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Calibélula demostró estar a la altura de regiones, territorios y comunidades

Un jurado infante que premió las películas, la pantalla grande que llegó a un albergue de familias damnificadas y jóvenes que crecieron como “libelulitas” y presentan el festival. En su décima edición, celebrada del 28 de septiembre al 2 de octubre, Calibélula presentó más de 130 obras y demostró estar a la altura de regiones, territorios y comunidades.

Por: Daniel Steven Alvarado
Estudiante de Lic. en Literatura, Univalle

Foto: Daniel Steven Alvarado.
Foto: Daniel Steven Alvarado.

Miles de historias, niños que crecieron, sueños cumplidos en la pantalla, territorios visibilizados y un espacio-tiempo que sigue volando la imaginación. Del 28 de septiembre al 2 de octubre, el Festival Internacional de Cine Infantil y Juvenil Calibélula celebró su décima edición con un despliegue de más de 130 obras de largometrajes y cortometrajes, invitados locales e internacionales, talleres de formación y conversatorios diseñados para niños, niñas, adolescentes, jóvenes y adultos. Una década que demuestra que el cine, cuando es comunidad, trasciende la pantalla.

El festival dio apertura, en la Cinemateca La Tertulia, con Bem, un lémur en fuga, una película mexicana de animación dirigida por Leopoldo Aguilar Guerrero. Cuenta la historia de Isabell, una niña alérgica a todo y un lémur traficado desde Madagascar. Durante la función, el público infantil contuvo el aliento y acompañó las huellas del lémur en su huida, entregando su mundo interior en cada escena. En cuanto a los talleres, en Pinta tu Valentía, de Luz Ortiz, familias damnificadas trabajaron sus miedos; en Introducción a la Animación, niños y jóvenes hicieron flipbook y stop motion, y en ¡Dibuja tu película!, de Laura Zaylea, aprendieron a convertir escenas en imágenes con la herramienta storyboard.

No hay que olvidar que Cali todavía se está levantando del terremoto. Por eso, la pantalla llegó a un albergue de familias damnificadas. Como señaló Patricia Patiño, directora del festival, la iniciativa busca reconstruir a Cali desde la cultura. En tiempos en los que la realidad se sigue cayendo, el cine itinerante permite la posibilidad de soñar, sanar y recordar que la cultura nos sostiene y nos dignifica. Cabe aclarar que esa labor lleva tiempo realizándose a través de la pantalla movible de Calibélula. Un compromiso del festival es llegar a poblaciones, comunidades, colegios y lugares donde, muchas veces, los niños tienen un acceso al arte limitado: “El lugar donde nace un sueño no puede ser un límite para hacerlo realidad”.

En tiempos en los que la realidad se sigue cayendo, el cine itinerante permite la posibilidad de soñar, sanar y recordar que la cultura nos sostiene y nos dignifica.

De la misma manera, otro aspecto digno del festival fueron los premios libélula, otorgados no por adultos, sino por un jurado infantil de distintas partes de Latinoamérica. Una apuesta por romper con el adultocentrismo y reconocer la sensibilidad, autonomía y el rol activo de los niños en el arte. Destaca el premio a mejor largometraje nacional: Soy Múcura. Más allá de la trama, Soy Múcura cumple un papel fundamental en salvaguardar nuestra memoria sonora: la riqueza del bullerengue. A través del abuelo Tova, artesano del Tambor Alegre, y su esposa Ma, cantora, la obra demuestra cómo la música es memoria, resistencia y raíces. Además, por medio de su protagonista, Múcura, una niña sorda, la película visibiliza a la población con diversidad funcional para demostrar que el arte es un territorio incluyente y diverso.

Foto: Daniel Steven Alvarado.
Foto: Daniel Steven Alvarado.

Por otro lado, la participación de las instituciones educativas no fue solo como asistentes, sino también como creadores. Una de ellas fue la institución Rural Mixta La Capilla, del municipio de Toribío, con su cortometraje La reserva de agua bonita. Un llamado desde la infancia rural para proteger las fuentes hídricas y transformar nuestra relación de consumo y contaminación con la naturaleza. Estas producciones educativas se basaron en la animación 2D y el cut-out, una apuesta por salvaguardar la tradición de animación artesanal. En palabras de la directora Patricia Patiño: “Recuperando una tradición visual que pone el dibujo, los personajes y el trabajo artesanal de los animadores en el centro de la creación”.

Fue motivo de orgullo recibir a jóvenes que tiempo atrás fueron ‘libelulitas’ y hoy en día regresan como presentadores del festival y estudiantes de comunicación social. A manera de semillero, Calibélula contribuye a la formación de nuevos artistas audiovisuales. Verlos al frente del escenario, con la misma curiosidad que los trajo por primera vez, es una muestra de la germinación de una semilla. Además, resalta la importancia de ofrecer un espacio artístico a temprana edad en las infancias y juventudes. Su regreso comprueba que el festival ejerce una labor importante en la construcción de comunidad y formación vocacional.

Finalizadas las funciones y entregados los premios, la décima edición de Calibélula reafirmó una postura ética y estética: “Acercar a niños y jóvenes a historias creadas en Latinoamérica, con personajes, lenguajes, problemáticas y paisajes que puedan reconocer como propios”. De la misma forma, invitados internacionales asistieron a las realidades de Latinoamérica más allá del cine comercial. Fue el caso de Laura Zaylea, artista multimedia y profesora de la Universidad de Temple, quien llegó al colegio Las Américas con el taller ¡Luces! ¡Cámara! ¡Familia! Los relatos no llegaron contados desde afuera, sino construidos por quienes atraviesan esa vivencia. En suma,  a diez años de su nacimiento, Calibélula demuestra estar a la altura de nuestras regiones, territorios y comunidades, colocando en el centro a las infancias y juventudes para que encuentren un espacio digno donde habitar el arte.

Foto: Daniel Steven Alvarado.
Foto: Daniel Steven Alvarado.

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