudad. Lo que me parecía extraño era que no lo inhibía nuestra modernidad; puedo asegurar que su mirada era la de un ser superior, alguien que rebosaba de seguridad, esa seguridad que nunca lo abandonó y que se fue con él hace unos días cuando partió de este mundo.
De ese día tengo tan presente una anécdota que ilustra su retentiva, su memoria y su talento. El examen de admisión no era en grupo, era individual. Cada aspirante era solicitado por alguien que gritaba su nombre, y entonces el futuro músico se separaba de los demás, atravesaba un pasillo y entraba a un cuarto donde había un armonio, una flauta y dos profesores esperándolo para asegurarse de que el pretendiente tenía aptitudes musicales. Aún recuerdo el nombre de uno de ellos: la joven y talentosa profesora Lucrecia Ramos. Después de dos horas de espera, a mí me llamaron de primero. Traspasé el pasillo y entré al intimidante salón del armonio. Me hicieron cantar, interpretar una melodía que Lucrecia Ramos tocó en el armonio y luego repetir un ritmo en un tamborcillo. Lo hice todo y regresé a mi casa sin interesarme quiénes quedaban esperando para ser examinados.
Un mes después, solo veinte iniciamos clase, los otros treinta no habían pasado el examen. Cuando entré al salón, lo vi, también él había sido seleccionado. Estaba sentado en el pupitre más cercano al armonio. Cuando me vio, me dijo: “Hola Edgard”. Quedé sorprendido, había escuchado mi nombre una sola vez, el día cuando me llamaron para pasar al examen. Desde ese momento, hasta esta semana, no dejó de sorprenderme su retentiva, un arma entrenada para el análisis no solo de las estructuras musicales, sino también de la crítica literaria, la filosofía y la historia.
Él sabía mi nombre y yo no sabía que se llamaba Alberto, así inició nuestra amistad, pero transcurridas pocas semanas supe que era el estudiante más aventajado del curso, a todos nos superaba en solfeo, en dictados musicales y sobresaliendo en todas las materias supimos que, entre nosotros, él era el único que tenía un proyecto serio con la música y que, en adelante, para él no existiría nada más que el arte como forma de vida.
A partir de ese momento, todos los días me esperaba a la entrada del Conservatorio y antes de entrar a clase practicábamos la lección de solfeo, así fue por muchas semanas hasta que, no sé en cuál semestre, deserté, y no sólo mis estudios de música quedaron pendientes, también nuestra amistad quedó inconclusa y dependió de los pocos encuentros cuando coincidíamos en alguna reunión en la ciudad, donde entonábamos canciones populares acompañándonos con la guitarra. Luego, no lo volví a ver.
Después de un largo periodo, tal vez dos o tres años, una mañana nos encontramos en la Universidad del Valle, yo había iniciado estudios de Filosofía y él estaba matriculado en la Escuela de Música y volvimos a nuestras citas. Me volvió a sorprender encontrarme con otra persona, vale decir que ya no era el muchacho provinciano que conocí aquella tarde de junio en el Conservatorio Antonio María Valencia, había cambiado, era un hombre culto, dueño de una apreciable erudición, conocía toda la vida y obra de Bach, de Wagner, la historia y el desarrollo de la música y del arte. Esa mañana me habló del goce estético en la teoría de Theodor Adorno y, cuando se enteró de que yo estudiaba filosofía, me exigió que lo mantuviera informado de todo lo que estuviera leyendo. También me enteré que era amigo de mis amigos, de Adolfo Montaño, William Ospina, José Zuleta, y que el poeta Gerardo Rivera, de quien se había hecho íntimo amigo, lo había nombrado kapellmeister (maestro de capilla) de la Corte del Norte.
Él sabía mi nombre y yo no sabía que se llamaba Alberto, así inició nuestra amistad, pero transcurridas pocas semanas supe que era el estudiante más aventajado del curso, a todos nos superaba en solfeo, en dictados musicales y sobresaliendo en todas las materias supimos que, entre nosotros, él era el único que tenía un proyecto serio con la música y que, en adelante, para él no existiría nada más que el arte como forma de vida.
Deseando volver a compartir las viejas canciones, le sugerí que podíamos vernos y hacer algo de música, y me sorprendió cuando me dijo que él ya no frecuentaba esa “cosa popular” a la que se empeñaban en llamar música. Me bastó el intercambio de dos frases más para darme cuenta que ese era su nuevo estilo, el estilo desafiante o quizás el método de discusión que había encontrado, una especie de mayéutica feroz contra el contrincante. Deseando desenterrarme el venablo sangrante que me había clavado sin piedad, quise subestimarlo burlándome de su pretendida universalidad y creo que lo herí con una frase que mejor no repito en esta nota, pero que aludía a su desproporcionado gusto por la música europea agenciada desde el Trópico. Alberto me miró y esgrimió la tesis de que el arte, al ser universal, es interpretable, y me restregó en la cara el concepto weltliteratur, o del contexto de la literatura mundial de Goethe, y dijo que nadie comprendió mejor a Rabelais que un ruso llamado Bajtín; que la mejor interpretación de la obra de Dostoievsky la hizo el francés André Gide, y que Herman Broch, quien era austriaco, fue quien comprendió mejor a James Joyce. Traté de deshacerme del argumento restregándole la poca originalidad de su discurso porque los dos sabíamos que pertenecía a Milan Kundera, a quien, con sorna, llamé Milan Jartera, un recurso deleznable para batirme en retirada.

Luego vinieron los años en París, sus estudios y su gran amistad con William Ospina, con quien compartió días felices en Europa, una cotidianidad que los hizo casi hermanos. Pocas veces lo volví a ver, hasta un día cuando se me apareció de visita en la isla de Providencia, donde me había refugiado no sé de qué. Llegó con Ximena, esa cómplice de inteligencia leal que tuvo como compañera. Volvimos a nuestro diálogo incesante y fue él quien me dijo que ya estaba bien de retiros y de destierros en islas fantásticas, y me animó a regresar a Cali, donde me uní a la Universidad del Valle como profesor de la Divina Comedia y de Shakespeare.
Quizás nuestra amistad llegó a un punto muy alto cuando, una tarde, me llamó y me dijo:
– Fuiste escogido para escribir una ópera.
– ¿Quién me escogió? – le pregunté asustado.
– Yo, yo te escogí, porque creo que eres el escritor indicado.
–Estás loco – le recriminé.
Le dije que yo no sabía escribir óperas y él me aseguró que yo sí sabía, que yo era un experto en óperas, a lo que contesté que escasamente me sabía el libreto de “Carmen”, entonces me preguntó que cuáles otras óperas me gustaban, a lo que respondí que me gustaba la “Serva padrona” de Pergolesi, y “Aida” de Verdi, y entonces me dio una lista de óperas que debía escuchar antes de iniciar nuestro trabajo, y siguió comprometiéndome y enfatizó que, para mí consuelo, me informaba que él nunca había compuesto la música para una ópera.
Hace un año, unos meses antes de que le diagnosticaran el mal que lo alejó de este mundo, me entusiasmó con la creación de una obra musical sobre el “Nocturno” de Silva. Alcancé a entregarle una parte del libreto, que según el escritor Iván Olano, uno de sus mejores amigos, musicalizó, pero ya era tarde; la enfermedad avanzó y no pudimos seguir, el poema quedó inconcluso, como inconcluso queda nuestro paso por la tierra cuando de repente nos arrebatan la vida; como inconclusa quedó esa época cuando él sabía mi nombre y yo no sabía el suyo.
Yo estaba desesperado, no sabía cómo liberarme del pesado fardo que me estaba cayendo sobre los hombros. Le respondí: “¿Y entonces qué vamos a hacer? ¿Para qué meternos en eso?”, y me respondió con una sonrisa que yo rechacé con una carcajada y empezamos a reír como dos locos. Estábamos en la entrada de la Universidad y los estudiantes nos miraban, y no sé en qué momento le dije que sí, y empecé a meterme en ese lío.
Iniciamos el trabajo y a discutir cada texto que le entregaba. Como impuso que primero se escribían los textos y luego, sobre ese libreto, se componía la música, lo acusé de aprovechado y amenacé con retirarme del proyecto, pero fue inútil, porque fue entonces cuando me di cuenta que estaba trabajando con un auténtico artista. Alberto era incansable, podía trabajar 20 horas diarias, su carácter obsesivo le permitía llamarme a las tres o cuatro de la mañana para solfearme un verso que yo había incorporado al texto, o para exigirme que no incluyera aria en la ópera, o para recomendarme que le quitara una corchea al texto del coro, o para contarme lo que pensaba Wagner o Nietzscthe sobre la ópera, y yo, sin saber qué hacer a las tres de la mañana, a veces confundido y con ganas de pegarme un tiro, me aterraba al comprobar que él ya sabía mucho sobre cómo componer una ópera y yo seguía nadando en el mar de mi ignorancia, y mi único recurso, mi consolación filosófica, era llamar a Adolfo Montaño y pedirle consejo, o a mi hermano Juan Manuel, el músico de la familia, que había sido alumno de Alberto y le conocía parte de sus exigencias.
Así fue como, después de dos años, la ópera “Isaacs” se presentó el 27 de junio de 2017, en el teatro Jorge Isaacs. Esa creación nos volvió más amigos.
Hace un año, unos meses antes de que le diagnosticaran el mal que lo alejó de este mundo, me entusiasmó con la creación de una obra musical sobre el “Nocturno” de Silva. Alcancé a entregarle una parte del libreto, que según el escritor Iván Olano, uno de sus mejores amigos, musicalizó, pero ya era tarde; la enfermedad avanzó y no pudimos seguir, el poema quedó inconcluso, como inconcluso queda nuestro paso por la tierra cuando de repente nos arrebatan la vida; como inconclusa quedó esa época cuando él sabía mi nombre y yo no sabía el suyo.



