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Gabriela Wiener: Sexografías

Entre otros ejes temáticos, los asuntos que integran este libro giran en torno al descubrimiento de las metodologías amatorias del porno star español Nacho Vidal, gravitan alrededor de alucinatorias tomas de Ayahuasca en lo más recóndito del Amazonas y, como si fuera poco, dan cuenta de estrafalarios apareamientos marraniles. Lo que se testimonia inserta al lector en una poligamia orientalista sin filtro ni requiebros morales. Todo es válido. Todo es posible en el mundo que crea la literatura. La mirada inquieta de Wiener también se pasea por cárceles temerarias en las que campea la corrupción y se practica una sexualidad clandestina y frenética. En su momento, la crítica especializada señaló que estas crónicas constituían uno de los mejores trabajos de la periodista limeña nacida en 1975. La Palabra ha visitado este texto para explorar el mundo sui generis que desvela. ¡Bienvenidos!

Título: Sexografías
Autora: Gabriela Wiener
Editorial: Seix Barral, 2015
Páginas: 209

Por: Alejandro Alzate

Gabriela Wiener (1975), escritora y periodista peruana.
Foto: Daniel Mordzinski. Tomada de: bbc.com.

Siempre estamos narrando. Partir desde aquí es fundamental para comprender el hecho de que Gabriela Wiener es una narradora multiformato, una escritora que va, sin pensárselo mucho, de la novela a la crónica porque lo que le interesa es contar historias, dar cuenta de sus lecturas del mundo y de los fenómenos que, de una u otra manera, lo afectan o modifican.

El cuerpo de su obra lo conforman, entre otros, textos como Nueve lunas (2009), Huaco retrato (2021), Dicen de mí (2017) y Kit de supervivencia para el fin del mundo (2012). 

En relación con Sexografías, hemos de mencionar que tiene el mérito de reivindicar la fantasía para que la realidad no la aplaste, no la mancille, no la aniquile. Y sí, claro, estamos hablando de un libro de crónicas, no de uno de cuentos al estilo de Asimov o de Bradbury; no obstante, es perceptible la intención —la teóricamente denominada intentio autoris de hacerle un pase de muleta a la realidad que uniforma y aburre tremendamente. ¿Quién dijo que la crónica es una sucesión de hechos desprovistos de vida y picardía, un exclusivo cómputo de acciones insertas en un tiempo específico?

Planteado esto, diremos que, leída hoy, por ejemplo, la crónica sobre las maratónicas sesiones amatorias de Nacho Vidal, puede no causar revuelo en la mente del lector, mas sí reivindica el placer de leer y, ciertamente, conocer los aspectos morbosos de las vidas ajenas.

La fantasía que proponen esta y las demás crónicas impide que la cotidianidad, el tedio y el hastío vital que nos determina de manera inobjetable nos gane la partida. Nos apabulle. La picardía de la que Wiener se vale no solo enmarca el tono de las historias, sino que despierta la curiosidad literaria y extraliteraria. Es a raíz de esto que intención y escritura se amalgaman de manera prolija con el contenido tan variopinto que propone la obra. Si algo encontrará el lector que se anime a leer Sexografías es que el gran homenaje se lo lleva la escritura en sí. Es ella la principal protagonista del libro. Las historias-fantasías-crónicas- testimonios que se cuentan son pretextos para jugar con las palabras y la maquinaria que supone el acto de contar, de narrar.

La gran enseñanza que deja este texto, si es que la tiene, desde luego, es que todos vamos por la vida como al principio del viaje: con las manos vacías, dando tumbos de aquí para allá intentando buscar lo que primero aparezca; una mínima coherencia vital o un máximo placer. La gran verdad del libro, y esto sí es constatable, es que “cada uno tiene su drama”.

Cuando decimos esto, aclaramos, no pretendemos crear ni una mentira ni una falsa expectativa; es decir, tras referir que la escritura es protagónica, no estamos aludiendo a su belleza o a una virtual estilización del lenguaje — a su función poética, diría Jakobson —, sino a su fuerza, a su capacidad viva para construir un edificio donde antes no había nada más que la nada que surge cuando no se nominan las cosas y los fenómenos.

La prosa de Wiener es directa y escueta, si se quiere. Es cierto que no tiene los pulimientos de los poetas, pero también lo es el hecho de que tiene la fuerza de la palabra que se abre espacio a trompadas, o a coñazos, dicho de forma más justiciera con el espíritu del texto, en la mente del lector. El refinamiento y la filigrana ceden espacio ante la necesidad de hacer verosímiles, cotidianas y vívidas las crónicas. He ahí, a modo de guía para el lector, una primera observación crítica de la obra. 

Un segundo aspecto que encontramos destacable es el cuidado en la construcción de los tonos de la enunciación; es decir, las crónicas-relatos son cercanos al lector sin caer en el chiste o la escritura que pretende ser graciosa. Los textos tienen evidente gracia, que no es lo mismo que sean graciosos. La línea es delgada y difusa, pero Wiener capotea el asunto con tacto, con oficio.

En términos del contenido, que puede abordarse desde de las lecturas más banales o cientificistas, puede decirse que la exploración que del sexo y la sexualidad se hace tiene algo de sociológico, algo que permite constatar que lo que para unos es goce, para otros es dolor y descolocamiento familiar y social. Incluso geográfico. Crónicas como “Dos formas de (no) ser puta en Lima” o “Trans”, dan cuenta del conjunto de sanciones que recaen sobre las opciones sexuales no heteronormativas. En ese sentido, padres que dejan de hablar a sus hijos a raíz de sus inclinaciones sexuales, e hijos que se extrañan ante las vestimentas de sus progenitores hombres, se perciben en la obra con asiduidad y sin aspaviento. Este libro lo cuenta todo, pero no defiende nada.

Foto: planetadelibrosco2.cdnstatics.com

Wiener no mete las manos al fuego por nadie, no asume roles de defensa física, moral o espiritual. Cada quien se las ve con la vida como mejor puede. Desde su oficio, lo que sí se hace latente es la invitación a conocer el mundo de la sexualidad, casi siempre asumida como negocio. Como forma de vida en una sociedad cada vez más excluyente e hipócrita. En franca comunión con lo planteado por Mario Vargas Llosa, en su ya añoso ensayo La civilización del espectáculo, Gabriela Wiener también da a entender que la banalización del sexo impera. Sí, para los dos autores peruanos esto constituye un denominador común. Quizás, la diferencia está en que la mirada del Nóbel es muy académica e idealista, de alto vuelo intelectual. La de la cronista, a su vez, es más vital, menos de escritorio y más de territorio. Eso sí, queda en claro que su capacidad reporteril es portentosa y por eso los textos son creíbles, son verosímiles. Para lograr las historias que presenta, Wiener se ha internado en peligrosos bosques parisinos, en melancólicas casas de locos y outsiders, en calles con policías a un tiempo homófobos y maricones, en marraneras agrestes, en cárceles y hasta en la mismísima cama de Nacho Vidal, lugar donde recibió lecciones amatorias en carne propia.

Visto desde la reflexión y la investigación, puede decirse que este libro, finalmente, deja un sabor amargo. Mientras que por un lado enseña valiosos rudimentos sobre el oficio periodístico y da cuenta de que la buena escritura no pasa por la acumulación de datos duros carentes de atractivo, por otro pone en evidencia dramas, corazones rotos, familias destruidas, rampantes procesos de despersonalización, deseos de emergencia económica sin importar qué toque hacer y, sobre todo, la dureza de la tragedia humana. La gran enseñanza que deja este texto, si es que la tiene, desde luego, es que todos vamos por la vida como al principio del viaje: con las manos vacías, dando tumbos de aquí para allá intentando buscar lo que primero aparezca; una mínima coherencia vital o un máximo placer. La gran verdad del libro, y esto sí es constatable, es que “cada uno tiene su drama”.

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