Backrooms: terror, cine e internet
Kane Parsons se incorpora a la nueva generación de directores jóvenes interesados en revitalizar el género del terror a través de un lenguaje audiovisual que trasciende las fórmulas y las convenciones. Backrooms, su primer trabajo, ha tenido uno de los desempeños más exitosos en taquilla de lo que va del año. A continuación, una reseña.
Por: William Rosero
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Kane A. Parsons (2005) nació en Petaluma, Estados Unidos. Se hizo particularmente famoso gracias a su canal de YouTube, Kane Pixels, creado en el 2015, donde subió los primeros videos relacionados con el universo de los backrooms, a saber, espacios vacíos de apariencia inquietante que parecen ocultar la presencia de un observador atento y aparentemente malintencionado. El trabajo de Parsons en internet se caracterizó, en principio, por una independencia total y por una obsesión autorial por el detalle. El diseño de los escenarios, la intención visual, el sonido atmosférico, de todo esto se hizo cargo personalmente. En 2021 publicó una serie de videos animados de la serie Attack on Titan que le valieron el reconocimiento de la comunidad de internet, pero no fue sino hasta el 2022, luego del estreno de The Backrooms (Found Footage), su primer cortometraje —con el que acumuló más de setenta millones de vistas—, que la productora A24 se puso en contacto con él. A esto le siguió una serie de videojuegos diseñados exclusivamente por él mismo que solo acrecentaron aún más el mito.
El concepto de los backrooms nace a partir de una fotografía publicada en el año 2019 por un usuario anónimo en 4chan. La imagen en cuestión ya había sido compartida originalmente en el año 2011. Gracias a los metadatos anexos en la foto, algunos usuarios consiguieron determinar su origen. La fotografía fue tomada en el año 2002 y pertenecía a un post en el que se discutía la remodelación de un local ubicado en Wisconsin, hoy propiedad de la tienda HobbyTown. Esta inesperada combinación de características —coloración amarilla, dimensiones inestables, vacuidad espacial y semántica— influyó en la configuración de una atmósfera propicia para la creación de una leyenda urbana o creepypasta de largo aliento. La condición liminal y evanescente del lugar amplió el rango de los monstruos posibles hasta el propio infinito. La única condición de la amenaza es la presencia del individuo, de la que se desprende la de su potencial observador.
En Backrooms el terror se construye desde la nada misma. La enormidad descontrolada del espacio y su consecuente inutilidad, enfrentada a la materialidad de su existencia, son condiciones de una realidad aberrante que rechaza la lógica. Es precisamente esta contravención absurda la que estimula la inquietud del usuario, y la del espectador que comparte su suerte.
En la película, Parsons ubica una de las entradas a los backrooms en una tienda de muebles propiedad de Clark (Chiwetel Ejiofor), a su vez paciente de la terapeuta Mary (Renate Reinsve). El primero desarrolla una suerte de apego por la vocación nostálgica que orienta la formación de los backrooms, de manera que decide quedarse a vivir allí de manera permanente, donde no se ve en la obligación de enfrentar su propio fracaso ni de aceptar su responsabilidad en él, mientras que Mary irrumpe en ellos motivada por la necesidad de encontrar a su paciente, del que no tiene noticias desde hacía varios días. Ambos comparten un origen común, marcado por la soledad y el aislamiento. Los backrooms, dada su propensión a regurgitar la realidad en un ciclo ininterrumpido que acaba por alterarla, cumplen entonces la función de cámaras de eco donde la condición subjetiva de cada uno parece agigantarse o acentuarse. Clark asume esta suerte de regresión como algo positivo. La ausencia de límites semánticos que obstaculicen su autocompasión le aseguran una existencia sin sobresaltos. Mary ostenta una posición diferente. Pese a los vínculos evidentes que la mantienen sujeta a su pasado, parece tomar partido por el futuro, de ahí que mantenga una actitud confrontativa con respecto a Clark y a los backrooms en sí mismos. La pasividad con la que se expanden y la “libertad” que les garantizan a sus usuarios no le reportan ningún beneficio.

En Backrooms el terror se construye desde la nada misma. La enormidad descontrolada del espacio y su consecuente inutilidad, enfrentada a la materialidad de su existencia, son condiciones de una realidad aberrante que rechaza la lógica. Es precisamente esta contravención absurda la que estimula la inquietud del usuario, y la del espectador que comparte su suerte. La mente humana, deseosa de anticipar patrones y de solazarse con estímulos que le resulten familiares, se ve de pronto superada por un espacio que no sigue las reglas de la física, y que en su composición interna parece deliberadamente inacabado. Este derroche de sentido, en cuanto a pérdida, o fuga si se quiere, es una prueba del rechazo manifiesto de los backrooms a la vida, o la conciencia. Su incompletitud desinteresada es un desafío a la razón, una exclusión. Comparten este rasgo con las pinturas menos amigables de Giorgio de Chirico, como “El enigma de una tarde de otoño” o “La torre roja”. No por nada se lo considera el fundador de la scuola metafisica, cuyo principio rector es la representación del mundo irracional. Los backrooms se sienten como universos paralelos que no precisan de la conciencia humana o de su intervención para existir. La aparición de un monstruo individualizado es anecdótica y cumple el rol de colofón o epílogo de una dimensión hostil. Por lo visto, alguien debía encarnar esta voluntad para asegurar la progresión dramática.
Parsons establece una línea tajante entre la mera adaptación y la elaboración de un universo cinematográfico independiente. Esta no es la primera película que toma como punto de partida un creepypasta; ya lo hizo Sylvain White con Slender Man (2018), pero sí es la primera que asume el reto con solvencia, sin hacer concesiones innecesarias o anticinematográficas. El éxito indiscutido de Backrooms da muestras de una maduración significativa por parte del público y de un cambio de paradigma con respecto a las expectativas que condicionan al género. Al igual que Obsession y Hokum, también aclamadas por la crítica y con buen rendimiento comercial, Backrooms contribuye a la expansión del terror como el nuevo catalizador de las dudas contemporáneas, además de conferirle espesor dramático sin renunciar a su propósito de fondo: asustar.




