Train Dreams: minimalismo histórico
La película del director Clint Bentley no es para cualquier público. Solo un sentimiento agudo de nostalgia, generado por el paso del tiempo, haría posible la justa contemplación de esta obra, nominada a mejor película en los premios Óscars 2026. El pasado y el presente se funden para dar vida a la historia de un hombre minúsculo, espejo de una humanidad sensible y modesta. Aquí, una reseña de la película.
Por: Mayra Alejandra Acevedo Garcia
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Clint Bentley (1985) es un director y guionista estadounidense. Ha trabajado en películas como Transpecos (2016), Jockey (2021), Canta, canta (2023) y Train Dreams (2025). Las tres últimas se han llevado varias nominaciones, repartidas entre los premios BAFTA, los Premios de la Academia y los Gotham, entre otros. Su último trabajo destaca principalmente por su nominación a mejor película en los premios Óscar, donde ocupa un lugar entre las favoritas. Aunque su trayectoria ha sido corta, esta última entrega genera expectación entre los amantes del minimalismo, la tranquilidad, el silencio y la contemplación, vehículos que, sin embargo, suelen cargar con significados profundos y desoladores.
Train Dreams es una adaptación de una novela corta homónima publicada en 2002 y escrita por Denis Johnson. Esta nos cuenta la historia de Robert Grainier (Joel Edgerton), un trabajador ferroviario en los Estados Unidos del siglo XX, fecha de suma importancia por la profunda transformación que vivió el país y que derivó en su ascenso como potencia mundial. La línea de tiempo que sigue la película se centra, justamente, en la vida de un hombre que conoce el amor, la pérdida y la soledad mientras es testigo, o catalizador, de la modernización norteamericana.
El progreso histórico que atravesaba Estados Unidos a inicios del siglo XX hace las veces de telón de fondo. Destaca en gran medida que, aunque la vida de Grainier es el foco central de la película, son estas pequeñas ventanas hacia el exterior las que nos permiten vislumbrar, y tomar conciencia, del inclemente paso del tiempo, que no refrena su marcha ante el minúsculo drama del hombre.
Train Dreams, con su obsesión por el paso del tiempo, la pérdida y la necesidad de rehacerse cada tanto, nos recuerda a nosotros, al público adulto, que la muerte es inherente a la vida y no la suspensión de esta, que asoma en cada decisión, a cada minuto, y que vivir es pegarse contra la tierra y dejar que esta te desgaste hasta desaparecer, sin aspavientos ni pirotecnia, como ha sucedido con el resto de la humanidad desde el principio de los tiempos.
Escenas como la captura y asesinato del compañero de trabajo de Robert, quien pasa a transformarse en un fantasma a lo largo de la película, para él y para nosotros, aunque de forma metafórica, nos hace reflexionar en el peso que queda por no hacer nada ante una injusticia. Aunque Train Dreams no tenga como asunto principal la inmigración, la xenofobia, el racismo y la violencia, los temas que quedan escondidos entre líneas —de manera deliberada— son de gran eficacia de cara a un público que conoce la historia norteamericana antes de que empezara la Primera Guerra Mundial y que ahora es testigo de la revitalización de políticas antimigratorias.
El tratamiento es claro y conciso: primeros planos que crean una atmósfera intimista y realista. Estos abarcan desde los hombros hasta la cabeza de los actores, y buscan enfatizar expresiones faciales honestas y resolver las emociones de cada escena en silencio. La película abunda en esta fórmula. Nos mantiene allí, a solas con el protagonista, y nos atrapa para no permitirnos salir hasta el final, jaloneando las lágrimas al final de un momento aparentemente anodino.

Además del componente intimista, también hay uno de actualidad que conecta con el espectador. Así como en One battle after another (2025), en esta cinta se recurre a temas parecidos, aunque mostrados de manera minimalista, por medio de la historia de Grainier. La conexión no ocurre por mostrar de más en la película o por tratar temas coloridos y problemáticos; de hecho, a diferencia de lo que podría pensarse, en esta cinta sucede por engancharse con públicos que han vivido en este tipo de escenarios o que están cansados de que la historia se repita y quieran cambiarla, aún sin saberlo. Como es el caso de Robert tratando de salvar a su amigo oriental de la captura, sin saber exactamente qué era lo que estas personas iban a hacer con él.
Robert es un espejo para aquellos que seguimos su historia y vemos cómo su vida se deteriora. Crece sin padres, conoce el amor romántico, el amor de padre y luego lo pierde todo, no por malas decisiones, sino por el destino. Mientras que Pinocchio (2022) aborda el asunto de la muerte de una manera que los niños lo puedan entender, Train Dreams, con su obsesión por el paso del tiempo, la pérdida y la necesidad de rehacerse cada tanto, nos recuerda a nosotros, al público adulto, que la muerte es inherente a la vida y no la suspensión de esta, que asoma en cada decisión, a cada minuto, y que vivir es pegarse contra la tierra y dejar que esta te desgaste hasta desaparecer, sin aspavientos ni pirotecnia, como ha sucedido con el resto de la humanidad desde el principio de los tiempos.



